Leía Tal y como había dicho, no hubo besos ni arrumacos los siguientes días. Había un espacio entre nosotros que antes no existía, un vacío tangible que pesaba en el aire cada vez que compartíamos una habitación. Que Adrián me hubiera contado lo que le sucedía, que se abriera conmigo después de días de tensión silenciosa, había sido un alivio. Finalmente, podía entender su comportamiento y el dolor que llevaba sobre los hombros. Pero eso no quitaba mi enojo. No era solo lo que le había pasado, sino cómo se había manejado y, sobre todo, cómo me había tratado. Las palabras frías, las miradas esquivas, el modo en que había levantado un muro entre nosotros, me habían dolido más de lo que él podía imaginar. Sin embargo, a pesar de mi enojo, no podía ignorar que se estaba esforzando por enme

