El Firmamento de Plata El invierno que había amenazado con devorar el mundo finalmente había cedido. No por el paso natural de las estaciones, sino porque el corazón de la tierra había vuelto a latir. Me encontraba en el balcón de la reconstruida fortaleza de la Manada Rosa Negra. Ya no era una prisión de piedra oscura, sino un santuario de cristal y madera de pino, abierto a los vientos y a la luz. Abajo, en el valle, el movimiento era constante. Lobos de diferentes manadas, que antes se habrían degollado por una disputa de territorio, trabajaban juntos. Los Guardianes de Plata, ahora libres del fanatismo de Selene, enseñaban a los Omegas a canalizar su magia para sanar la tierra quemada. Sentí unos brazos fuertes rodear mi cintura y el aroma a bosque y tormenta inundó mis sentidos, tr

