—Mira, no puedo decirte si ella estará bien o no —respondió al fin la enfermera. Su voz, serena y profesional, contrastaba con la tormenta que desgarraba el alma de Mariam—. Solo los doctores son quienes podrán darte esa respuesta. Lamento si mis preguntas te incomodaron, pero necesito toda la información posible para entregársela a ellos… y son ellos quienes lucharán por salvarla. Además, el medicamento con el que intentó quitarse la vida es un medicamento controlado. —Se detuvo, mostrando el frasco vacío, un objeto pequeño que pesaba como una tonelada de culpa—. Necesitaba saber si era ella quien lo tomaba, ya que este tipo de fármacos se usan, por lo general, en tratamientos psiquiátricos o para pacientes con convulsiones, como la epilepsia.
Mariam se sintió desnuda bajo aquella mirada. Sabía que no era un juicio, solo la frialdad de la ciencia. Pero en su mente, invadida por la culpa, cada palabra sonaba como una acusación directa. Ese frasco en manos de la enfermera era la prueba tangible de su descuido, el arma que había puesto al alcance de Celina, el detonante de aquella pesadilla.
La vergüenza le quemaba la garganta, aunque en el fondo el alivio de confesar la verdad le permitía respirar. La ansiedad había sido su demonio personal durante años, pero la terapia le había enseñado que la honestidad era el primer paso hacia la sanación.
—A mí me la recetó mi psicólogo cuando le conté que no podía dormir por la ansiedad —susurró, con la voz rota. La calma de la enfermera le ayudaba a contener el llanto.
—Bien, ¿por cuánto tiempo te las indicó? —preguntó la mujer, sin apartar la mirada del frasco.
—Hace tres días me dijo que dejara de tomarlas, porque la terapia para controlar la ansiedad ya estaba dando resultados —respondió mecánicamente, repitiendo como eco las palabras de su terapeuta. Era una señal de esperanza… pero la ironía de la situación la desangraba por dentro: la medicina que a ella le estaba devolviendo la calma, era la misma que estaba matando a su mejor amiga.
La enfermera asintió y una leve sonrisa cruzó su rostro, un rayo de comprensión en la frialdad del hospital.
—Eso es positivo. Así evitas una posible abstinencia que podría llevarte a una crisis. Realmente estás progresando, considerando el nivel de estrés que estás viviendo y el hecho de que no te hayas derrumbado aún. Pero te recomiendo que llames a tu doctor y se lo informes.
Un nudo se formó en el estómago de Mariam. La enfermera le estaba dando un cumplido, y esa pequeña muestra de apoyo la hizo querer desmoronarse por completo.
—Sí, lo haré —respondió, clavando la mirada en la puerta de cuidados intensivos—. Pero primero necesito saber que Celina está bien —concluyó. Celina siempre era la prioridad.
La enfermera suspiró, una exhalación de compasión mezclada con resignación.
—De acuerdo. Mientras lo haga… Ahora, si me acompañan, necesito que llenen la ficha de ingreso de su familiar —indicó, avanzando por el pasillo.
Mariam se detuvo en seco. Santiago, a su lado, le puso una mano suave en la espalda para empujarla a continuar.
—Celina no es mi hermana —aclaró con firmeza, aunque por dentro se tambaleaba—. Pero es como si lo fuera.
La enfermera se detuvo frente a un mostrador y asintió sin girarse.
—Entonces, después de llenar la ficha, deberán contactar a su familia. Solo ellos podrán autorizar el tratamiento y las medidas que se tomarán durante su recuperación. Se necesitará un custodio legal mientras esté en terapia.
Cada palabra cayó sobre Mariam como agua helada. Custodio legal. Terapia. Todo sonaba demasiado real. Buscó su teléfono con manos temblorosas: su última esperanza eran los padres de Celina.
—Iris y Kenny Torres… —susurró, como si el simple hecho de nombrarlos pudiera invocarlos. La enfermera se retiró con la información y los dejó solos en aquel pasillo interminable.
Marcó una y otra vez. Cuarto intento. Quinto. Sexto… El pitido insistente de la línea vacía golpeaba su desesperación como un martillo. ¿Dónde estaban? ¿Por qué no contestaban? No solo debía preocuparse por si Celina saldría viva, también tenía que enfrentarse a la ausencia de sus padres. La impotencia era un peso que le oprimía el pecho.
Se dejó caer en el sofá de la sala de espera, con el teléfono en la mano. El aire se volvió denso, irrespirable. El sudor empapaba sus palmas. Una criatura fría y viscosa llamada ansiedad se apoderaba de ella. “No, ahora no”, se repitió. Tenía que ser fuerte. Tenía que sostenerse en pie por Celina. Pero la terapia, los meses de lucha, todo se estaba desmoronando en cuestión de segundos. La náusea subió como fuego en su garganta, el vértigo la hizo tambalear.
Es mi culpa. La frase se repitió como un mantra venenoso. Debió tirar esas pastillas. Guardarlas bajo llave. En vez de eso, ahí estaban, en el botiquín, tentadoras, esperando. Se sintió la más negligente, la más inútil. La vergüenza la estrangulaba, igual que el miedo. Su pecho se agitaba con fuerza, el aire no alcanzaba, su corazón estaba a punto de estallar.
Abrió los ojos y creyó que todos la miraban. Los susurros del hospital se convirtieron en un zumbido insoportable. “¡Lo saben!”, gritaba su mente. Sabían que era la culpable. Sabían que por su descuido su amiga moriría. La modelo fracasada. El apodo resonó cruelmente en su cabeza, recordándole todas las veces que había intentado brillar sin conseguirlo. Ahora la iban a señalar también como la culpable de la muerte de Celina.
Intentó levantarse, pero el mareo la venció y cayó otra vez en el sofá. Tal vez desmayarse era lo mejor. Olvidarlo todo. Desaparecer.
En ese instante, Santiago apareció con dos vasos de café caliente. Se quedó inmóvil al verla hiperventilar, con la mirada perdida en el vacío. El miedo en sus ojos era el mismo que él conocía demasiado bien, el mismo que había visto en fanáticos quebrados, en los silencios de sus hermanos, en sus propios reflejos.
Dejó los vasos en el contenedor más cercano y se lanzó hacia ella.
—Tranquila… tranquila —le susurró, rodeándola con sus brazos. La sostuvo contra su pecho, acariciándole la cabeza con cuidado, como si ella pudiera romperse. Mariam intentó resistirse, escapar de su abrazo, pero la culpa era demasiado.
—Ella va a morir… y es mi culpa —repitió una y otra vez, como un rezo.
El corazón de Santiago se encogió. La culpa de Mariam era tan injusta como su miedo. Sí, eran sus pastillas, pero no su decisión. Celina había elegido. Había sido un grito de desesperación, no un descuido de Mariam.
Santiago la sujetó con más fuerza, cambiando de estrategia. Empezó a susurrarle cosas triviales, alejándola de sus pensamientos oscuros. El primer regalo que había recibido en Navidad. El recuerdo del primer diente que perdió. Evitó mencionar familia o escuela, porque notó cómo esas palabras la tensaban más. Poco a poco, sintió que el ritmo de su respiración se regulaba. El temblor en su cuerpo cedió. El ataque de ansiedad comenzaba a desvanecerse.
—Gracias, Santiago —murmuró Mariam al fin, dándole un beso rápido en la mejilla antes de apartarse.
Una sonrisa frágil, pero real, apareció en su rostro. Se levantó lentamente, estirando los brazos como si intentara recuperar fuerzas, y sus ojos volvieron a llenarse de determinación.
—No sé qué habría hecho sin ti. Pero ahora no puedo detenerme. Sus padres no están, así que nosotras tendremos que ser su familia —afirmó con firmeza.
Santiago la observó caminar hacia el mostrador. Ya no era la misma chica consumida por la culpa. Aún tenía miedo, sí, pero su amor por Celina la transformaba en una guerrera.
Él lo sabía: esa batalla apenas comenzaba. Y lo peor era que el destino de todos ellos estaba a punto de entrelazarse de una manera que ni siquiera imaginaban.