Siete años atrás.
Estefan no creía lo que escuchaba del médico, se negaba a aceptar que su esposa tenía un cáncer metástico que invadió el páncreas de manera agresiva en menos de un mes, el diagnóstico le daba por muchos dos o máximo tres semanas de vida.
Salió del consultorio intentando asimilar lo que le acababan de decir, Sandra llevaba dos años enferma y siempre le ocultó su malestar, acaso ¿No confiaba en él?
Sacudió la cabeza, la culpa no era de ella, la culpa la tenía él al ser tan ciego y no percatarse de los síntomas, de estar tan sumergido en su trabajo que nunca se preocupó por cuidar más a su esposa, esa era la causa de que ella estuviese muriendo.
Tomó la decisión de manera inmediata, renunciaría a su cargo en la vinícola y se dedicaría a vivir con la pequeña Solange al lado de Sandra, esas semanas si ella quería —y podía— salir del hospital irían juntos de viaje a ese pueblo que ella tanto amaba en la Sierra Nevada, allí no habría nadie más que ellos tres, como siempre debió ser.
Pasó por la habitación de Sandra que se encontraba leyendo un libro, acompañada de Solange y de Satine, una de las enólogas que trabajaba con él, le dio un beso en los labios a su esposa informándole que iría a la hacienda para hablar con Pieter, era necesario que conociera la situación y poder organizar su plan de trabajo o que le diera una licencia.
Regresó a El Edén para entrar primero a la cabaña que el señor Kernel les dio desde que comenzaron a laborar allí, empacó lo más importante para los tres, después enviaría por el resto, ahora debía ir a hablar con Pieter, entró a la casa principal por la cocina, vio como los empleados parecían preparando un banquete de bienvenida, no tanto por la cantidad de comida sino por lo exceso de los platos.
La cocinera, una mujer amable y que siempre tenía una sonrisa parecía esa tarde ser otra, nunca la había escuchado despotricar tanto contra alguien, con sorna repetía que a “la señorita” no le gustaba eso o aquello, así que asumió que hablaban de la nieta de Pieter, por lo visto, la muchachita era una consentida caprichosa que ignoraba como había sido la vida de su abuelo en esos años de ausencia, Estefan llevaba viviendo ahí cinco años, y ella jamás se hizo presente.
Sandra, Solange y él fueron quienes ayudaron al señor Kernel a salir de la depresión en que se sumió con la muerte de su hijo Alejandro y el abandonó de sus familiares más cercanos, luego llegaron Satine y Hugo, y finalmente Elías que significó un aire nuevo para el negocio, uno que sería reforzado con la ayuda de la Janeth Corso.
Optó por dejar esa noche pasar sin molestarlo, ya tendría tiempo, y sus amigos le avisarían de la situación cubriéndolo en sus labores, cogió algunos alimentos para pasar la noche en la clínica y se despidió.
No supo más de los visitantes, las crisis y el dolor que padecía Sandra aumentó haciendo imposible que se trasladaran, pronto una cama auxiliar fue puesta en la alcoba de su esposa donde él dormía acompañándola de tiempo completo.
Solange iba a visitarla con alguno de los administrativos, siendo la más frecuente Janeth por tener una labor más de proyectos que de oficina, mientras sus dos seres queridos compartían, él se ponía al tanto de lo que sucedía en El Edén, en un abrir y cerrar de ojos los días se convirtieron en dos semanas, y el tiempo de Sandra se acortaba junto con su vitalidad.
Estefan le solicitó a Corso quedarse con su esposa mientras él iba a hablar con Pieter, no podía evadir más su responsabilidad, más ahora que la chica le comentó que la nieta regresaba a la capital porque su esposo necesitaba hacerse cargo de su empresa. Hasta ese instante supo que la muchachita estaba casada.
Pujol ingresó directo a su oficina en la parte del área de maduración, a su lado Satine le comentaba de los problemas que tenían con la última remesa. Marcó el número de Hugo Infante que tan pronto contestó, inició la narración de lo ocurrido.
—Hugo eso es imposible, las botellas son de la actual cosecha.
«Te lo digo Estefan, por caja había dos o tres picadas, recogimos las que pudimos, pero se perdió la mayoría del embarque»
—¿Cuándo hay que hacer la entrega?
«Apoyándome en la enfermedad de Pieter, logré una semana más, se cumple el viernes»
—Son cuatro días para movilizarme, hablaré con el jefe para buscar soluciones... ¡¿qué carajos?!
«¿Sucede algo?»
Pujol colgó al oír los sonidos provenientes de su zona de trabajo, no entendía como alguien podía ser tan atrevido de ingresar sin permiso y tomarse la libertad de follar en su oficina. Iba dispuesto a dañarles el ratito a quienes pudo identificar como una pareja, cuando el ruido de unos tacones lo hicieron voltear. Alzando la voz trató de que los descarados dentro del despacho lo oyeran y se detuvieran.
Tan pronto como Iolita y Matías escucharon a Karina se quedaron quietos por miedo a que entrara al sentirlos. El hombre que la había saludado le aseguraba no saber a quienes buscaba y que acababa de llegar a la bodega. Con delicadeza ambos se vistieron esperando la oportunidad para salir sin ser descubiertos.
A su vez Pujol rogaba porque la odiosa mujer se marchará del lugar; de acuerdo con los comentarios de los empleados, la nuera de Pieter se caracterizaba por su prepotencia y lo constataba con las preguntas sobre el cargo que desempeñaba en la hacienda y el porqué de no presentarse ante ella.
Con una hipócrita sonrisa explicó su ausencia, disculpándose por no tenerla en cuenta, agradeció cuando al querer seguir con la discusión, la voz de Satine lo llamó desde la entrada de la cava.
Pidiéndole que salieran, Pujol esperó a verla desaparecer por el corredor para golpear la puerta de su oficina.
—Tienen diez minutos, si no, me encargaré de hacerlos echar por la imprudencia.
Estefan salió rumbo a la casa principal, era necesario solucionar la situación con el vino, sabía perfectamente que debían cambiar varios de los barriles y tratar de reactivar la producción del área posterior de la bodega. La humedad y las filtraciones provocaron su cierre y todavía no habían podido recuperarla. Los contratos parecían escaparse por más que la calidad del vino fuese buena, pero si las botellas avinagradas seguían en aumento, esto los llevaría irremediablemente a la quiebra definitiva.
Pieter atendió las explicaciones de su enólogo en la medida que veía a su nieta, a Matías y a Karina abordar el automóvil que los llevaría al aeropuerto.
La propuesta de Pujol fue acogida por el dueño de la vinícola, indicándole seleccionar con Satine los mejores vinos de colección y los jóvenes que no pertenecieran al lote del cual obtuvieron los avinagrados. La sección sería desocupada adecuándolas con los nuevos barriles.
—¿Has pensado en mi propuesta?
—Ahora que está su nieta, mi presencia en esta casa no es necesaria —repuso Estefan con cortesía. Conocía el aprecio que Pieter le tenía y su necesidad de tenerlo cerca era por la preocupación de que no cayera en depresión por la enfermedad de Sandra.
—Prométeme que contarás conmigo para lo que requieras. Solange y tu son parte de mi familia.
Pujol asintió agradeciendo por el cariño recibido, tan pronto como salió se comunicó con Janeth. Un ligero pensamiento cruzó por su mente con respecto a que la nieta de Pieter y su esposo eran las personas en su oficina, pero rápidamente lo desechó, no cometería semejante imprudencia.
Aproximadamente a las seis de la tarde. Coral partió rumbo al aeropuerto con el envío, mientras Pujol regresaba a su oficina para revisar las cotizaciones que meses atrás hizo para la compra de los nuevos barriles. Al abrir la puerta fue golpeado por el olor especiado de un perfume que parecía inundar cada rincón del lugar.
A excepción de eso, nadie podría aseverar lo ocurrido allí unas horas antes, su atención se fijó en la hoja que con una bella caligrafía confirmaba la identidad de los intrépidos visitantes:
«Gracias por no delatarnos, siento haber utilizado indebidamente su despacho.
Iolita».
Pujol llevó el papel a su nariz aspirando el olor impregnado en este. Después de su matrimonio con Sandra, alguien volvía a despertar su curiosidad, y lo peor es que ni siquiera la conocía.
Hoy en día
Matías Cortés Manjarrez era un hombre que impactaba cuando entraba a cualquier lugar. Su estatura era parte de lo impactante, medía 1.82 metros, tenía un cuerpo bien trabajado, no muy musculoso, pero que lucía perfectamente con los trajes de diseñador o hechos a la medida que gustaba usar. Su cabello azabache resaltaba el color avellanado de sus ojos, que brillaban como los de un gato cuando lograba lo que quería.
Ese día estaba feliz por la ganancia obtenida con las acciones de una empresa que desmembró para vender, logró pagar a los antiguos dueños una suma irrisoria después de saldar las deudas que poseían, y él quedar con un 40% del total obtenido.
Llegó a su casa saludando a Karina que parecía aguardarlo en la sala de estar del segundo piso, ignoró la intención de ella de conversar, estaba bebida y no quería tener que rechazarla, la mujer desde hace años le planteó de manera explicita convertirse en su amante, una propuesta que rechazó con elegancia argumentando que no mezclaba el placer con los negocios, y para ellos, lo segundo era más importante que un simple acostón.
Desde ese día la esquivaba o evitaba quedarse a solas con ella, suficiente con aguantar a la frígida y remilgada de Iolita, curiosamente cada vez que la veía recordaba como Pieter debía estar revolcándose de la ira por la manera como su nieta lo abandonó y desangraba la empresa.
Sólo quedaba un año más para obtener lo que quería, luego se desharía de Lita y Karina, no merecían más que quedar en la calle, por el viejo ni se preocupaba, saberse en la ruina lo llevaría directo a la tumba.
Abrió la puerta de la habitación principal para encontrar a Iolita recostada leyendo. El lascivo cuerpo de la pelinegra era algo que no podía negar, y de alguna manera le satisfacía, sin ser una perfecta amante cumplía correctamente como catalizador para sus momentos de rabia o soledad.
Se despojó de la corbata y desabrochó su camisa, Iolita retrocedió en la cama asustada, Matías se sintió feliz de ver el temor que con los años de casados logró inculcar en la antes rebelde heredera Kernel.
—¡Desnúdate! Hoy te quiero encima mío —murmuró el ojiavellana terminando de desvestirse.
Lita se quitó la ropa con rapidez, esperó que Matías se acostara y ella subió sobre él, pronto se encontró siendo guiada en el ritmo por su esposo que la sujetaba con fuerza de la cadera susurrando palabras soeces que, en vez de calentarla, sólo la humillaban.
De un momento a otro fue colocada sobre la cama y penetrada con violencia, su cónyuge cerraba con fuerza los ojos para en medio del clímax llamarla “bebé” y “cariño”, palabras que sabía no iban dirigidas a ella, porque, como ocurría en ese instante, el nombre que salía de sus labios era el de Olivia.
El cuerpo de Matías se separó lentamente del de Iolita, acomodándose del lado de la cama donde normalmente dormía, acarició el cabello n***o de la chica y dándole una pequeña palmadita en la mejilla habló cansado.
—Báñate y vístete, cuando salgas pide que cambien tus cosas a una nueva habitación, quiero estar solo.
Lita asintió, era la forma más clara de decirle que únicamente cumpliría con ella cuando necesitara saciar su libido. Igual, hace mucho ella tenía un cuarto independiente, esperaba a Matías en el matrimonial más por el compromiso que por el deseo de cumplir como esposa. Terminó de arreglarse y salió para darle el turno a su marido, el azabache dormía plácidamente sobre la cama, así que no quiso molestarlo, era mejor marcharse de esa manera, sin enfrentamientos que le recordaran lo inepta que era.
Una vez en el corredor se tropezó con Karina que lucía una chaquetilla negra y una bufanda roja apropiada para cubrirse de la brisa fría prevalecía en esa época del año. La mujer era hermosa a pesar de sus casi cincuenta años; sin embargo, a su parecer, la capa de maquillaje que se aplicaba en exceso le restaban belleza y la hacían lucir como una muñeca.
—Así que al fin te echó de su alcoba —dijo burlándose de ella—, una muestra más de que eres una inútil igual que tu padre.
—Pues prefiero eso a ser una zorra como tú.
La cacheta que Karina le dio a Iolita sólo provocó la risa de la muchacha, negó con la cabeza enfrentándola.
—Aprovecha la oportunidad, quizás ahora que no estoy en su alcoba, se acuesta contigo —el gesto de la mujer mayor complació a Lita, que con una leve inclinación se despidió.
Una vez estuvo en su alcoba, la heredera Kernel se permitió llorar, lo único bueno es que esa noche no tuvo que aguantar los golpes de Matías.