Leía Después de casi cuatro meses, finalmente habíamos regresado a Nueva York. A casa. Pero no al piso en el que habíamos vivido con Adrián. No. Él había encontrado algo mejor. Algo que ahora era nuestro. Una pequeña mansión, alejada del bullicio de la ciudad, lo suficientemente cerca para no sentirnos aislados, pero lo bastante lejos para ofrecer la paz y la privacidad que ahora valorábamos más que nunca. Desde el primer momento en que cruzamos la puerta, supe que era el lugar perfecto para nuestra nueva vida. Era hermosa. La amplia sala se abría con grandes ventanales que dejaban entrar la luz del sol en cascadas doradas. La cocina era espaciosa, con una isla central donde ya imaginaba las mañanas en familia, entre café, risas y el aroma a pan recién hecho. Adrián tenía su estud

