Marcos estaba cubierto de sangre y aunque intenté decirle algo, no podía modular las palabras, la voz no salía de mis labios. El olor a sangre mezclado con gasolina inundó mis fosas nasales. Miré hacia abajo y vi un enorme fierro enterrado en la mitad de mi pecho. Respirar dolía y cada vez que lo hacía, el fierro entraba más a mi cuerpo. —Vamos a morir, por tu culpa…—gritó Marcos con la rabia siendo el principal ingrediente de su voz—. ¡Solo debías correrte a un lado! Mis labios se movían, pero era como si el fierro estuviera en mi garganta impidiéndome hablar. >, intenté decirle. —¡Está despertando! ¡Necesito una enfermera! Sentí mis pulmones llenarse de aire de un solo jalón y abrí lo ojos. El rostro de mi madre fue lo primero que pude ver y luego, al intentar hablar

