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A un paso de romper el hielo

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familia
HE
destinado
de amigos a amantes
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secretos
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Descripción

Él es el chico que todos admiran sobre el hielo.

Ella, la chica que daría cualquier cosa por conquistarlo.

Dos mundos completamente diferentes se encuentran cuando ella descubre el secreto que él ha escondido durante años: detrás del uniforme de hockey existe un bailarín extraordinario, uno que su propia familia se encargó de enterrar.

Ella necesita su talento para alcanzar el oro.

Él necesita que nadie descubra quién es realmente.

Pero mientras las noches sobre el hielo se convierten en secretos compartidos, algo entre ellos comienza a cambiar. Algo que ninguno de los dos planeó y que podría costarles mucho más que una medalla.

Porque cuando el pasado de él regrese para separarlos, ella descubrirá que hay cosas que él nunca le contó.

Y que enamorarse de él podría ser el peor... o el único acierto de su vida.

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Capítulo 1
—Espere. Corrí por el pasillo con los patines colgando de una mano y la carpeta contra el pecho. Llegaba tarde. Otra vez. Las puertas del centro deportivo estaban a punto de cerrarse cuando conseguí alcanzarlas. Las empujé con todas mis fuerzas y entré prácticamente tropezando. —La inscripción para la competencia ya terminó —me informó la mujer detrás del escritorio sin siquiera levantar demasiado la mirada para verme. Sentí que el corazón se me caía al suelo. —Lo sé. Lo siento. Solo necesito una oportunidad. Ella finalmente levantó los ojos. —Todas necesitan una oportunidad. Me dejó claro. —Entonces déjeme demostrarle que merezco la mía. No sabía de dónde había sacado el valor para decir aquello. Quizás de todas las noches que había pasado imaginándome sobre el hielo. Quizás de todas las veces que había repetido que algún día lo conseguiría. O quizá de que no podía volver a casa sin haberlo intentado. La mujer suspiró y señaló la pista. —Cinco minutos. Era el tiempo justo para demostrarle por qué pertenecía allí. Me puse los patines con las manos temblorosas. Cuando mis cuchillas tocaron el hielo, todo lo demás desapareció. La música comenzó. Y bailé. No pensé en las caídas, en los errores ni mucho menos en las personas que podrían estar observándome. Solo pensé en aquello que había querido desde que tenía memoria. El oro. Y aquel premio de cincuenta mil dólares que le daban a la ganadora cada año. Después de todo, se lo debía a aquel hombre que me había criado, aquel que, a pesar de haber sido diagnosticado con cáncer hace cuatro años, no se había rendido conmigo. Noté cómo una lágrima se deslizaba por mi mejilla cuando me detenía. El silencio duró unos minutos; después, escuché aplausos. —Nos vemos en la competencia, ¿señorita? —Blair, mi nombre es Blair Morgan —estreché su mano. —Bienvenida a la competencia, Blair. Sonreí. Lo había conseguido. Por fin. Pero mientras recogía mis cosas, una pregunta volvió a perseguirme. ¿Y si no lo lograba? Pero haría lo que fuera por conseguir ese premio. Necesitaba ese dinero. Porque en casa había una persona que no podía seguir esperando, y yo estaba dispuesta a hacer lo que fuera para salvarlo. Esa misma tarde regresé a la pista a practicar. Me servía para relajar la mente y prepararme para la competencia, que sería en dos meses. ¿Muy pronto? Demasiado. Pero por lo menos había conseguido mi oportunidad. Ahora tenía que demostrar que merecía conservarla. No podía perderla como perdí mi oportunidad de estudiar, la cual fue arrebatada por el gobierno. Empecé a dar vueltas sobre el hielo mientras me inundaba dentro de mis pensamientos. Recordé cómo alguna vez no era necesario trabajar para conseguirme las cosas, como con solo pedirlo me lo entregaban en bandeja de oro. Era la hija de uno de los mayores empresarios de Boston, el mejor en mis pensamientos. Pero no todo el mundo te quiere ver bien, mucho menos mejor que ellos. Mi madre, aquella mujer que me había dado la vida, terminó aliándose con otras personas. Ella nunca amó a mi padre; quizás fue forzada a unirse a él, pero mi padre siempre la amó con todo su corazón. Pero cuando ella vio su oportunidad, la aprovechó. Se juntó con su primer amor de la preparatoria y le quitaron todo a mi padre, incluso nuestro hogar. Creo que, por ser de su sangre, le dio pena verme en la calle buscando en la basura qué comer y nos mudó a una casa de madera en el barrio más pobre de Boston. Era una casa pequeña, pero humilde. Mi padre consiguió un empleo lavando coches y lo había dado todo para que estuviera aquí. Le habían diagnosticado cáncer un año antes de separarse de mi madre, justo tres años ya, pero tras caer en la pobreza no podíamos seguir el tratamiento, y él se negaba a gastar los ahorros en eso. Prefería que estudiara y, aun así, mi beca fue retirada por el gobierno, según influencias que decían que yo aún tenía dinero para pagar la matrícula. ¿O mi madre? Aún no lo sé. Y prefiero no saberlo. Coloqué la foto en el lugar donde estaba y me levanté. Llevé mis cosas al pequeño casillero que ahora tenía mi nombre y coloqué mis patines. Fuera, escuché unos sonidos de unos patines golpeando el hielo. Después, unas voces. Jugadores de hockey. Genial. Tomé mi mochila y me acerqué a la pista por última vez. Pero estaba vacía. Hasta que vi a alguien deslizándose por el hielo. Estaba solo. Era alto. Uniforme oscuro. Cabello húmedo. Un palo de hockey descansando sobre su hombro. Lo reconocí de inmediato. Era uno de los jugadores más conocidos del equipo. Ethan Callahan. Era el mejor de su equipo. Me iba a retirar hasta que escuché una melodía. Me detuve. Miré hacia la pista. Él estaba moviéndose de manera extraña para ser un jugador de hockey. Y, por alguna razón, había dejado el palo a un lado. Entonces comenzó a moverse. Un giro. Un salto. Una caída perfecta sobre el hielo. Me quedé completamente quieta. No entendía qué estaba pasando, ni mucho menos lo que estaba viendo. Porque el chico que acababa de ver jugar hockey… Sabía bailar. Y no solo sabía hacerlo. Era extraordinario. Avancé un poco, sin darme cuenta de que mis pies, cubiertos ahora por mis tenis, estaban deslizándose sobre el hielo. Él hizo otro giro. Hasta que se detuvo. Como si hubiera sentido mi presencia. Su respiración se agitó mientras levantaba lentamente la cabeza. Y entonces me miró. Todo pareció detenerse. Sus ojos encontraron los míos y, por un instante, ninguno de los dos se movió. Había algo extraño en aquella mirada. Algo que no sabía explicar. Él parecía tan sorprendido de verme como yo de encontrarlo allí. Sus labios se separaron ligeramente, pero no dijo nada. Yo tampoco. Solo nos quedamos observándonos desde extremos opuestos de la pista. Algo dentro de mí me dio la sensación de que aquel encuentro no había sido una casualidad.

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