La Ama apretó su cuerpo contra el de Eva, agarrándole las nalgas, luego la soltó y caminó hacia un pequeño sofá de dos plazas. Se sentó en el borde y se recostó, abriendo las piernas. Eva se acercó y se arrodilló entre sus piernas. La Ama colocó la fusta sobre el hombro de Eva, instándola a avanzar, acercando el rostro de Eva a su suave y blanco montículo y su brillante y roja hendidura. Eva la lamió con cautela al principio, acostumbrándose al nuevo olor y sabor del coño de otra mujer. Estaba húmedo y suave, y la lengua de Eva se deslizó por sus labios. Luego, Eva lamió la zona de su clítoris, presionando ligeramente, y la Ama gimió de satisfacción. Eva se sintió extrañamente excitada por su respuesta. La Ama colocó una mano en la nuca de Eva y la atrajo hacia sí, forzando la boca de Ev

