El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos. Iris —¿Cómo acabasteis acá? —se río con amargura. Sentía que mis sentimientos estaban a punto de pelearse. Mi tristeza cada que recordaba a mi madre me destrozaba el alma, la emoción al saber que hoy tendríamos un gran avance me erizaba, el orgullo por saber que mis hermanos me acompañarían me calentaba, el nerviosismo por el futuro de Aibek me dolía hasta el cuero cabelludo, y las dudas por Astrophel me mareaban. ¿Cómo podía soportar todo esto? Simple, Aibek me mantuvo distraída con sus chistes sin gracia y sus cotilleos interesantes. —Te contaré una historia —giré mis ojos sonriendo —. No gires los ojos. —¿Cómo sabes que giro los ojos? —No necesito verte para saber que piensas o sientes —suspiré a

