♟Capítulo 4

1355 Palabras
No supe cuanto tiempo estuve dormida, solo se que cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue las paredes blancas. Observo, recuperando cien por ciento la conciencia. La recámara posee un agradable aroma a eucalipto. No hay adornos, o cuadros que la decoren, solamente inmobiliario en madera. Una mesilla de luz, un plasma, el armario gigante y libros. Muchísimos libros metódicamente ordenados en una estantería que abarca la pared entera situada en el rincón del cuarto. Justo a lado del ventanal con dos laminas corredizas. Fascinada por la vista a través del ventanal, me aproximo hacia ellas. Trato de abrir, halo con fuerza, no sede. Cabreada pateo la ventana, mis dedos truenan y chillo sobando los dedos del pie. Siendo entonces, miro que no llevo puesto el saco del mafioso. Ahora visto una camiseta negra de cuello V sin mangas, varias tallas más grandes. Levanto la camisa y encuentro uno de los interiores que cargaba en el bolso, este es blanco y tiene un lacito rojo. Sexy. La puerta es abierta por una joven mujer delgada, bastante bonita y un cabello azabache despeinado. Me tomo el tiempo de admirar su cuerpo. Si fuera hombre me casaría con ella, no importa, igual me gusta lo que veo. Le guiño el ojo provocando que se sonroje. Nerviosa deja la bandeja sobre mesa que está cerca del ventanal. Perdiendo mis modales devoro el contenido de la bandeja, tomo jugo en varias ocasiones, no quiero morir por tener un pedazo de pastel atravesado en la garganta. Noto las miradas de reojo de la chica, en una choca con la mía y vuelve a sonrojarse. —¿Cómo te llamas? ¿Sabes donde está mi mejor amigo? El tiene una cicatriz en su rostro, es atractivo, lo hace ver feroz y sexy. Nos conocemos hace poco, sé que le agrado —chupo el dulce que está en uno de mis dedos— ¿Tu jefe es el mafioso? Es aterrador y hasta cierto punto terrorífico. Parece un panquecito listo para comer. Imágenes cargadas de lujuria y deseo llegan a mi cabeza. Sus manos tocando mi cuerpo. Yo sobre el escritorio gimiendo, desvaneciendo en sus manos. Suspiro. Ella no habla, su mirada se concentra en mi pecho. Llevo la mirada y noto mis pechos erguidos. Paseo la lengua por mis labios, la sigue con la mirada. Me levantó, asustada retrocede dando traspié. Deslizo uno de mis dedos por su cuello, bajando lentamente por el valle de su pecho. Su respiración entrecortada me reafirma lo que pensé. Exhala, sus ojos se oscurecen, cierra los ojos dejándose llevar por mi toque en su seno izquierdo. —No soy la única deseosa en este lugar. Abre los ojos desmesuradamente antes huir, dejándome sola. El sonido de las llaves me confirma que estoy encerrada en este lugar. Pego mi frente al vidrio, dejo que su frialdad anestesiara un poco mi cabeza. Necesito repasar los sucesos o me volveré loca. Ya estoy en el hoyo y fácil no voy salir. Me entregue en bandeja de plata... bueno, tampoco es que me entregue solo me deje llevar. Los reflejos del sol entran por la ventana. En un año tendré suficiente dinero, posiblemente no necesité trabajar por un buen tiempo. Compraré un departamento después de ser libre. ¿Qué puede salir mal? ♟ Lennan Balanceo el bate en mi mano , miro al desgraciado traidor que esta encadenado y guindado de brazos, desnudo y temblando de por el agua helada que cae por su cuerpo. Le doy una sonrisa macabra, esa que demuestra mis intensiones. -Sabes... no sé si reírme de ti o cortarte una bola por ser tan estúpido al enfrentarte a mí —camino contorno a él—. Tienes agallas no hay que negarlo hombre . Pero es una pena que lo haya descubierto. Doy el primer golpe en su costilla con el bate. Doy dos más en su pierna y espalda. Se retuerce de dolor, un sonido gutural escapa de su garganta. Grita tan fuerte que su voz retumba las paredes. Sonrió satisfactorio al escuchar el «crack» de sus huesos. Ruega, proclama perdón, perdón que no doy ni daré nunca. El tiempo paga con creces cuando perdonas, la palabra arrepentimiento no existe en mi diccionario. Su cuerpo tiene muchos cortes estratégicos, hay un sin fin de tatuajes hechos con mi daga, quemaduras en su cuerpo con mi marca y balas enterradas infiriendo dolor. Relamo mis labios, sus ojos están cerrados e hinchados de los tantos golpes que le he dado. Mi corazón late fuerte, retumba en mi pecho con ferocidad. Quiero matarlo, matarlo a golpes y darle de comer a mis animales. Tiro el bate al suelo y limpio mis manos con el pañuelo que suelo cargar. Meto el hierro al horno, sus ojos se agranda más y niega con desesperación. Ladeo la cabeza, presiono el hierro en su pecho, muy cerca de su corazón. Sus gritos llenan nuevamente el lugar, lo hago una y otra vez hasta marcar varias partes de su cuerpo. —Volveré a jugar mañana —salgo dejándolo desmayado. Paso por la habitación de Erudian, niego con la cabeza cuando no lo veo por ninguna parte, seguro está molestando a uno de los guardias. Frunzo el ceño al verlo con los brazos cruzados en la puerta de mi habitación. Su rostro estoico. No da señales de querer hablar. Cruzo por su lado directo al baño, escucho sus pasos seguirme y adentrarse a la bañera. —¿Qué quieres? —paso el jabón liquido por su cuerpo, seguido de mí. —No la veo. —¿A quién? —Mamá. Había olvidado que tengo a una mujer bajo mi techo. Hacía dos semana que está aquí, no he escuchado a nadie quejarse de su presencia. —No es tú mamá. —Es bonita. Las mamás son bonitas. Enrollo la toalla alrededor de su cuerpo, lo siento en la cama y empieza a brincar diciendo que las mamás son bonitas y que la suya es la más bonita de todo el mundo. No entiendo su lógica. Hay madres desalmadas que no quieren a sus hijos, solo les importa lucir bonitas y jóvenes a base de operaciones para seducir a los hombres. Son asquerosas en realidad. En cambio está mujer es tonta ¿Cómo a logrado graduarse? Tantos títulos le quitaron la poca inteligencia que tenía. Parece una lora, habla cada cinco segundas y formula preguntas que no deseo contestar. No me gusta su imprudencias y no pienso quitársela porque es algo que no se puede. —¿Quién dijo eso? —Kendo. Hijo de puta. ♟ Doy ordenes a diestra y siniestra, desesperado. Inyecto su brazo, uno de los doctores entra seguido del equipo médico. Trabajan rápido de manera mecánica. Me paseo de un lado a otro. Miro a Roland, asiente entendiendo mi orden. Pagarán lo que han hecho. Se atrevieron a entrar en mi propiedad y envenenar alguien bajo mi protección, explícitamente a ella. Infiltraron información sobre ella y seguramente unos cuantos ya saben de su presencia en la zona. No quería que nadie se enterará de su existencia, para cuando la dejará libre viviera tranquilamente sin pensar en que momento le harían daño. Puedo contar con los dedos de la mano los que saben de ella. Ahora tendré que encargarme de callarlos. Su cuerpo tiembla, balbucea palabras inentendibles. Su frente está perlada de sudor. Logran estabilizarla y salen dejándome a solas con ella. Los espasmo siguen pero está más tranquila, su cara no muestra signos de dolor. Limpio su frente con un paño húmedo. Apretó los labios al sentir su cabeza frotándose contra mi pierna. Mi primer instinto en alejar sin embargo su mirada somnolienta conecta con la mía, el miedo en sus ojos es palpable. Toda su vida ha vivido libremente y de un momento a otro te quitan la libertad y mantienen cautiva en lo desconocido. Pasas de vivir en la calma a enfrentar una tormenta. No quiero pensar que pasaría si no me doy cuenta de los movimientos extraños que estaban realizando. Desearían estar muertos si fuera Erudian al que hubiesen afectado. Aunque ya lo están.
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