Adam estaciono el vehículo a la acera del domicilio. Baje con desgana regresando el casco a la cestilla. — Adam, de verdad siento lo que ocurrió.
Era mi culpa, y lo sabía. Cuando Adam cruzaba los pasillos con ella, me sentía tan mal, celosa e impotente. Todo era de tal modo que me sentía una donnadie frente a ella y eso que solo fue una de sus cuantas novias. Me fui de la ciudad con mi madre creyendo que era lo mejor. Aunque me gustaba Adam, era mejor que me olvidará; que nos olvidáramos. Ya hacía tiempo que debí olvidarlo de una vez.
—Basta Christine, no quiero hablar más sobre eso. Olvídame niña tonta—cerro sus ojos con fuerza y luego los abrió mirando hacia el suelo. —ve, vamos, tu novio te espera— forzó una sonrisa.
—Ah, ¿eso crees? — me acerque pocamente hacia su cuello. —Mejor olvídame tú imbécil — susurre sobre su oído, solo para romper el hielo que radiaba.
Me tomo del brazo, acercándome hacia él, para plantar un beso sobre mi mejilla. Quede helada. —En realidad, quería decir, nunca me olvides— sin reproche, Adam se perdió entre las sombras de la carretera, conducía con brusquedad.
Camine hasta la puerta y toque el timbre de la entrada. Aarón abrió la puerta y se sonrojo al verme. Apoyo un beso sobre mis labios y me invito a entrar.
—Te ves terrible— susurró camino al comedor. Aarón es pelirrojo de ojos cafés. Va a la estatal, a minutos de la ciudad. No podía negar que me veía terrible, es decir, acababa de bajar de una motocicleta.
Sus padres estaban sentados en la mesa junto al pequeño hermano de Aarón. Me detuve en el marco de la puerta. Aarón me halo, casi tropezando con mis propios pies hasta sentarme en la mesa. Estaba avergonzada, ya hacía rato que habían comenzado a cenar y me sentía fuera de lugar, sobre todo por la mirada fulminante que me había conciliado la madre.
— Buen provecho — rasque mi cuello y mire el reloj colgado en la pared; ya eran las 9:45.
— Mama, papa, ella es mi novia, Christine— les sonreí a ambos, pero ellos me miraban como si fuese una cualquiera. — es la hija de Hank Kavanaugh, el empresario— Aarón solo intentaba asegurar una buena impresión de mí, pero ellos no flaqueaban.
— Lindo vestido— dijo la madre comiendo un poco de espagueti y mordiendo con fuerza el tenedor, como para hacerme temerle. —¿Lo compraste en la tienda de segunda mano? — era suficiente, no le había aguantado tanta basura a alguien y hoy no sería el día en el que me pisotearan de nuevo.
Me levante como un resorte y mi rostro se había arrugado. —También me gusta el suyo, es lindo saber que es una ecologista y que reutilizo toda la porquería del basurero para coserlo.
Ella también se levantó de un tirón, su mirada era desafiante. Y casi como de imprevisto, la alarma en el bolsillo de la madre de Aarón vibró. Se levantaron, cogieron sus maletines y se arrimaron hasta la puerta.
Sus padres me sonrieron hipócrita. — Ya sabes cómo esto, si llegas tarde, la cena se enfría— lo jadeante en su rostro era masivo, un minuto más, e iba a golpearla.
— Mama por favor... — interrumpió Aarón, pero su madre cubrió su boca y le regalo una palmada. La impotencia en su cara era muy visible.
— Después hablaremos, tenemos que trabajar, no podemos darnos el lujo como otros de llegar tarde— agrego antes de salir por la puerta principal junto al padre de Aarón.
Aarón permaneció en silencio. Llevo a su hermano a dormir y luego regresó. Tomo mi mano y me llevo hasta su habitación. Ya había estado allí antes, sólo que sin sus padres en la casa.
— Siento haber llegado tarde— cerró mis labios con su dedo.
— Siempre son así, ya estoy acostumbrado. Mejor hablemos sobre otra cosa— muerde su labio inferior y se retira la chamarra con brusquedad, sabía lo que quería, pero no sabía porque lo quería justo ahora. — Quiero hacer esto contigo Christine, ¿quieres?
Cruce mis brazos sobre su cuello. — No es un buen momento—me aferro de la espalda baja y comenzó a plantar besos enardecidos sobre mi piel ignorando mi negación. Creí que lo entendería. — No Aarón, basta— lo empuje.
—¿Que te ocurre Christine? — masculla.
Si, él quería hace el amor sin amor, pero yo no podía, así no; no con él. Ya había follado, unas cuantas veces fueron suficiente y no estaba preparada mentalmente para hacerlo de nuevo. Si por un momento creyeron que estaba enamorada de él, pues no es así.
—Christine, dime—agregó seco. —¿Con cuántos más lo has hecho?
Su pregunta me incómodo de tal modo que cogí mi bolsa con fuerza para irme. —No te lo diré.
—¿Acaso te has acostado con muchos? —arqueo ambas cejas. —Por dios, ¿Y qué tengo yo que no quieres hacerlo conmigo? —con aun más rapidez me dirigí hasta la puerta.
Él no tenía derecho a preguntarme nada. Solo pensaba en el mal rato que me hacía pasar, me arrepentía de no haberme quedado a mitad de la calle, o en mejores términos, de haberme quedado con Adam. —¡Ya basta Aarón! — clamé.
Me acomode la bolsa sobre el hombro y tome la perilla. —Christine, no te vayas— suplicó.
Estaba siendo un completo imbécil y le dejaría algo de tarea. —¿Sabes Aarón? Si te decía que nunca había tenido sexo, creerías que soy una santa. Si te decía que, si lo había hecho, creerías que soy una r****a. Pero si te digo el número exacto de los hombres con los que me he acostado, sabrías que soy una de las más malas que has conocido.
Cuando abrí la puerta, el pequeño hermano de Aarón estaba de pie frente a mí. Soñoliento, me halo de la camisa haciendo que mis ojos se dirigieran exactamente sobre los suyos. —¿Ya terminaron de tener sexo? — su voz era tan ingenua y aguda que no sabía que decirle. Mis mejillas se enrojecieron.
Me aparto de un leve empujón y cerró la puerta tras mi espalda. Escuchaba sus pequeños pasos dirigirse hasta la cama. —¿Como dejaste que se fuera? es una hermosura— dijo de un resuello. Me sorprendió, era un pequeño pelirrojo de apenas unos cinco años.
Tome un taxi para regresar casa. No sé cómo le explicaría a mi padre que había dejado su auto abandonado en los suburbios. Al llegar, el sueño de invadió de tal modo que me tumbé sobre el sofá, me dormí.
Desperté en la mañana crujiendo los huesos adoloridos de mi espalda. Estaba en la sala; conversaba con la nana. Algún auto estaba tocando la bocina increíblemente irritante en la planta baja. Me asome y mi auto estaba en la acera como si hubiera llegado en el la noche anterior. Adam estaba junto a él, al verme, siguió conduciendo fuera de mi vista. Era obvio que él había traído el auto de regreso, no tenía que molestarse, pero siempre lo tendría en cuenta.
Me siento en el borde de mi cama y comienzo a releer una vieja saga de romance. Abandono el libro sobre la cómoda y camino hasta la ventana; las cortinas de Adam permanecen cerradas y ni siquiera un pequeño ruido de música se escucha. Solo se oyen las bocinas de los coches y las voces de las personas que transitan en la planta baja.
Al oscurecer, cuando las estrellas brillan junto a la luna, me siento en el marco de la ventana con el libro entre manos. Se corren las persianas de la habitación vecina y se me eriza la piel. Puedo ver a Adam de reojo; parado frente a la ventana.
Me concentro en lo que estoy leyendo, intento sacarlo de mi cabeza. No cederé.
Una puerta rechina y luego pasos constantes. Por un segundo, aparto la mirada del libro en el que me refugio y ahí está el; apoyándose del pasamano de la terraza. Mirándome directamente con esos ojos azulados y con una sonrisa que marca las pequeñas marcas en sus mejillas. Me bajo del marco y cierro la ventana, camino hasta mi terraza y me siento en el sofá.
—Gracias por lo del auto y por recogerme, después de todo no eres tan imbécil como yo creía— su sonrisa se volvió más intensa.
—No te hagas ilusiones, me detuve porque creí que eras una zorra buscando folle— rio tan fuerte que arrugue la nariz y me desquite dándole golpe en el hombro.
— Eres un grandísimo tonto Adam— me mordía ambos labios, y no sabía porque lo hacía, era como un reflejo, claramente me gustaba.
Venas se tallaban en sus brazos mientras sujetaba fuerte el pasamano, eran tentativas. —¿Y qué estás leyendo? —pregunto. — Cambiar la h****a por la lectura te sienta— añadió.
—Nada—digo cortante y cierro el libro colocándolo bajo mi muslo.
— Bueno, estabas muy interesada en ese nada, me gustaría saber— las pequeñas marcas se vuelven a esculpir cuando sonríe.
— Es solo un simple libro, no te interesaría.
Menea la cabeza. —No soy tu novio Christine, no tengo que fingir que me interesa todo lo que haces. Si me interesa te lo digo y ya, no hay problema ni pelos en la lengua que me detengan. Puedo adivinar que has dejado de hacer cosas que te gustan por ese idiota ¿verdad?
Lo mire por algunos segundos, no quería admitir lo toxica que era mi relación con Aarón. —Es de romance.
— Ah, ¿ahora si me lo dices? — cuestiono. —¿el efecto postraumático que te dejo tu noviecito ya se fue?
Me levante del sofá y me plante justo frente a él. — No te preocupes por mi Adam, se lo que hago. No te metas en mi relación con Aarón.
—¿Aarón? — intento no reír. —¿sales con Aarón Martínez? — subrayo.
— Si ¿y qué? — quería escapar de esa temática en el que nos habíamos estancado, pero quería llevarle toda la contraria; quería tener la razón.
Alzo las manos y negó con la cabeza. — No, yo ningún problema, solo que no me gusta que salgas con ese tipo de artificio.
—¿A qué te refieres con artificio?
Palmeo suavemente su frente. — Personas falsas Christine. Sabes de lo que hablo.
Cuando abrí la puerta, el pequeño hermano de Aarón estaba de pie frente a mí. Soñoliento, me halo de la camisa haciendo que mis ojos se dirigieran exactamente sobre los suyos. —¿Ya terminaron de tener sexo? — su voz era tan ingenua y aguda que no sabía que decirle. Mis mejillas se enrojecieron.
Me aparto de un leve empujón y cerró la puerta tras mi espalda. Escuchaba sus pequeños pasos dirigirse hasta la cama. —¿Como dejaste que se fuera? es una hermosura— dijo de un resuello. Me sorprendió, era un pequeño pelirrojo de apenas unos cinco años.
Tome un taxi para regresar casa. No sé cómo le explicaría a mi padre que había dejado su auto abandonado en los suburbios. Al llegar, el sueño de invadió de tal modo que me tumbé sobre el sofá, me dormí.
Desperté en la mañana crujiendo los huesos adoloridos de mi espalda. Estaba en la sala; conversaba con la nana. Algún auto estaba tocando la bocina increíblemente irritante en la planta baja. Me asome y mi auto estaba en la acera como si hubiera llegado en el la noche anterior. Adam estaba junto a él, al verme, siguió conduciendo fuera de mi vista. Era obvio que él había traído el auto de regreso, no tenía que molestarse, pero siempre lo tendría en cuenta.
Me siento en el borde de mi cama y comienzo a releer una vieja saga de romance. Abandono el libro sobre la cómoda y camino hasta la ventana; las cortinas de Adam permanecen cerradas y ni siquiera un pequeño ruido de música se escucha. Solo se oyen las bocinas de los coches y las voces de las personas que transitan en la planta baja.
Al oscurecer, cuando las estrellas brillan junto a la luna, me siento en el marco de la ventana con el libro entre manos. Se corren las persianas de la habitación vecina y se me eriza la piel. Puedo ver a Adam de reojo; parado frente a la ventana.
Me concentro en lo que estoy leyendo, intento sacarlo de mi cabeza. No cederé.
Una puerta rechina y luego pasos constantes. Por un segundo, aparto la mirada del libro en el que me refugio y ahí está el; apoyándose del pasamano de la terraza. Mirándome directamente con esos ojos azulados y con una sonrisa que marca las pequeñas marcas en sus mejillas. Me bajo del marco y cierro la ventana, camino hasta mi terraza y me siento en el sofá.
—Gracias por lo del auto y por recogerme, después de todo no eres tan imbécil como yo creía— su sonrisa se volvió más intensa.
—No te hagas ilusiones, me detuve porque creí que eras una zorra buscando folle— rio tan fuerte que arrugue la nariz y me desquite dándole golpe en el hombro.
— Eres un grandísimo tonto Adam— me mordía ambos labios, y no sabía porque lo hacía, era como un reflejo, claramente me gustaba.
Venas se tallaban en sus brazos mientras sujetaba fuerte el pasamano, eran tentativas. —¿Y qué estás leyendo? —pregunto. — Cambiar la h****a por la lectura te sienta— añadió.
—Nada—digo cortante y cierro el libro colocándolo bajo mi muslo.
— Bueno, estabas muy interesada en ese nada, me gustaría saber— las pequeñas marcas se vuelven a esculpir cuando sonríe.
— Es solo un simple libro, no te interesaría.
Menea la cabeza. —No soy tu novio Christine, no tengo que fingir que me interesa todo lo que haces. Si me interesa te lo digo y ya, no hay problema ni pelos en la lengua que me detengan. Puedo adivinar que has dejado de hacer cosas que te gustan por ese idiota ¿verdad?
Lo mire por algunos segundos, no quería admitir lo toxica que era mi relación con Aarón. —Es de romance.
— Ah, ¿ahora si me lo dices? — cuestiono. —¿el efecto postraumático que te dejo tu noviecito ya se fue?
Me levante del sofá y me plante justo frente a él. — No te preocupes por mi Adam, se lo que hago. No te metas en mi relación con Aarón.
—¿Aarón? — intento no reír. —¿sales con Aarón Martínez? — subrayo.
— Si ¿y qué? — quería escapar de esa temática en el que nos habíamos estancado, pero quería llevarle toda la contraria; quería tener la razón.
Alzo las manos y negó con la cabeza. — No, yo ningún problema, solo que no me gusta que salgas con ese tipo de artificio.
—¿A qué te refieres con artificio?
Palmeo suavemente su frente. — Personas falsas Christine. Sabes de lo que hablo.
— ¿Te crees mejor que él? — cuestione arrogante.
Mi comentario le produjo aún más gracia a Adam. —él no es un pan de Dios, ni yo tampoco, pero no ando por ahí diciendo que soy un santo.
Sabia claramente de lo que se refería. Aarón tenía una reputación ilustre, las mejores notas, el hijo perfecto. Y sabía que bajo todo eso, se escondía mucha infamia. Sus padres consiguieron borrar su nombre del registro cuando lo arrestaron por conducir borracho. Les pagaron a los profesores de la facultad para que no lo reprobaran. Sobre todo, solo se encontraba el chico perfecto que todos creían que era.
Adam no reprocho nada más, permaneció distante. — Adiós Christine— cuando eleve mi mirada por última vez, el bajo la suya y regreso pesadamente hasta el interior de su habitación. Las luces se apagan y las cortinas se cierran. Yo también regreso a mi habitación y me recuesto de la cama.
— ¿Te crees mejor que él? — cuestione arrogante.
Mi comentario le produjo aún más gracia a Adam. —él no es un pan de Dios, ni yo tampoco, pero no ando por ahí diciendo que soy un santo.
Sabia claramente de lo que se refería. Aarón tenía una reputación ilustre, las mejores notas, el hijo perfecto. Y sabía que bajo todo eso, se escondía mucha infamia. Sus padres consiguieron borrar su nombre del registro cuando lo arrestaron por conducir borracho. Les pagaron a los profesores de la facultad para que no lo reprobaran. Sobre todo, solo se encontraba el chico perfecto que todos creían que era.
Adam no reprocho nada más, permaneció distante. — Adiós Christine— cuando eleve mi mirada por última vez, el bajo la suya y regreso pesadamente hasta el interior de su habitación. Las luces se apagan y las cortinas se cierran. Yo también regreso a mi habitación y me recuesto de la cama.
Cuando abrí la puerta, el pequeño hermano de Aarón estaba de pie frente a mí. Soñoliento, me halo de la camisa haciendo que mis ojos se dirigieran exactamente sobre los suyos. —¿Ya terminaron de tener sexo? — su voz era tan ingenua y aguda que no sabía que decirle. Mis mejillas se enrojecieron.
Me aparto de un leve empujón y cerró la puerta tras mi espalda. Escuchaba sus pequeños pasos dirigirse hasta la cama. —¿Como dejaste que se fuera? es una hermosura— dijo de un resuello. Me sorprendió, era un pequeño pelirrojo de apenas unos cinco años.
Tome un taxi para regresar casa. No sé cómo le explicaría a mi padre que había dejado su auto abandonado en los suburbios. Al llegar, el sueño de invadió de tal modo que me tumbé sobre el sofá, me dormí.
Desperté en la mañana crujiendo los huesos adoloridos de mi espalda. Estaba en la sala; conversaba con la nana. Algún auto estaba tocando la bocina increíblemente irritante en la planta baja. Me asome y mi auto estaba en la acera como si hubiera llegado en el la noche anterior. Adam estaba junto a él, al verme, siguió conduciendo fuera de mi vista. Era obvio que él había traído el auto de regreso, no tenía que molestarse, pero siempre lo tendría en cuenta.
Me siento en el borde de mi cama y comienzo a releer una vieja saga de romance. Abandono el libro sobre la cómoda y camino hasta la ventana; las cortinas de Adam permanecen cerradas y ni siquiera un pequeño ruido de música se escucha. Solo se oyen las bocinas de los coches y las voces de las personas que transitan en la planta baja.
Al oscurecer, cuando las estrellas brillan junto a la luna, me siento en el marco de la ventana con el libro entre manos. Se corren las persianas de la habitación vecina y se me eriza la piel. Puedo ver a Adam de reojo; parado frente a la ventana.
Me concentro en lo que estoy leyendo, intento sacarlo de mi cabeza. No cederé.
Una puerta rechina y luego pasos constantes. Por un segundo, aparto la mirada del libro en el que me refugio y ahí está el; apoyándose del pasamano de la terraza. Mirándome directamente con esos ojos azulados y con una sonrisa que marca las pequeñas marcas en sus mejillas. Me bajo del marco y cierro la ventana, camino hasta mi terraza y me siento en el sofá.
—Gracias por lo del auto y por recogerme, después de todo no eres tan imbécil como yo creía— su sonrisa se volvió más intensa.
—No te hagas ilusiones, me detuve porque creí que eras una zorra buscando folle— rio tan fuerte que arrugue la nariz y me desquite dándole golpe en el hombro.
— Eres un grandísimo tonto Adam— me mordía ambos labios, y no sabía porque lo hacía, era como un reflejo, claramente me gustaba.
Venas se tallaban en sus brazos mientras sujetaba fuerte el pasamano, eran tentativas. —¿Y qué estás leyendo? —pregunto. — Cambiar la h****a por la lectura te sienta— añadió.
—Nada—digo cortante y cierro el libro colocándolo bajo mi muslo.
— Bueno, estabas muy interesada en ese nada, me gustaría saber— las pequeñas marcas se vuelven a esculpir cuando sonríe.
— Es solo un simple libro, no te interesaría.
Menea la cabeza. —No soy tu novio Christine, no tengo que fingir que me interesa todo lo que haces. Si me interesa te lo digo y ya, no hay problema ni pelos en la lengua que me detengan. Puedo adivinar que has dejado de hacer cosas que te gustan por ese idiota ¿verdad?
Lo mire por algunos segundos, no quería admitir lo toxica que era mi relación con Aarón. —Es de romance.
— Ah, ¿ahora si me lo dices? — cuestiono. —¿el efecto postraumático que te dejo tu noviecito ya se fue?
Me levante del sofá y me plante justo frente a él. — No te preocupes por mi Adam, se lo que hago. No te metas en mi relación con Aarón.
—¿Aarón? — intento no reír. —¿sales con Aarón Martínez? — subrayo.
— Si ¿y qué? — quería escapar de esa temática en el que nos habíamos estancado, pero quería llevarle toda la contraria; quería tener la razón.
Alzo las manos y negó con la cabeza. — No, yo ningún problema, solo que no me gusta que salgas con ese tipo de artificio.
—¿A qué te refieres con artificio?
Palmeo suavemente su frente. — Personas falsas Christine. Sabes de lo que hablo.
— ¿Te crees mejor que él? — cuestione arrogante.
Mi comentario le produjo aún más gracia a Adam. —él no es un pan de Dios, ni yo tampoco, pero no ando por ahí diciendo que soy un santo.
Sabia claramente de lo que se refería. Aarón tenía una reputación ilustre, las mejores notas, el hijo perfecto. Y sabía que bajo todo eso, se escondía mucha infamia. Sus padres consiguieron borrar su nombre del registro cuando lo arrestaron por conducir borracho. Les pagaron a los profesores de la facultad para que no lo reprobaran. Sobre todo, solo se encontraba el chico perfecto que todos creían que era.
Adam no reprocho nada más, permaneció distante. — Adiós Christine— cuando eleve mi mirada por última vez, el bajo la suya y regreso pesadamente hasta el interior de su habitación. Las luces se apagan y las cortinas se cierran. Yo también regreso a mi habitación y me recuesto de la cama.