Capítulo Uno

1288 Palabras
No recuerdo en qué momento todo empezó a desmoronarse, solo sé que el silencio en mi oficina se volvió más pesado que cualquier ruido de la ciudad. Antes, ese silencio significaba control, poder, dominio absoluto sobre cada decisión que se tomaba dentro de estas paredes de cristal; ahora, en cambio, se siente como una cuenta regresiva. Desde el piso cuarenta y dos, la ciudad se extiende ante mí como un tablero de ajedrez perfectamente ordenado, luces encendiéndose una a una mientras cae la noche, autos moviéndose como piezas obedientes, gente creyendo que tiene el control de su propia vida. Siempre me gustó esta vista. Me recordaba quién era. O quién solía ser. Apoyo una mano sobre el escritorio de madera oscura, impecable, como todo en este lugar. Nada fuera de sitio. Nada al azar. Excepto los números que no dejan de perseguirme desde hace semanas. Millones en pérdidas. Contratos caídos. Inversionistas retirándose sin siquiera intentar disimularlo. La ciudad sigue brillando como si nada, las luces encendiéndose con puntualidad, el tráfico constante y la gente viviendo sin saber que imperios enteros pueden caer sin hacer ruido, y el mío... el mío se está desmoronando detrás de reportes impecables y números que ya no obedecen. Apoyo los dedos sobre el vidrio frío del ventanal, observando mi reflejo mezclarse con la ciudad, el traje perfecto, la postura firme, todo en su lugar excepto lo único que importa: el control. Mi abuelo construyó esto desde cero, mi padre lo multiplicó y yo me niego a ser el hombre que lo pierde, no es una opción, nunca lo ha sido. —La ciudad no va a devolverte el dinero, deja de ver así —dice Adrián desde la puerta sin anunciarse, como siempre, y no me giro de inmediato, pero una leve exhalación se me escapa porque es el único que puede hablarme así sin perder el trabajo o la vida. —No estoy mirando la ciudad —respondo al fin—, estoy calculando cuánto tiempo le queda a todo esto. —Entonces te lo ahorro —añade entrando con ese paso tranquilo que contrasta con el caos que cargamos encima—, tres meses. Lo miro por encima del hombro. —Cuatro. —Tres —corrige dejando una carpeta sobre el escritorio de madera oscura que refleja la luz cálida de la oficina—, y eso siendo optimistas. Camino de vuelta al escritorio sin prisas aparentes, aunque cada paso pesa más de lo que debería, la oficina sigue siendo perfecta, líneas limpias, minimalismo caro, arte que no necesita explicación, todo diseñado para imponer y aun así ahora parece más una vitrina que un trono. Abro la carpeta no porque necesite verla sino porque necesito recordarme que esto es real: cierres de contratos, inversionistas retirándose, proyectos congelados, alguien está moviendo piezas. —¿Ya encontraste quién está detrás? —pregunto. —Estoy en eso. —No es suficiente. —Lo sé. Siempre hemos funcionado bien así, sin adornos ni mentiras, Adrián no es solo mi asistente, es la única persona que ha estado antes de todo esto y sigue aquí ahora que empieza a tambalearse, sabe lo que está en juego, sabe lo que estoy dispuesto a hacer. —Hay una propuesta —dice finalmente. No levanto la mirada. —No estoy vendiendo nada. —No es una venta. Eso me hace detenerme. —Entonces habla claro. Adrián duda apenas un segundo, lo suficiente para que entienda que no me va a gustar. —Los Valcázar quieren una alianza. Suelto una risa breve, seca. —Rechazada. —Ni siquiera has escuchado—. —No necesito hacerlo. —Deberías. Levanto la mirada ahora sí, clavándola en él. —No negocio con esa familia. —No es un negocio tradicional. Claro que no lo es, lo sé antes de que lo diga. —Es un matrimonio. No hay sorpresa en mi rostro, pero algo dentro de mí se tensa con violencia contenida. —No —respondo sin pensarlo. —Gael. —No. Camino alrededor del escritorio alejándome porque necesito espacio para pensar sin que note el peso real de esa palabra, matrimonio, no por amor, no por deseo, sino como una pieza más en un tablero que nunca se detiene. —Cancelarían gran parte de la deuda, inyección inmediata de capital, acceso a sus redes internacionales... básicamente te devuelven todo lo que estás perdiendo —continúa y lo escucho, cada palabra, cada ventaja, cada oportunidad, porque soy ese tipo de hombre, el que calcula, el que pesa, el que hace lo necesario. —¿Qué quieren exactamente? —pregunto sin girarme. —Que te cases con su hija. El silencio vuelve, más pesado, miro la ciudad pero ya no la veo igual, ahora la imagino sin mi nombre encima, sin mi control, sin mi historia... no, eso no va a pasar. Ellos quieren el poder que yo puedo otorgarles si todo regresa a la normalida. —Diles que no —digo finalmente. Adrián no se mueve. —No voy a repetirlo. —Ya sabía que ibas a responder así, pero también sé que no eres un idiota —dice con calma. Aprieto la mandíbula. —Cuida cómo me hablas. —Cuida cómo decides. Nos quedamos en ese punto incómodo donde ninguno cede primero. —Hay otras opciones —añado. —No tan rápidas. —No necesito rapidez, necesito control. —No tienes ninguno ahora mismo. Eso golpea más de lo que debería, pero no lo demuestro. —Lo voy a recuperar. —¿Cómo? No respondo de inmediato porque la respuesta existe, siempre existe. —Voy a encontrar quién está detrás de esto, voy a cerrar acuerdos nuevos, voy a mover capital donde sea necesario y voy a levantar esto sin deberle nada a nadie. Adrián me observa como si ya hubiera escuchado eso antes. —¿Y si no funciona? Esa es la única pregunta que no quiero responder. —Va a funcionar. —Gael. —Va a funcionar. El silencio vuelve, más denso. —Pidieron que la conocieras antes de dar una respuesta final —añade entonces. Suelto una exhalación irritada. —No voy a perder tiempo en citas arregladas. —No es una cita, es la única salida real que tienes ahora mismo. Me giro lentamente hacia él. —No me caso por obligación. —Te casas por estrategia. —Es lo mismo. —No para alguien como tú. Lo miro fijamente porque tiene razón y odio que la tenga, yo no soy un hombre de principios románticos, no creo en el amor, creo en ganar, en sobrevivir, en mantener lo que es mío, y si para eso tengo que ensuciarme las manos lo hago, siempre lo hago, pero esto... esto es diferente. —Voy a intentar otra vía —digo al final—, tres semanas. Adrián alza una ceja. —No tenemos tres meses y quieres tres semanas. —Voy a sacarlas. —¿Y si fallas? Lo miro directo, sin rodeos. —Entonces aceptaré el trato. Por primera vez desde que entró no responde de inmediato. —Y voy a sacarle el mejor provecho posible, no voy a ser una pieza en su juego —añado con voz más baja y fría. —Nunca lo eres —murmura. Vuelvo la mirada hacia la ciudad, hacia las luces, hacia el imperio que aún no he perdido, porque aún no, pero esta vez la victoria tiene un precio diferente y por primera vez en mucho tiempo no estoy seguro de cuánto estoy dispuesto a pagar, aun así si llega el momento me casaré, no por ella, no por ellos, sino por todo lo que me niego a perder... y cuando lo haga, no seré yo quien salga perdiendo.
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