Sentí cómo aquel metal caliente atravesaba por mi hombro y salía del otro lado pero ese dolor no se comparaba con el dolor que sentía en el pecho al ver a Jinohra asustada y aferrada al tronco del árbol mientras el miedo la consumía poco a poco. Corrí para sostenerla y el dolor punzante en mi hombro me impedía recogerla del desmayo. Aun así pude soportar su peso, el dolor me impedía caminar erguido y la sangre me provocaba nauseas; no podía dejarla caer, debía llegar al castillo cuanto antes, al menos a un lugar con un maldito teléfono para alertar a mi madre. —¡¿Joven, está sangrando?! —bramó sorprendida una señora que nos vio al salir del bosque. Tuve que contener las ganas de responderle con sarcasmo un gran «¿No, en serio?» pero la señora probablemente nos serviría de ayuda. —Sí, p

