Con la esperanza de que una ducha la ayudara a sentirse mejor, Lena entró en el baño privado. El agua se sintió cálida y relajante sobre sus músculos mientras se lavaba el maquillaje corrido y los restos de vómito. Todavía tenía mucha hambre, pero las náuseas habían sido reemplazadas por un dolor de cabeza desgarrador. Envolviéndose en una toalla, revisó el armario, donde encontró algunos vestidos sencillos cuya naturaleza fluida y femenina se hacía eco de la vibra de la habitación. Lena eligió un vestido de verano azul claro junto con una túnica blanca, liviana y vaporosa, para llevar encima. Parecía más una bohemia delicada que la diosa superhéroe que había intentado encarnar con el vestido verde esmeralda que ahora yacía abandonado en el suelo. La ropa enfatizaba su lado más suave, y
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