Capítulo Dos

867 Palabras
No suelo repetir decisiones, pero esa noche lo hice tres veces en mi cabeza mientras la ciudad seguía brillando como si nada estuviera a punto de cambiar. Tres semanas, me había dado ese margen como si el tiempo obedeciera mi voluntad, como si no hubiera alguien empujando todo esto desde las sombras, y aun así la incertidumbre no venía de un riesgo calculado sino de algo que no podía controlar del todo. Adrián no volvió a insistir después de nuestra conversación, lo cual en sí mismo ya era una señal de que la situación era peor de lo que decía en voz alta, porque cuando él calla es porque ya hizo todos los cálculos y no le gusta ninguno. A la mañana siguiente la oficina parecía exactamente igual, impecable, ordenada, silenciosa, como si el día anterior no hubiera existido, pero yo sí lo sentía, en cada documento que firmaba, en cada correo que abría, en cada llamada que terminaba sin resultados concretos. Moví capital, presioné contactos, cerré dos acuerdos menores que apenas servían para maquillar las pérdidas, nada suficiente, nada real, solo tiempo... comprando tiempo. —Te estás esforzando demasiado en parecer tranquilo —dice Adrián entrando con una taza de café que no pedí pero que igual tomo cuando la deja frente a mí—, eso siempre significa que estás perdiendo. —O que estoy pensando —respondo sin apartar la vista de la pantalla. —No, cuando piensas te quedas quieto, ahora estás intentando demostrarte algo. Lo ignoro, pero no porque esté equivocado. —¿Qué tienes? —pregunto. —Confirmación de que no es casualidad —responde dejando otra carpeta—, alguien está presionando a los inversionistas para retirarse. Eso ya lo sabía. —Nombres. —Aún no. —Entonces no me sirve. —Estoy cerca. Cierro la laptop con más fuerza de la necesaria. —No tenemos tiempo para "cerca". —Por eso mismo deberías considerar la otra opción. No responde de inmediato cuando lo miro como si estuviera esperando el momento exacto para decirlo. —Los Valcázar volvieron a comunicarse —añade. « Por supuesto que lo hicieron. » —Diles que esperen. —No están pidiendo respuesta todavía. —Entonces no hay problema. —Pidieron otra cosa. « Eso sí es nuevo. » —¿Qué? —Una reunión. Lo observo en silencio. —Para conocerte —continúa—, sin compromiso, sin contrato firmado, solo... verte. Suelto una risa baja. —¿Verme? —Sus palabras, no las mías. Me recuesto ligeramente en la silla, cruzando los brazos mientras proceso eso, porque no encaja del todo, las familias como esa no piden, exigen, no sugieren, imponen, y sin embargo esto suena casi... calculado de otra forma. —¿Dónde? —pregunto al final. Adrián alza una ceja, apenas. —Sabía que no ibas a negarte. —No me estoy negando ni aceptando —corrijo—, solo quiero saber qué juego están jugando. —Cena privada, esta noche. « Demasiado rápido. » —Interesante. —Puedo cancelarlo. —No —respondo antes de que termine—, voy a ir. Porque necesito ver. Porque necesito entender. Porque si voy a considerar siquiera algo como esto, no lo haré a ciegas. —¿Quieres que investigue a la hija? —pregunta. —Ya deberías haberlo hecho. —Lo hice —dice—, pero no hay mucho. « Eso sí que no me gusta. » —Imposible. —Perfil limpio, educación impecable, apariciones públicas limitadas, ningún escándalo, ningún vínculo directo con negocios sucios, nada que destaque demasiado. —Eso no existe. —Lo sé. El silencio se instala entre nosotros de nuevo, pero esta vez no es pesado, es expectante. —¿Nombre? —pregunto. —Irene Valcázar. El nombre no me dice nada. Y eso es raro. —Quiero todo —añado—, incluso lo que no se pueda encontrar fácilmente. —Ya estoy en eso. Asiento apenas. —¿Algo más? —pregunta. —Sí —respondo, tomando el café finalmente—, cancela mis reuniones de la noche. Adrián no se mueve. —¿Estás seguro? Lo miro. —Voy a escuchar la oferta... no a aceptarla. Él asiente, pero sé que no le importa lo que diga ahora, porque ya dimos el primer paso. Y eso es lo único que cuenta. Cuando se va, la oficina vuelve a quedarse en silencio, pero ya no es el mismo, ahora hay algo más, una tensión distinta, una expectativa que no tenía ayer, como si una pieza nueva hubiera entrado en el tablero y aún no supiera exactamente cómo moverla. Miro el reloj. Horas. Solo unas horas. Y sin embargo no estoy pensando en números, ni en contratos, ni en pérdidas. Estoy pensando en ella. En una mujer que acepta casarse con un desconocido como si fuera un trato más. En alguien que no deja rastro. En alguien que de alguna forma ya está influyendo en decisiones que no deberían afectarme. Y eso... eso no me gusta. Porque en estos juegos el control lo es todo. Y esta noche voy a descubrir si Irene Valcázar es una posible solución o el inicio de un problema mucho peor.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR