La mañana llegó como una sentencia. Valentina apenas había dormido. Se levantó con los ojos hinchados, el cuerpo todavía marcado por los recuerdos de Ignacio y la pelea con Martín. Se miró en el espejo del baño: el cabello revuelto, los labios todavía ligeramente hinchados del sexo de la tarde anterior, una pequeña marca roja en el cuello que había intentado ocultar con maquillaje. Parecía exactamente lo que era: una mujer que había cruzado demasiadas líneas en muy poco tiempo. Bajó a la cocina en silencio. La casa estaba extrañamente quieta. Melanie no apareció, probablemente encerrada en su habitación lamiendo sus heridas. Federico ya se había ido al colegio. De Martín no había ni rastro; su auto no estaba en el garaje. Valentina sintió un nudo en el estómago al recordar sus últimas pal

