Su voz, cómplice de su boca, me susurra al oído como si fuese el ángel de la muerte, que en nuestro infierno no existe el fin, que nuestra oscuridad es eterna y la lujuria que nos une no tiene descanso. Tu mirada, mi señor, me pervierte aun estando al borde de un acantilado. Anahí De pronto todo mi cuerpo se pone en alerta, siento su fuerza sobre mí, su poder, su control, su dominación. Alzo la mirada inerte. Sus ojos llenos de oscuridad se encuentran fijos en un solo punto: la mano de mi vecino sosteniendo la mía. —Señor, no puede estar aquí —interviene la oficial. —Es mi novia, claro que tengo que estar aquí y no será usted quien lo impida —dice con ese tono de voz que me hace vibrar hasta fibra más oculta de mi ser. Sin pensar deslizo mi mano hasta liberarla y sin dejar que el para

