Capitulo 8. Tienes que vivir

1171 Palabras
Ella tenía que vivir. Y viviría, porque él la salvaría. No permitiría que lo rechazara sin siquiera conocerlo. Pensarlo le arrancó una sonrisa temblorosa mientras volvía sobre sus pasos hacia la sala, donde había visto el teléfono. Antes que nada debía llamar a una ambulancia. Recibió instrucciones de cómo proceder, pero lo que escuchó lo dejó helado: —Lo mejor es esperar a que llegue el servicio médico —le dijeron. ¿Esperar? ¿Y si era demasiado tarde? Había cambiado de profesión de cantante pop a médico y ahora era pasante de medicina, por eso entendía las indicaciones. Aunque el deseara hacerle vomitar, eso podría ser contraproducente. así que tenia que tratar de controlar sus nervios y su ansiedad. Sintió cómo el miedo lo estrangulaba, pero respiró hondo dos veces. Si quería salvarla no podía dejarse dominar por la desesperación. Con pasos rápidos regresó a la habitación, donde encontró a Mariam inmóvil, con los ojos fijos en su hermana. La música de los Stellar Echo había sido el eco de la vida de Santiago. Ritmos vibrantes, letras que hablaban de amor y desamor, una fama que lo había consumido por completo. Pero ahora, el único eco que escuchaba era el latido frenético de su propio corazón, mientras la vida de Celina pendía de un hilo. Se había prometido dejar esa vida atrás, cambiar los escenarios por los quirófanos, pero en ese momento, su título de pasante de medicina no era más que un eco vacío. "Lo mejor es esperar a que llegue el servicio médico", le habían dicho, y esa frase se clavaba en su mente como un puñal. ¿Esperar? ¿Y si era demasiado tarde? La impotencia lo devoraba. Había dedicado años a estudiar, a prepararse para salvar vidas, y la primera vida que realmente le importaba, la de la chica que apenas conocía pero que lo había cautivado de una forma inexplicable, se le escapaba entre los dedos. Su conocimiento se sentía inútil. Podía identificar los síntomas de la intoxicación, sabía lo que el cuerpo de Celina estaba sufriendo, pero estaba atado de manos, a merced del tiempo y de la llegada de los servicios de emergencia. La ironía era cruel. El "doctor" Santiago no podía hacer nada más que esperar, como un simple mortal. Regresó a la habitación, y la imagen de Mariam lo golpeó con la fuerza de una ola. Estaba inmóvil, con los ojos fijos en Celina, pero sin verla realmente. La niebla del shock la había envuelto, un escudo mental contra el horror de lo que estaba sucediendo. Era la misma parálisis que sentía él, pero la de Mariam era visible, tangible. La sacudió con fuerza, desesperado por traerla de vuelta. —¡Mariam! ¡Mariam! Finalmente, sus ojos parpadearon y la vida regresó a ellos. Pero no había tiempo para la compasión. —Mariam, ya llamé a una ambulancia. Necesitarán saber con qué se intoxicó. ¿Podrías buscarlo? Ella asintió, las manos temblorosas. Santiago se arrodilló junto a Celina, tomó su pulso y, al ver que las convulsiones cesaban un poco, la cargó en brazos con un cuidado reverente. —Pequeña traviesa…—, susurró contra su oído. —Una vez salgas de esta, me dirás tu nombre. La acomodó con suavidad en la cama. Era la muchacha más hermosa que había visto jamás. Su vida, rodeado de fama y del grupo que compartía con sus hermanos, los Stellar Echo, había estado llena de rostros bonitos, pero ninguno se comparaba a ella. Había en Celina una luz distinta, un respiro que lo atravesaba por dentro. Mariam salió del cuarto con un frasco vacío en la mano, justo cuando la ambulancia llegaba. Los paramédicos entraron con rapidez y le hicieron un lavado estomacal de emergencia, intentando ganar tiempo. El trayecto a la clínica fue una tortura. Dentro de la ambulancia, Mariam apretaba con fuerza la mano de Santiago mientras observaba cómo intentaban estabilizar a Celina. —Ella estará bien, ¿verdad?—, preguntó con un hilo de voz. Los paramédicos se miraron entre sí, incapaces de prometer algo. En sus rostros, Santiago leyó la cruda realidad: la situación era grave. —Mariam—, le susurró Santiago, —ellos no pueden saberlo. Los médicos nos dirán más cuando la revisen . Ese tono firme, aunque suave, logró calmarla apenas un poco. Ella asintió, confiando en él. Al llegar a la clínica, las enfermeras llevaron de inmediato a Celina a cuidados intensivos. Santiago y Mariam fueron dirigidos a una sala de espera, donde una enfermera de rostro severo los esperaba. —¿Saben con qué medicamentos se intoxicó? ¿Los consumía de forma regular?—, preguntó la mujer sin rodeos, su voz carente de calidez. Era la clase de enfermera que había visto en sus prácticas, eficiente y persistente, una máquina de hacer preguntas para obtener respuestas. Mariam, con el frasco en la mano, se estremeció. Estaba a punto de decir que no lo sabía, de proteger a su hermana, pero la enfermera la interrumpió, su tono endurecido. —Necesitamos saberlo, señorita. Cada segundo cuenta. ¿Son suyos? ¿De quién más? Miriam se quedó muda, su mente luchando por procesar la presión de la situación. La enfermera se inclinó, su voz más baja y más insistente. —Escúchame, Mariam. No estoy aquí para juzgarte. Estoy aquí para salvar a tu amiga. Dime qué es. Te lo juro, esto no saldrá de aquí. Dime el nombre y podremos ayudar a Celina. Las lágrimas rodaban sin freno por las mejillas de Mariam. Se sentía atrapada entre su miedo y su desesperación. Ella tenía que vivir. Y Mariam no podía mentirle a una enfermera que estaba dispuesta a salvarla. La presión era demasiada. Las palabras salieron de su boca como un susurro, pero la enfermera las captó al instante. —¡No… no son de ella…! ¡Son míos!— gritó finalmente, incapaz de contenerse. —Yo las tomo para dormir, para controlar mi maldita ansiedad… es Valium. La confesión fue como un eco de su tormento interior, un grito ahogado que nadie había escuchado hasta ese momento. El Diazepam, conocido popularmente como Valium, era su escape de la realidad, su forma de silenciar los ruidos de un mundo que le resultaba demasiado abrumador. La enfermera se quedó en silencio, sorprendida por la confesión. Santiago rodeó a Mariam con un brazo y la sostuvo contra su pecho, sintiendo el temblor de su cuerpo. Mientras la joven se quebraba en llanto, él solo podía pensar en lo mismo: Celina tenía que vivir. Porque sin ella, él sabía que nunca se perdonaría perderla. La luz que había visto en sus ojos era la misma que buscaba en la vida, en su nueva carrera, la luz que lo sacaría de la oscuridad de su pasado. El eco de los aplausos había desaparecido, pero el eco de su corazón era más fuerte que nunca. Y ahora, ese eco le decía que el destino de Celina estaba ligado al suyo de una forma que ni siquiera él podía comprender.
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