Valentina no pensó en hospitales. No pensó en ambulancias ni en llamar a nadie. Solo sabía que no podía dejar a Martín tirado en la acera como basura mientras la gente sacaba fotos con sus teléfonos. Lo abrazó con fuerza contra su pecho, sintiendo cómo su sangre le manchaba la blusa blanca, y tomó una decisión desesperada. —Vamos a casa… a mi casa de verdad —susurró contra su cabello ensangrentado, aunque él no podía oírla. Con una fuerza que no sabía que tenía, logró levantar a medias el cuerpo pesado de Martín. Lo pasó un brazo por encima de sus hombros y empezó a caminar, tambaleándose bajo su peso. Cada paso era una agonía. La gente los miraba, algunos con lástima, otros con curiosidad morbosa, pero nadie se ofreció a ayudar. En Santiago, la gente aprendía rápido a no meterse en asun

