Adrián El gran día había llegado y, aunque lo había imaginado mil veces, aún me costaba creerlo. Casi un año después de haberle propuesto matrimonio, tras incontables planes y preparativos, estábamos a solo minutos de dar el famoso “sí, quiero”. Yo habría sido feliz casándonos aquella misma noche, en la intimidad de nuestro hogar, solo nosotros tres: Leía, nuestro hijo y yo. Pero ella soñaba con más. Quería la boda, la ceremonia, la recepción, el vestido blanco, cada detalle que había imaginado desde siempre. Y yo, que era un absoluto devoto de ella, no podía negarle nada. Además, había otra razón que nos hizo esperar: Aarón. Queríamos que nuestro hijo fuera un poquito más grande, que pudiera ser parte del día con nosotros. Ahora, con un año y cuatro meses, se había convertido en un v

