"Ni tus propios enemigos pueden hacerte tanto daño como tus propios pensamientos."
—Buda
A kilómetros de distancia, Samuel Torres maldecía la soledad que tanto había buscado. Cuántas veces había deseado liberarse de la vigilancia constante de sus padres, de la sensación de que todo en su vida era observado, juzgado, comparado. Pero ahora, después de aquella llamada que había estremecido hasta la última fibra de su ser, deseaba con todas sus fuerzas no haber estado solo.
Su corazón latía con violencia, golpeando en su pecho como si quisiera abrirse paso hacia afuera. Celina no pudo haber hecho algo tan estúpido… no ella, no mi hermana. La frase se repetía en su mente como un eco que no le daba tregua.
El sudor le resbalaba por la frente mientras marcaba número tras número en su celular. El pitido de llamada no contestada lo hundía más en la desesperación, cada tono de espera sonaba como una burla cruel. Por un instante pensó en estrellar el teléfono contra la pared, acabar con ese suplicio de impotencia, pero se contuvo. Ese aparato era el único hilo que aún lo mantenía unido a Celina. Si lo rompía, rompería también la mínima esperanza de escuchar su voz.
Con un rugido de frustración, agarró su chaqueta y salió de casa, cerrando la puerta de un portazo que retumbó en el pasillo vacío. No sabía adónde iría, no tenía un plan, pero quedarse quieto no era opción. El miedo lo empujaba hacia adelante con más fuerza que cualquier certeza.
Dentro de la habitación de hospital, el silencio era un enemigo más feroz que cualquier palabra. Mariam Aguirre lo sentía rodeándola, sofocándola, clavándose en su piel como una segunda piel. Quería hablar, quería decirle a Celina que estaba ahí, que podía llorar, gritar, desahogarse, maldecir al mundo entero si era necesario. Pero cada vez que abría la boca, las palabras se disolvían en su garganta como arena entre los dedos.
El ambiente era tan denso que parecía tener peso. Mariam juraba que si estiraba la mano podría tocarlo, moldearlo, dejar huellas en esa atmósfera cargada de angustia.
Sus ojos buscaron a Celina, sentada en la cama con las piernas recogidas contra el pecho, la barbilla apoyada sobre las rodillas. Sus ojos estaban fijos en un punto inexistente, en un rincón de la pared donde no había nada. Su respiración era lenta, casi mecánica, como si su cuerpo funcionara por inercia.
Lo que realmente helaba a Mariam era esa ausencia en su mirada. Celina estaba ahí, físicamente, pero todo lo que la definía —la chispa rebelde, la risa contagiosa, la fuerza testaruda— se había apagado. Era como si alguien hubiera vaciado su interior y dejado solo un cascarón.
Mariam sintió que el corazón se le rompía en pedazos, una y otra vez, como un vidrio hecho trizas. El dolor era tan lacerante que por un instante creyó que no podría soportarlo. Quiso gritar, sacudirla, obligarla a volver, aunque fuese por un segundo. Pero sus pies permanecieron clavados en el suelo, y lo único que pudo hacer fue dejarse consumir por la impotencia.
En otro punto de la ciudad, Dante Carbajal cerraba los ojos, intentando encontrar refugio en la oscuridad. Pero todo lo que hallaba eran recuerdos. La risa de Celina, la suavidad de su voz, la forma en que lo enfrentaba cuando él quería imponer su voluntad. Aquellas escenas se reproducían en su mente con la nitidez cruel de un sueño del que no podía despertar.
Se llevó una mano al rostro y presionó con fuerza sus ojos, hasta que los destellos de luz lo cegaron. Prefería ese dolor físico antes que el tormento que lo carcomía desde dentro.
Estaba convencido de que no podía acudir a nadie, que debía cargar solo con la culpa. Pero el timbre de su celular lo sorprendió. Era Edward. Contra todo pronóstico, contestó. Y en cuanto escuchó la voz preocupada de su amigo, no pudo evitar derrumbarse y contarle dónde estaba, por qué se sentía así. Edward lo escuchó en silencio, y luego, con firmeza, le aseguró que iría a verlo.
Poco después, ambos se encontraron.
—Tal vez… si lo hubieras sabido antes —murmuró Edward, intentando sacarlo de aquel pozo sin fondo. Sus palabras buscaban ser un bálsamo, pero fallaron en el intento.
Dante levantó la mirada, y la furia en sus ojos bastó para helar el aire. —Los hubiera y los tal vez no sirven de nada —escupió con un tono helado, casi cruel.
El silencio que siguió fue espeso, incómodo. Dante bajó la mirada, dándose cuenta de que estaba descargando en su amigo un enojo que no le pertenecía. Con un suspiro, suavizó su expresión y colocó una mano en el hombro de Edward.
—Lo siento, Ed… ya ves que soy un idiota.
Edward arqueó una ceja y esbozó una media sonrisa. —Eso siempre lo hemos sabido, Dante. O al menos yo siempre lo supe.
El comentario arrancó una mueca torcida en los labios de Dante. Por un instante, dejó de torturarse, aunque fuera un espejismo fugaz.
—Aprecio que estés aquí conmigo —confesó, apenas en un susurro. El cansancio lo arrastraba, pesándole en los huesos. Estaba agotado, pero sabía que ni siquiera en el sueño encontraría descanso. Su mente lo llevaría de vuelta, una y otra vez, a ese único nombre.
Celina.
Ella. Siempre ella. La única persona capaz de habitar incluso sus pensamientos más oscuros. Ella… y el hijo que nunca conocerían.
—Dante —la voz de Edward lo trajo de vuelta.
—¿Qué? —respondió, con brusquedad, aunque sin verdadera ira.
—Sabes que no todo está perdido.
Dante lo miró con una mezcla de incredulidad y amargura. —Claro que está perdido. No entiendes, Ed. No se trata solo de nosotros. Perdimos algo más… algo que jamás podremos recuperar.
Edward quiso protestar, pero guardó silencio. Porque, en el fondo, sabía que tenía razón.
De vuelta en la habitación del hospital, un sollozo casi imperceptible quebró el aire. Mariam levantó la vista de inmediato. Una lágrima solitaria rodaba por la mejilla de Celina, tímida, como si se hubiera escapado sin permiso.
El corazón de Mariam se partió en dos. Dio un paso hacia adelante, pero el frío en la mirada de Celina la detuvo. Era un rechazo silencioso, un muro invisible que hablaba más que mil palabras.
Mariam se mordió el labio hasta sentir el sabor metálico de la sangre. Todo en ella gritaba que debía abrazarla, sacudirla, rogarle que volviera. Pero se contuvo. No era el momento. No mientras Celina estuviera perdida en ese abismo.
La impotencia la devoraba viva. Y por primera vez en mucho tiempo, Mariam deseó gritarle todas las verdades que guardaba: cuánto la amaba, cuánto la necesitaba, cuánto la odiaba por rendirse.
Pero no lo hizo. Porque entendió algo brutal: no se trataba de lo que ella necesitara. Era Celina quien debía decidir si quería regresar a sí misma.
Y ese era el miedo más grande de todos. Que quizás nunca lo hiciera.
Se dice que después de la tormenta viene la calma. Pero hay tormentas de las que uno no quiere salir, tormentas que arrasan todo a su paso y te dejan deseando permanecer en ellas, porque al otro lado no queda nada. Celina Torres y Dante Carbajal lo sabían bien. Habían cometido errores, sí, como cualquier pareja. Pero la diferencia estaba en cómo los enfrentaron: evadiendo, culpando, lanzándose reproches como flechas envenenadas.
Cuando intentaron reparar lo roto, lo hicieron con orgullo y miedo, no con amor. Y ahora, lo único que quedaba eran ruinas.
Santiago Domínguez sintió que el trayecto hacia el hospital había durado una eternidad. Cuando por fin llegó, detuvo el auto en cualquier lugar, sin importarle si era correcto o no. Una multa no era nada comparado con la desesperación que lo consumía.
Bajó del coche y cruzó la entrada con pasos largos, casi corriendo. Las enfermeras intentaron detenerlo, hacerle preguntas, pero las ignoró. No veía ni escuchaba nada. Sus ojos solo buscaban una figura: Mariam Aguirre.
Necesitaba respuestas. Necesitaba saber que Celina estaba viva, que todavía había un hilo de esperanza a la cual él pudiera aferrarse.