Capitulo 6. ¿Que haces aquí?

1147 Palabras
"Viviendo con alguien que amas puedes sentir más soledad que viviendo completamente a solas... si quien amas no te ama." —Tennessee Williams Mariam realmente intentaba controlarse antes de marcarle a Dante Carbajal y exigirle explicaciones sobre el estado en que había encontrado a Celina, tirada frente a la puerta de su departamento, buscando con desesperación las llaves de repuesto. Pero era imposible. La impotencia la estaba devorando, y el hecho de no poder comunicarse con él hacía que la desesperación creciera como una tormenta sin salida. —¡Maldita sea! —exclamó furiosa al colgar por quinta vez, escuchando otra vez la voz monótona de la operadora que le indicaba que el número estaba ocupado o fuera del área de servicio—. ¿Por qué demonios no contestas, Dante? Su mente volaba, creando escenarios cada vez peores. ¿Y si alguien había intentado robar el departamento? ¿Y si Dante había resultado herido? ¿Y si, peor aún, lo habían matado? Entonces todo encajaría: Celina, al verlo, pudo haber huido en shock. Pero no. Mariam negó con la cabeza, apretando los dientes. Algo en su interior se lo gritaba: Celina nunca lo habría dejado solo. Jamás. Su amiga era demasiado noble, demasiado leal. Hubiera preferido quedarse, incluso si eso significaba arriesgarse a sufrir o a perder la vida. Entonces, ¿qué había sucedido realmente? Para Mariam, la respuesta era evidente. El único culpable solo podía ser Dante Carbajal. Si no era él, tendría que culpar a Celina, y esa posibilidad jamás entraba en su corazón. Su amiga no podía ser responsable de ese dolor. Con un gesto desesperado, se pasó la mano por el cabello, despeinándose. La ansiedad le quemaba en la garganta. Ni siquiera había pensado en cambiarse de ropa o descansar, y sabía que no lo haría hasta tener una respuesta clara. La angustia le estaba arrancando el aire, como brasas encendidas consumiendo su interior. Respiró profundo, intentando recuperar algo de fuerza, y avanzó decidida hacia la habitación donde Celina descansaba. Ella tenía las respuestas. Aunque tuviera que despertarla, aunque doliera verla vulnerable, estaba dispuesta a enfrentar lo que fuera con tal de saciar la incertidumbre. Pero justo cuando su mano se posó en la perilla, alguien llamó a la puerta. Su corazón dio un salto desbocado. Por un instante, creyó que sería Dante. Abrió de golpe y se encontró con una voz masculina, nerviosa pero familiar. —Mariam… qué sorpresa verte aquí. Ella arqueó una ceja, confundida y molesta. —Yo soy la que debería estar sorprendida. ¿Qué haces tú en la puerta de mi departamento? El chico tragó saliva, bajando la mirada con incomodidad. —Pues verás… —dijo con voz baja— vine a ver cómo estaba la chica que traje hasta aquí. No entiendo por qué, pero no puedo sacármela de la cabeza. No tenía idea de que era tu hermana… —añadió, justificándose al notar el gran parecido entre ambas, con sus cabellos rubios y los mismos ojos azules, como reflejos del cielo. Mariam se quedó helada. —¿¡Tú fuiste el que trajo a Celina!? —exclamó con furia, casi gritándole, y lo jaló dentro del departamento con brusquedad. El aluvión de preguntas la desbordó en cuanto la puerta se cerró—. ¿Dónde la encontraste? ¿Cómo estaba? ¿Estaba sola? ¿Te dijo algo? El joven retrocedió, atrapado por la avalancha de palabras, hasta que no aguantó más. —¡Basta! —estalló, su propia voz rompiendo el aire como un látigo. Mariam lo miró fija, con los ojos ardiendo de rabia y angustia. Él empezó a caminar de un lado a otro en la sala, murmurando entre dientes lo que parecían maldiciones ahogadas. Finalmente, se detuvo y habló, con un tono cargado de peso. —La encontré en la calle, sola. Casi la atropella un auto… o más bien, ella se lanzó hacia él. Se veía tan triste, tan perdida. No me dijo nada. Solo me dio esta dirección y me pidió que la trajera. Le insistí en llevarla a un hospital, pero no quiso. Cuando fui a comprar café, desapareció. Caminó directo hasta aquí. La pagué y cuando volví, ya no estaba. Las palabras se clavaron en Mariam como cuchillos. Sintió que las fuerzas la abandonaban y se dejó caer en el sillón, cubriéndose el rostro con el antebrazo. Sus ojos se nublaron por las lágrimas contenidas. El chico la observó en silencio, hasta que ella se incorporó de golpe, con la mirada temblando entre dolor y furia. —¿Qué dijiste? ¿¡Que Celina hizo qué!? Él apenas alcanzó a repetirlo cuando Mariam corrió hacia la habitación. —¡Celina! —gritó con la voz quebrada—. ¿Qué demonios pensabas hacer? El chico permaneció quieto, desconcertado. Nunca había visto a Mariam así. Siempre la había considerado la mujer alegre que sonreía a cada instante, que contaba frases optimistas con un brillo en los ojos, como si nada la derrumbara. Incluso había llegado a creer que era superficial, otra cara bonita vacía, sin más. Pero lo que veía en ese momento lo desarmó. La ira en sus ojos, la fuerza en su voz, la desesperación marcada en cada gesto… Esa Mariam era fuego. Un fuego dispuesto a arder por los que amaba. La imagen de Celina volvió a invadirlo. Esa muchacha deshecha, llorando en silencio, con la mirada perdida y la tristeza tatuada en el rostro. Recordarla le apretó el corazón. Sin saber por qué, le importaba. Le preocupaba. No era solo compasión ni un reflejo de su futura vocación de médico, como le decía su hermano con sarcasmo, llamándolo “mata sanos”. No. Esto era distinto. Había algo en Celina que lo atraía sin lógica. Algo que lo obligaba a querer volver, a asegurarse de que estaba bien. Ahora, al ver a Mariam, lo comprendió mejor: Celina era de esas personas que dejaban huella sin proponérselo. Seres que lograban desnudar el corazón de quienes las rodeaban, incluso de desconocidos. Se quedó en silencio, viendo cómo Mariam desaparecía tras la puerta cerrada. Él jamás hubiera imaginado ver a esa mujer, siempre risueña, temblando de dolor por otra. Y en ese instante entendió que la había juzgado mal. Detrás de las sonrisas y las bromas había fuerza, lealtad y un amor inquebrantable. Se pasó la mano por el cabello, incómodo, sintiendo un peso en el pecho. ¿Y si había cometido un error al traer a Celina aquí en lugar de un hospital? ¿Y si lo que había visto en sus ojos era una señal de que estaba al borde de romperse por completo? Tragó saliva, incapaz de sacudirse la sensación. No comprendía por qué una desconocida lo había marcado de esa manera. Pero lo sabía: la imagen de Celina en su momento más vulnerable lo perseguiría más de lo que estaba dispuesto a admitir.
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