CAPÍTULO 1
—¡¿Qué demonios haces aquí?!
Doy un salto en mi lugar mientras ahogo un grito ante la voz masculina que me habla con dureza. La vibración de su tono me sacude la espina dorsal, un chispazo eléctrico e instintivo que me deja congelada durante una fracción de segundo.
Me giro despacio, con el corazón martillándome contra las costillas a un ritmo frenético.
Un hombre de pie a un par de metros me estudia con el ceño fruncido. Sus ojos grises irradian dureza y brillan con una furia contenida, helada, casi salvaje. Es una mirada implacable, tan afilada que se siente como si me estuviera diseccionando por dentro, buscando la menor debilidad para destruirme antes de que pronuncie palabra. Su cabello n***o está húmedo y echado hacia atrás, dejando al descubierto unos rasgos esculpidos a golpes de amargura, una mandíbula tensa donde la rabia se mastica en silencio. Viste pantalones de deporte y una camiseta gris oscura que se ajusta a su pecho amplio y tenso. Lleva también un guante de cuero en la mano derecha y se sostiene con altanería aun llevando un bastón de diseño con el que se apoya firmemente contra el suelo de mármol pulido.
—Yo… lo siento, solo… —Las palabras se me atoran en la garganta. El aire se me vuelve denso, atrapado en los pulmones bajo esa mirada de fuego gris que parece reconocer en mí algo que me resulta inquietantemente ajeno, un odio inmediato tan desproporcionado que me deja sin aliento.
—Tienes dos segundos para explicarte antes de que llame a seguridad para que te saquen de aquí.
—Señor…
—Cavendish —dice en un tono serio y me mira con la ceja arqueada.
—Señor, Cavendish. He venido con…
—William, cariño. Pensé que estabas en tu terapia —interviene la señora Cavendish, mi posible empleadora, apareciendo desde el pasillo que conduce a las habitaciones privadas.
—No atendí a Xavier esta mañana —escupe él, sin apartar los ojos de mi rostro ni por un milisegundo. La furia en su voz no es un grito; es un susurro rasposo, bajo, cargado de una ponzoña pura.
La señora Cavendish hace una mueca de franca frustración antes de acercarse hasta él. Doy un paso atrás por puro instinto de supervivencia y apenas escucho que discuten. Él no baja la vista hacia su madre; mantiene la frente en alto, el mentón alzado con un orgullo desmedido, mientras sus nudillos protegidos por el cuero se envuelven con fuerza alrededor de la empuñadura del bastón. Sus labios dibujan una línea cruel, y veo cómo la carne de su mandíbula se contrae. No logro entender exactamente sobre qué hablan porque sus voces son murmullos tensos que rebotan en el techo de doble altura, pero la atmósfera en la estancia se vuelve tan tóxica que la piel del cuello se me eriza.
—¿Qué hace ella aquí? —inquiere manteniendo el tono hostil.
—Te dije que necesitabas ayuda en casa y hablaba en serio —espeta con toda la elegancia de una mujer que nunca le ha bajado la cabeza a nadie en su vida.
Y por la manera en que se miran, decido hacer lo más sensato, que es darles espacio, y me alejo disimuladamente por el enorme y minimalista salón, bordeando los sofás de diseño y las esculturas modernas.
El aire en el ático huele a cuero costoso, cristal pulido y un aroma denso y penetrante a tabaco con madera de cedro. Es un espacio colosal, de diseño impecable y líneas vanguardistas, donde los ventanales de suelo a techo ofrecen una vista panorámica impresionante de un Londres gris, lluvioso y encendido por las luces de la tarde. Sin embargo, a pesar del lujo desmedido y la elegancia sobria de la arquitectura, el ambiente se siente sofocante, gélido y cargado de una tensión casi destructiva.
Paso los dedos por el borde de un mueble de nogal, sintiendo el tacto frío del acabado perfecto. Mi respiración aún intenta recuperar un ritmo normal. Me obligo a inhalar hondo para ahuyentar el temblor sutil que amenaza con apoderarse de mis manos. Cuando decidí postularme a este puesto, lo hice en parte para complacer a mi padre, que deseaba desesperadamente que retomara mi vida. Habían sido dos años brutales, marcados por el aislamiento, la incertidumbre y esa horrible sensación de estar flotando en la nada. Había dejado finalmente la calma anestésica del campo para regresar a la vorágine de Londres, pero la ciudad me recibía en las alturas de este ático impecable y con este hombre amargado que me miraba como si fuera su peor enemiga.
—¿Bien? ¿Qué piensas del lugar? —inquiere la señora Cavendish, alcanzándome junto al ventanal y sacándome bruscamente de mi marea de pensamientos.
Me giro hacia ella, tratando de recuperar la compostura, de ponerme la máscara de profesionalismo impecable que estuve ensayando durante todo el trayecto.
—Es un lugar algo oscuro... hermoso, pero oscuro —comento, viendo alrededor de mi posible lugar de trabajo, donde las luces encajonadas en el techo apenas mitigan las sombras que proyecta la tormenta de Londres sobre los muebles de tonos sobrios. Mis ojos se posan en la silueta lejana de William, que se aleja por el corredor interior dejando tras de sí el impacto sordo y cadencioso de su bastón sobre el suelo pulido.
La señora Cavendish sonríe con una amargura cansada y asiente con la cabeza.
—Sí, mi hijo mantiene las cosas interesantes —niega con la cabeza, soltando un suspiro que parece pesarle en los hombros—. ¿Estás segura de que puedes con el trabajo? Mi hijo no es un hombre fácil… Sufrió un accidente de tránsito hace un par de años. Desde entonces no es el mismo, aunque él quiera decir lo contrario. Ha tenido una larga recuperación con muchas operaciones —suspira de nuevo, y por un momento la firmeza de su rostro maduro se agrieta para mostrar una pena infinita—. Su pierna aún está en recuperación de la última cirugía y no tiene días buenos. El dolor lo sume en un bucle continuo de rabia y frustración.
Escucho su relato con el estómago encogido. Conozco esa clase de dolor. Conozco el veneno que se acumula en la sangre cuando tu propio cuerpo se convierte en tu celador, cuando la carne no responde y la mente se siente atrapada en un contenedor roto.
—¿Por qué no contratar una enfermera profesional? —inquiero, ladeando la cabeza.
Ella sonríe con sorna, una mueca seca sin pizca de humor.
—Ha corrido a las últimas tres. En menos de un mes —precisa—. Necesito a alguien con agallas, Aisling. Alguien que esté al tanto de que tome sus medicinas a la hora exacta, que reciba al fisioterapeuta porque mientras está solo hay días enteros en los que ni siquiera le abre la puerta. Alguien que viva aquí puede hacer la diferencia entre que recupere la movilidad o se quede lisiado y amargado el resto de su vida. Y antes de que me preguntes por qué no lo hago yo... no puedo. Debo ocuparme de mi propia salud en el extranjero durante los próximos meses y, sinceramente, él no se deja ayudar por mí. Entre nosotros solo hay choque.
—Entiendo —respondo con voz baja y pausada—. Hace unos años sufrí un accidente y creo que lo puedo entender. Estuve un año entero sin poder caminar... fue difícil, degradante y profundamente frustrante.
La señora Cavendish ladea la cabeza con una curiosidad genuina, examinando mi postura.
—¿Puedo preguntar qué ocurrió?
Un escalofrío tan antiguo como mi propia memoria me recorre la columna.
—Fue un accidente escalando —confieso aún sin poder creer todo lo que había pasado en los últimos años de mi vida—. Tuve mucha suerte de que mi arnés no se rompiera por completo.
Ella asiente lentamente, como si esa explicación llenara las casillas necesarias en su mente, como si comprender el sufrimiento físico me calificara automáticamente para lidiar con el infierno personal de su hijo.
—¿Por qué quieres este trabajo, Aisling? —pregunta de pronto, fijando sus ojos sagaces en los míos—. En tu currículum dice que eres maestra de música. Este no es tu terreno habitual.
Me trago el orgullo. La dignidad es un lujo que no puedo permitirme cuando la cuenta bancaria está en números rojos y amenaza con devorarme antes de empezar nuevamente.
—Quiere la respuesta obvia, supongo.
—Si es posible —sonríe, divertida por mi franqueza.
—La respuesta obvia es que ofrece un buen sueldo —digo sin rodeos, sosteniéndole la mirada—. Estoy volviendo a la ciudad luego de vivir un tiempo en el campo y necesito ahorrar de manera urgente. Trabajar aquí me da exactamente lo que busco: un techo donde dormir, la posibilidad de ahorrar cada penique y la oportunidad de empezar de nuevo. —Muevo mi mano por inercia y evito hacer una mueca cuando apenas responde como quiero. —No me siento lista para regresar a la enseñanza. Así que está en mi mejor opción y le aseguro que no va a arrepentirse de contratarme.
La señora Cavendish me observa durante unos segundos que se sienten eternos, mientras que ahora la lluvia azota con violencia los cristales del ático. Finalmente, esboza una sonrisa satisfecha, una mezcla de alivio y triunfo.
—Me gusta tu honestidad. No necesito una mártir, necesito a alguien que no se rompa a la primera voz alta. Estás contratada, Aisling. Tienes los fines de semana libres, empezando desde este mismo lunes.
Asiento, sintiendo una mezcla de alivio financiero y un nudo de aprensión en el estómago. Acepto el trato, sabiendo que acabo de vender mi tranquilidad a cambio de un techo y un salario en las alturas de Londres.
Cuando la señora Cavendish me encamina hacia el ascensor privado, no puedo evitar girarme una última vez hacia el pasillo en penumbra. Allí, recortado contra la luz de uno de los ventanales laterales, alcanzo a distinguir la silueta erguida de William Cavendish. Apoyado en su bastón, inmóvil como una estatua de piedra, me observa marcharme. Su mirada gris sigue fija en mí, cargada de un desprecio silencioso, de una amargura insoportable y de algo más... algo oscuro y sofocante que me hace acelerar el paso, sintiendo que he entrado a una jaula de oro, solo que aún no decido si es bueno o malo.