"Ahora, ¿está mejor mi coño?" preguntó la Señora. "¡Sí, Ama!", respondió. Su látigo golpeó el costado de su pierna. Eva imaginó abrirse de piernas para recibir su polla, y cómo la sentía presionándola, desgarrándola por dentro. El coño de Eva se convulsionó involuntariamente, y oleadas de orgasmo la invadieron, sin poder detenerlo. Eva gemía y se retorcía, habiendo perdido por completo el control de su cuerpo, solo para ceder a su lujuriosa respuesta. La Ama se apartó de él, y él pareció suspirar de alivio al intentar no correrse dentro de ella. Ella le reinstaló el aparato y le dio unos latigazos más. "¡No hasta que yo lo diga!", exclamó. "Veo que nuestra protegida disfrutó del espectáculo", comentó la Ama. "Bájala y recuéstala sobre el banco". La sirvienta se levantó y recolocó el ban

