Mariam no podía creer lo que él había dicho. Celina no era tan estúpida como para atentar contra su propia vida. ¿Por qué lo haría? ¿Por una simple pelea de enamorados? Solo pensarlo era absurdo, grotesco, inaceptable.
Con el corazón desbocado, con decisión tomó la puerta del dormitorio con la intención de hacerlo girar y entrar. Ya no esperaría a que Celina quisiera darle explicaciones; las obtendría en ese instante. Y si lo que aquel hombre insinuaba resultaba ser cierto, la zarandearía por tonta, por inconsciente, por no pensar en el dolor que dejaría atrás.
—¡Celina Torres! —gritó con furia al abrir la puerta del cuarto.
Pero su voz, que había salido como un rugido de enojo, se quebró de golpe en un grito de angustia.
—¡No, por favor no! ¡Celina! —sollozó mientras corría hacia ella.
La escena la desarmó por completo: su amiga estaba en el suelo, convulsionando, con espuma saliendo de su boca. Mariam se arrodilló a su lado con torpeza, intentando tomarla entre sus brazos, pero sus manos temblaban tanto que apenas podía moverlas. Sus lágrimas nublaban su visión, su respiración era entrecortada, y por más que su cerebro gritaba instrucciones, su cuerpo se negaba a obedecer.
Celina se moría ahí, frente a ella, y Mariam no sabía qué hacer más que gritar su nombre, llamar al vacío, suplicar por ayuda.
No se dio cuenta de cuándo entró Santiago. Solo lo notó cuando él se arrodilló también, tomó el pulso de Celina con rapidez y salió disparado a la sala, el teléfono ya en mano, hablando con urgencia.
Nada la sacaba de su trance. Solo veía la espuma en la boca de su amiga, sus movimientos bruscos y desesperados, su piel empapada en sudor frío. El mundo era un ruido lejano, una niebla.
Hasta que alguien la sacudió fuerte de los hombros.
—¡Mariam! ¡Mariam, necesito que reacciones! —la voz de Santiago irrumpió en su mente como un rayo—. ¡Tu hermana te necesita ecuánime en este momento! Ya llamé una ambulancia.
El tono firme logró atravesar la niebla. Mariam parpadeó rápido, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras limpiaba con torpeza sus lágrimas.
—S-sí —balbuceó automáticamente, buscando con desesperación a Celina con la mirada, sin verla cerca.
—La he llevado a la cama —explicó Santiago con serenidad, aunque su rostro estaba tensado por la preocupación—. Escúchame, sé que no es lo que quieres oír, pero debes salir del shock. Necesito saber con qué clase de pastillas se intoxicó.
Volvió a sacudirla, con firmeza pero sin brusquedad, ayudándola a ponerse de pie.
Mariam asintió con la cabeza, aunque sentía que sus piernas eran de plomo. Caminó hasta el baño, más concretamente hacia el botiquín. Todo debía ser un mal sueño, una pesadilla de la que en cualquier momento despertaría. Se repetía esas palabras una y otra vez mientras se miraba en el espejo, dándose palmadas en la cara como si eso pudiera devolverle la cordura.
Pero la pesadilla se volvió real en cuanto posó la vista en el lavabo: su bote de pastillas para dormir estaba abierto, vacío, con restos dispersos aún en la porcelana.
—No… no, no puede ser —murmuró, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.
Su mente estallaba en preguntas, en acusaciones, pero ninguna tenía respuesta. No en ese momento. Y menos cuando la voz de Santiago la alcanzó desde la sala.
—¿Las encontraste?
Mariam tragó saliva, incapaz de responder de inmediato.
Mientras tanto, Santiago estaba igual de conmocionado. Lo que había visto segundos antes lo había marcado. Entrar al cuarto tras escuchar el grito desgarrador de Mariam y encontrarse con aquella escena le había paralizado el alma.
El recuerdo lo golpeaba de nuevo: Celina convulsionando, su cuerpo frágil agitándose sin control, y Mariam llorando desconsolada, incapaz de tocarla, de hacer nada.
“¡No!”, había gritado él, con la garganta hecha nudos. La visión de Celina al borde de la muerte lo había dejado tambaleante, tanto que tuvo que sostenerse del marco de la puerta para no derrumbarse.
Porque ahí estaba ella, la chica que había logrado cautivarlo sin siquiera proponérselo, solo con existir. Y ahora se le escapaba de las manos, como arena entre los dedos.
No, no lo permitiría. No dejaría que se le fuera, no después de haberla encontrado.
De golpe, entendió muchas cosas. Entendió por qué no le había dolido realmente separarse de Karina después de más de cinco años de noviazgo. Ni ella ni él habían sido los indicados el uno para el otro. Sus caminos nunca estuvieron destinados a entrelazarse.
Pero con Celina… era distinto. Era imposible de explicar, incluso para él mismo. No sabía cómo había ocurrido ni por qué. Ni siquiera conocía todos los detalles de su vida, pero la sola idea de no volver a verla, de perderla esa noche, era insoportable, inaceptable.
El corazón le retumbaba en el pecho, un golpe tras otro, como si quisiera recordarle que estaba vivo, que debía luchar por la vida de ella también.
La escuchaba respirar con dificultad, luchando contra su propio cuerpo, y sintió que cada espasmo la alejaba un poco más de él. Eso lo enloquecía. Nunca había rezado, pero esa noche lo hizo en silencio, implorando a cualquier fuerza que lo escuchara que no se la llevara. No todavía. No cuando apenas empezaba a descubrir lo que significaba.
Y mientras escuchaba los pasos temblorosos de Mariam volver del baño, con el frasco vacío en sus manos temblorosas, supo que ese momento lo cambiaría todo.
Porque si Celina sobrevivía, Santiago ya no podría apartarse de ella. Y si no lo hacía… entonces él jamás volvería a ser el mismo.
Y lo supo con una claridad abrumadora: esa muchacha que apenas había entrado en su vida ya se había convertido en algo irremplazable. Una necesidad. Una herida. Un destino.
El sonido de las sirenas a lo lejos confirmó que los minutos corrían. Él solo podía pensar en una cosa:
“Celina Torres… no te atrevas a dejarme. Todavía debo de conocerte, de saber que es lo que te ha llevado a este estado.”