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La apuesta

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Descripción

Floyd Jane es un universitario arrogante y con sonrisa retadora, todos creen que solo es así por el dinero de sus padres. Lo que nadie sabe es que el tiene su propia empresa, tiene empleados y la empresa que maneja es una de las principales en todo el país. ¿El problema?

El problema es que nadie conoce la cara del jefe de la empresa, todos solo ven al sub jefe, quien se encarga del manejo de la empresa. En un momento desafortunado, Cora Stace descubre el secreto de Floyd y este la obligará a trabajar para él.

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Cora Stace. Nadie tenía la menor idea de donde estaba Abott, se había ido de viaje para buscar a su hermana y aún no ha regresado. Durante las vacaciones de verano conseguí un trabajo de medio tiempo que me permite ayudar a mis padres a pagar las cuentas. Mamá está inestable, desconsolada, no ha querido hacer nada desde que supo que papá se acostó con otra mujer. Cuando me enteré me quedé paralizada, no podía entender como el hombre que me dio la vida había engañado a mamá, solía ver a Derek, mi padre, besar en la frente por las mañanas a mamá, cuidarla y hacerle de comer cuando se enfermaba. Todos esos gestos cariñosos confundieron mi mente, me hicieron creer algo que no existía. Yo los veía y decía «En un futuro, quiero una relación como la de ellos». Abott siempre se burlaba de mí quería una relación como la de mis padres, el me decía que es tonto, que un matrimonio nunca va cien por ciento bien. Y creo que tiene razón, ahora lo creo. Desde que tomaron la decisión de divorciarse, mi padre ha estado recogiendo todas las cosas que va a llevarse, el dinero es de el. Mi madre no trabaja, siempre se ha ocupado de las cosas de la casa. El insistió en dejarnos un parte, pero ella se negó, se sentía indignada, frustrada, decepcionada. No quería tener nada que ver con él y con su dinero. Por la mañana, Derek intento hablar conmigo, me insistió para que convenciera a mamá de que aceptará el dinero, no podía verlo a los ojos, no quería hacerlo. Y me negué también, la decisión que mamá tomo creo que fue la correcta, es como si estuviera pagando por lo que hizo, para borrarlo, o quizás para compensar su error, pero acostarse con otra mujer y verla, hacerle lo mismo que haces con tu esposa y fingir que todo va bien, no tiene un precio. Y yo no pienso ponérselo. —Si quieres hablar con mi madre, hazlo tú mismo. —zanjé y salí tan rápido de esa habitación cómo pude. Julian es mi compañero de trabajo, siempre viene a buscarme a casa para que vayamos a la pizzería, nosotros nos encargamos del delivery, a veces nos entretenemos hablando y contándonos anécdotas. Me dijo que una de sus exs, es algo loca, siempre que el tiene un partido de fútbol va a verlo y empieza a gritar como si aún estuvieran juntos, el le ha dicho millones de veces que no tiene porque hacerlo, que le incómoda, y que su relación ya ha terminado. Siempre me río cuando me cuenta una historia de ella, creo que la tenemos tachada como «La loca de los gritos». Un día quise acompañarlo para que no se sintiera tan solo, y los gritos de la chica a mi lado, me estaban atormentando, pensé que era otra persona, no me había detenido a verla. Pero cuando la vi bien, supe de quién se trataba. Por la descripción hablada que Julian me dio, y los gritos tan efusivos que echaba, no había manera de que me equivocará. Era ella. Decidí hablarle entre mujeres, fue cordial y sencilla. Ella me escuchó con atención los primeros minutos, después empezó a decir que ella lo amaba a él, que el amor era así y yo no podía hacer nada para interferir en un romance. Esa noche acabé con el batido en toda la ropa, la odie, quise golpearla, sin embargo, el partido ya había acabado y no me había fijado por todo lo que estaba sucediendo con la chica frente a mí. Cuando abrí la boca para protestar, Julian apareció a mi lado y le gritó que lo dejara en paz, incluso insinuó que el y yo estábamos juntos, al menos, no conocía a nadie de los que estaban sentados ahí, hubiera sido espantoso, no por mal, pero no quiero que nadie vaya creyendo por la calle que salgo con un chico. Cuando lo conocí a él, me pareció una persona retraída, siempre tiene el cabello corto, es moreno y usa colores entre gris y blanco para vestir. A veces también se va por un color verde oscuro y lo combina con beige, o colores de ese estilo. Creí que el era extraño, aunque si lo pienso. El debió creer y afirmar que yo lo era, mi cabello es ondulado de color cobrizo, tengo los ojos verdes y soy tan blanca como un papel, no es solo eso. Mi excentricidad empieza con la ropa, me gusta llevar ropa de colores y una cinta en la cabeza de color n***o, la mayoría de las veces la estoy usando. Me ató el cabello en una coleta alta y me pongo la cinta, sino, me lo dejo suelto y me hago un adorno con ella. La primera vez que lo vi a él, tenía un vestido verde neón, unos zapatos negros altos y el cabello suelto, encima del vestido, llevaba una chaqueta blanca preciosa. El me miró de la misma forma que lo miré yo a él. ¿Es real? ¿Por qué está usando eso?. Somos muy distintos, pero nos llevábamos bien, las tardes de películas, no los confirma. La mayoría del alumnado de mi universidad quisieran tener que trabajar a medio tiempo y escabullirse de las clases porque “su jefe” los ha llamado. No es tan simple como eso, ninguno de los niños pijos que habitan en esas instalaciones tienen idea de lo que es trabajar hasta tarde y llegar cansado a casa. Si ellos quieren algo, lo tienen, ya sea por sus padres, o porque tienen el dinero suficiente regado por la casa. He visto eso muchas veces, más veces de las que me gustaría. Morgan, una amiga, me invitó a su casa para que culmináramos el trabajo del primer semestre, acepté sin rechistar. Nunca la había visto tan interesada en un trabajo como ese día. Su casa es enorme, llena de lámparas de cristales y televisores más grandes que una pared. No le mencioné nada sobre su casa porque no quise parecer interesada, tampoco quise que me odiara por mi comentario. Ese mismo día, me preguntó si tenía hambre al ver pasado más de tres horas escribiendo un ensayo, que por supuesto, ella no haría. Me dijo que ella lo pagaba, que lo viera como un agradecimiento. Me frustré y quise patearla, pero pude manejarlo mejor de lo que pensé. Acepte su falso agradecimiento y la vi buscar dinero por toda la casa, me pareció que estaba loca, que había perdido la cabeza y en medio del estrés le pregunté que rayos estaba haciendo. Ella se rio y me dijo que estaba buscando dinero, sin duda eso me hizo fruncir el ceño. «¿Si no tienes dinero, porque has pedido una pizza?» pregunté, y ella respondió encogiéndose de hombros «Mis padres siempre pierden dinero, y les da igual, se que hay algo por aquí». Su respuesta me dejó pensando, mi padre tenía dinero, por eso estudiaba ahí, con ellos. Pero jamás se ha comportado de una manera superficial, mi madre, casada con un hombre millonario, si tenía actitudes que odiaba, que detestaba muchas veces. Cuando veía a personas de bajos recursos se reía por lo bajo, yo siempre le rodaba los ojos, pero creo que ella no se daba cuenta. No importa lo mucho que me esforzaba para que mamá cambiará, nunca lo hacía. Hasta ahora, dónde no tiene a nadie más que a mí. Donde mi padre la ha dejado sin nada, eso es lo que ambas vemos, que nos hemos quedado sin nada. Se que papá seguirá pagando mi universidad, lo prometió y lo hará. Pero nada más, ahora es el turno de mi madre de salir a trabajar y se que eso le va a costar más que cualquier otra cosa. Abrí la nevera para agarrar algo de comida y no había nada, ayer le di a mi madre el dinero que había ganado este mes en la pizzería. ¿Qué había hecho con el?. Y hablando de ella justamente, entró a la cocina con una nueva prenda de ropa. —¿Qué diablos hiciste? —gruñí. —¿Por qué lo dices? —se quejó—. ¿Qué vamos a comer hoy? —¡Nada! Es precisamente eso, no hay comida en la nevera. —grité enfadada, mi madre niega con la cabeza y comienza a llorar desesperada—. Tienes que dejar de hacer esto. —No puedo —sollozó—. Tu padre ha acabado con mi vida. —No lo ha hecho, sigues viva ¿no, mamá? Entonces, ve y consigue un trabajo. Comeré en la universidad —demandé. Salí furiosa de la casa y tire la puerta. Mi padre estaba llegando a la casa, imagino que buscaría las últimas cosas que le quedan en casa, no estaría mal que se lo llevará todo de una vez, quizás, mamá noté que es una realidad y no un sueño loco que ha tenido. Me moría de ganas de que todo esto terminará, de que ambos se dieran cuenta de que no es un mal sueño, mi padre se detuvo al verme y sujetó mi brazo para que no saliera corriendo. —¿Sucedió algo? —No hay comida en la nevera —expuse. —Compararé algo ¿bien?. Iré ahora mismo, lo dejo todo en tu habitación y después me marchó. —No es necesario, mamá tiene que aprender. —Yo la engañe —suspiró conteniendo las ganas de llorar, me soltó y puso sus dedos en el puente de su nariz—. Se lo debo. —Haz lo que desees para arreglar tu conciencia papá, pero eso no cambiará nada. Dime ¿Te irás con ella? —¿Con quién? —preguntó sin comprender del todo mi pregunta. —Con la mujer que te hizo abandonarnos a mamá y a mi. —No me iré con ella Cora, alquilare un apartamento cerca de tu universidad, así estaré al tanto de ti y podré ir a buscarte cuando me lo permitas. Decidí que seguirlo escuchando sería un desperdicio de mi tiempo, llegaría tarde a la universidad, hoy solo debemos entregar algunas cosas y después podemos marcharnos. Desde que entré ahí he pensando en las posibilidades que tengo de enamorarme de alguno de los estudiantes, siempre me siento fuera de lugar con ellos. Intenté hacerme amiga de algunos y Abott fue el único que me supo entender y tratar bien, los demás, parecen sacados de una serie adolescente dónde lo único que quieren es drogarse y beber hasta perder la conciencia. A veces me gusta hacerlo, pero no de manera tan frenética. Cuando estoy llegando a la universidad veo el carro de Floyd Jane, el chico con más dinero en la universidad, es apuesto, sus ojos negros se impregnan en ti como la noche. Hemos cruzado palabra solo una vez, y no podría considerarse una charla, fue más bien, un comentario altanero de su parte y un gruñido por el mío. Agaché la cabeza para que no me vea y sentí unos pasos detrás de mí, primero sujeté mi bolso con fuerza, intenté mirar de reojo pero no podía ver nada, así que empecé a correr, sentí los pasos corriendo detrás de mí y gire en el callejón cerca de la universidad. Cuando veo que me encuentro sola y en medio de la nada, me asustó. ¿Por qué me he metido aquí? —Cora —dijo—. Soy Abott ¿Por qué has corrido? —masculló, abrí la boca para decir algo, pero me callé y solté una carcajada, tenía el cabello revuelto hacía arriba, algunos mechones caían de manera desordenada sobre su frente, sus manos se aferraban a sus rodillas dobladas por el cansancio y me incliné tendiéndole la mano. —Pensé que eras un asesino que intentaba matarme —le dije con seriedad—. Para estos momentos ya estaba formulando en mi mente como ibas a matarme, creí que serías un viejo clavo, o tal vez una mujer desesperada y con sed de sangre. Pensé en muchas posibilidades —divagué. —Debes dejar se ver esas series Cora, están dañando tu mente —bufó tomando mi mano, se la solté y callo de culo al suelo. La risa que brotó de mi garganta no tardó mucho en salir, me divertía ver a Abott con el trasero en el suelo y quejándose de lo mala amiga que era. Se levantó, recogió su mochila y me hizo un gesto molesto para que fuera caminando detrás de él, no sabía que había llegado a la ciudad, desde que se fue no se había comunicado conmigo. Su hermana sufría de cáncer, así que la tenían en un hospital fuera de aquí, los tratamientos eran difíciles, los padres de Abott siempre estaban viajando de un lado a otro. Cuando de madrugada me llamo llorando, mientras me contaba que debía irse mañana mismo, se me encogió el corazón. Yo pensé; «Se ha muerto Ana, ¿Perderé a mi mejor amigo?». Hasta que el empezó a contarme que estaba mejor, que la traerían de vuelta a casa y por fin podría conocerla. Me hizo feliz escucharlo, el siempre está hablando de lo increíble que es su hermana, de lo bien que sabe maquillar, de lo linda que son sus uñas, de lo bien que la pasa cuando está con ella y de lo risueña que es. Siempre le dije que sonaba como una niña increíble, y que todos deben querer conocer a alguien tan especial como ella. Lo miré de reojo e infle mis mejillas como una bebé, ni siquiera sé inmutó en verme, es muy quejica, así que está enfadado por haberlo hecho correr y cansarse. —¿No vas a dirigirme la palabra? —No tengo nada que decirte. —¿Cómo está tu hermana? —se tensó. —Ana está muerta.

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