Adrián Era un idiota. Un completo y total idiota. El pecho se me contrajo apenas la puerta de mi oficina se cerró detrás de Leía. Había tratado horrible a la mujer que más amo en el mundo, y el eco de sus palabras seguía retumbando en mi cabeza como un martillo implacable. No se lo merecía. Ninguno de mis problemas justificaba mi actitud. Me hundí en mi silla, apoyando la cabeza en las manos. Mi respiración era un caos, cada inhalación parecía atorarme en una maraña de culpa y arrepentimiento. Evitarla toda la semana ya había sido una cobardía monumental, pero rechazarla así, con una frialdad que no sentía en absoluto, era algo que no sabía si podría perdonarme. Dios, debería golpearme hasta el cansancio. No podía dejar de pensar en sus ojos cargados de dolor cuando se dio cuenta de

