Jonathan salió del hospital y esperó pacientemente que las mujeres lo llamaran. Una enfermera no gana tanto como para no caer en la tentación. Si le dice a Lorenzo le pagará hasta para que lo dejen ver a la señora. Encendió un cigarrillo recostado de la camioneta. Da una calada y sonríe al sentir su celular vibrar. Mira su pantalla y esa sonrisa se borra. —Bueno —saluda al contestar a Sebastian. —¿Dónde demonios estás?—pregunta el mayor de los Ibarras—. Te envié para que fueras la sombra de Lorenzo. —grita el hombre. —Estoy haciéndole un favor, pero él está en la oficina. —se defiende escuchando al patriarca de los Ibarras refunfuñando. —No me importa lo que estés haciendo, no te pago para que le hagas favores a mi hijo. Te pago para que lo mantengas a la raya, no quiero que este se

