Leía Las cosas con Adrián, desde aquella vez en la que nos encontramos con ese hombre, habían estado… raras. Esa noche, cuando esperaba que me invitara a hablar o al menos a quedarse conmigo, hizo justo lo contrario. Me dejó en la puerta de mi apartamento, murmuró una disculpa vaga, y se fue solo al suyo. Me quedé en silencio, desconcertada, viendo cómo su figura se alejaba en la oscuridad del pasillo. Algo en su actitud me dejó una sensación inquietante, pero no dije nada. Durante los días siguientes, su comportamiento no mejoró. El trabajo parecía consumirlo más que nunca, y los momentos a solas entre nosotros se volvieron escasos, casi inexistentes. Una semana después, no sabía si realmente estaba ocupado o si estaba evitando cualquier conversación seria conmigo. Habíamos compartido

