Valentina apenas había terminado de abrocharse el pantalón cuando Ignacio la detuvo con una mano firme en la cintura. —No tan rápido —murmuró contra su oído, la voz ronca y cargada de algo oscuro—. El trato no se sella solo con una firma. Antes de que ella pudiera protestar, Ignacio la giró y la empujó de nuevo contra el escritorio. Esta vez no hubo palabras suaves ni negociación. La inclinó hacia adelante, obligándola a apoyar las manos sobre la madera pulida, y le bajó el pantalón y la braga hasta las rodillas de un solo tirón. —Ignacio… —intentó decir Valentina, pero él ya estaba desabrochándose el cinturón. —Shh —la cortó, sacando su teléfono del bolsillo y colocándolo sobre el escritorio, con la cámara apuntando directamente hacia ellos—. Quiero que quede registrado. Para que nunc

