Arthur, el mayordomo, hace una leve inclinación de cabeza y da un paso al frente para coordinar al personal que ya ha comenzado a ingresar el equipaje. —Señor Cavendish, si me lo permite, he dispuesto las habitaciones del ala oeste como de costumbre. La suite principal está lista para usted y hemos preparado una de las alcobas de huéspedes en el ala este para la señorita Aisling —explica el hombre con tono impecable y profesional. William se detiene un instante antes de que comencemos a subir la monumental escalinata que domina el espacio. Su mano en mi cintura se vuelve ligeramente más firme, marcando su presencia con esa autoridad natural que no admite réplicas. —Aisling se quedará en el ala oeste —interviene William con voz pausada, pero cargada de un tono rotundo que hace que Arthur

