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Amar Otra Vez

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Descripción

Eduardo Ferreira nunca lo vio venir: él creyó que tenía un matrimonio sólido, que duraría para siempre. Pero se encontró en Año Nuevo firmando su divorcio, dejando atrás su casa, su auto y su familia. Un fortuito encuentro con un viejo amigo lo introduce a un nuevo círculo de amigos y allí conoce a Maya.

Maya Poveda es una mujer enérgica, extrovertida que tiene muy claro el tipo de hombre que desea a su lado. Y ese hombre no es Eduardo.

Sin embargo, a medida que se conocen y su amistad va creciendo no puede negar la atracción que siente por él.

¿Le dará una oportunidad a un hombre divorciado con una hija o sus temores le impedirán aceptar el amor que surge entre ellos?

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1.
Eduardo Ferreira era un tipo común. Tenía un temperamento tranquilo, más bien introvertido. Era ingeniero en sistemas y trabajaba desde hacía quince años en una institución estatal, lo que le había dado estabilidad y un buen ingreso. Se casó joven, con una chica inteligente, ambiciosa y apasionada por su carrera. Ambos eran profesionales y con sus ingresos lograron tener una hermosa casa y un buen auto. Algunos años después, nació su hija. Ahora era una jovencita de doce años con la rebeldía y el enojo de una preadolescente normal. Él en realidad no pedía mucho de la vida. Era feliz en su matrimonio, salía poco y prefería pasar los fines de semana en casa viendo deportes. En sus tiempos de adolescente y aún recién casado, disfrutaba de jugar fútbol con sus amigos, pero con el tiempo se volvió perezoso. Dafne, su esposa, se había concentrado en su carrera y él la había apoyado por completo. Todo estaba bien…o al menos eso creyó. Pero luego de un tiempo las cosas se volvieron cada vez más tensas en casa. No pasaban mucho tiempo juntos, solo un rato las noches entre semana y los fines de semana. Si bien todos compartían un mismo techo, se hablaban poco. Dafne cada vez se volvió más irritable y no dejaba de lanzar comentarios sarcásticos sobre las cosas más pequeñas. Por un tiempo, la ignoró. “Solo es el estrés” se decía. Tenía mucha presión en el trabajo y ella era muy exigente consigo misma, así que no le dio importancia, pero eso solo pareció enfurecerla más. De pronto, parecía que no podía tolerar su presencia, ni que él siquiera respirara y Tonya comenzó a copiar su actitud. Como todo ser humano, su paciencia tenía un límite y comenzó a responder a sus provocaciones. Nunca llegaron a los gritos, pero era evidente que las cosas estaban muy mal. Finalmente, una noche, ella le pidió que hablaran. Aliviado, pensó que depondrían las armas y todo volvería a la normalidad. Pero no fue así. - Quiero el divorcio - se limitó a decir. - ¿Qué? ¿De qué hablas? - - Pues lo que acabas de escuchar. Quiero el divorcio - - Aguarda, Dafne, esto debemos discutirlo. ¿No te parece muy precipitado? - - No. En lo absoluto - respondió con frialdad - Lo he pensado bien y creo que es lo mejor para todos - - ¿Para todos o para ti? ¿Pensaste en Tonya? - - Lo hice, por supuesto. Ella es mi prioridad y veo como cada día esta situación le afecta. Ella está crecida y comprenderá… Mira, Eduardo, hagamos esto por las buenas. No quiero discusiones ni peleas. Solo quiero algo de calma y en este momento, juntos, es imposible para mí - Debía reconocer que no se esforzó en luchar por su matrimonio. No hizo nada por tratar de convencerla que lo pensara, por tratar de arreglar las cosas entre ellos. Así que en cuanto llegó el año nuevo, firmaron y dejó la casa, su auto y se mudó a un sencillo apartamento. Su rutina no cambió mucho, pero se sentía completamente diferente, obviamente. Llegar a casa, sin que hubiera nadie ahí. Sabía que los últimos meses habían sido muy difíciles, pero era su vida. La vida a la que se había acostumbrado. Procuraba pasar los fines de semana con Tonya, pero ella a veces simplemente se negaba o iba a visitar a sus amigas y cuando estaba con él, se encerraba en su habitación a ver televisión. //// Era viernes en la tarde y ese maldito código no dejaba de darle problemas. Oía a su alrededor como todos se preparaban para retirarse, pero él no tenía prisa por volver a casa. - Oye, Eduardo, vamos por unas cervezas. ¿Vienes? - - No, gracias. Quiero acabar con esto - - Oye, vamos. Necesitas despejarte un poco - dijo otro colega - Solo un par de cervezas y ya - Lo pensó un instante y al final, accedió. Era temprano, así que en el bar no había muchas personas. Tomaron la primera ronda e inmediatamente, ordenaron otra. Eduardo era un bebedor lento, así que mientras las botellas se acumulaban en la mesa y sus compañeros comenzaban a reír con más fuerza y a subir el tono de voz, él apenas llevaba la segunda cerveza por la mitad. - Oye, Eduardo - dijo uno de ellos - Ya han pasado seis meses del divorcio, arregla esa cara - - Lo que necesitas es conocer a una linda chica - secundó otro - ¡Oye! No me mires así. Solo para conversar, ¿eh? Necesitas conocer gente nueva, salir - - ¡Dios! Mírate ahora, dando consejos para curar corazones rotos - dijo Eduardo riendo. - No es un mal consejo, ¿eh? - respondió el hombre con una risa y los otros lo secundaron. - Mira, allí - señaló un tercero con un movimiento de cabeza - Chica linda y sola en la barra - - Debe estar esperando a alguien - replicó y tomó un trago de su bebida. Prefería no mirar. - Oye, de verdad está linda. Ve, no pierdes nada. Solo conversa con ella… para entrar en calor y desempolvar tus mejores frases - - ¿Tú sí sabes que fue Dafne quien me invitó a salir por primera vez y fue ella quien propuso que nos casáramos? - dijo Eduardo lanzándole una mirada burlona. - Bueno, con más razón. Es hora de que tomes la iniciativa. Ve a hablar con ella o iremos todos y te haremos pasar una vergüenza - Estaba seguro de que sus compañeros cumplirían su amenaza y miró con disimulo hacia la barra. Era una joven de entre veinticinco y veintiocho años, de piel morena y largo cabello azabache. Vestía un sencillo vestido que dejaba ver sus piernas torneadas. Era evidente que hacía ejercicio, pero no era demasiado delgada. Bebía ajena a lo que sucedía a su alrededor, con la mirada fija en pantalla de televisión que transmitía un viejo partido de fútbol. - Ya entendí - dijo Eduardo volviéndose al grupo - Lo que quieren es que ella me dé una patada en el trasero para poder burlarse de mí - - ¡Hey! ¿Cómo dices eso? - protestaron, pero ya asomaban algunas sonrisas tontas producto del licor - Solo ve y habla con ella. ¿Quién sabe? Tal vez le agrades - - Bien. Ya es mucho lloriqueo - uno de ellos se puso de pie - Vamos, chicos - - ¡No, no, no! - le detuvo Eduardo rápidamente - Ya voy. Ya voy. ¡Cielos! Lo que hago por ustedes - Se levantó lentamente. La joven seguía en la misma posición y el grupo le aclamaba como si fuera un héroe que se lanza a la mar. Se acercó a la barra e hizo un gesto al bartender. - Una soda - Miró a la joven. Ella no se movió, pero era evidente que lo observaba de reojo. - Hola - dijo él y pensó que quizás no le había escuchado entre las risotadas de los comensales. Ella volteó la cabeza lentamente, le lanzó una mirada y murmuró un “hola” sin calor, para volver su atención a la pantalla. - Disculpa, yo… - No estoy interesada - dijo sin que él acabara la frase. El bartender le tendió la soda y le lanzó una mirada de lástima. - No quiero molestarte - se sentó a su lado - No mires ahora, pero a tu derecha hay un grupo de hombres. Han bebido un poco, no lo tomes a mal - Ella miró con disimulo al grupo que seguía atento cada movimiento de ambos. Tomó su bebida y sin mirarlo dijo: - ¿Y qué hay con ellos? - - Como te dije, han bebido un poco y creyeron que era buena idea que viniera a hablar contigo - - ¿Y tú no has bebido tanto como ellos? - le lanzó una mirada inquisidora. - No, no tanto. Solo dos cervezas - y dejó entrever una pequeña sonrisa - Solo quieren ayudarme - La joven frunció los labios y Eduardo se apresuró a agregar: - No quiero incomodarte, solo me quedaré aquí un momento y luego volveré con ellos. Solo me quedaré lo suficiente para que no molesten más - Ella no respondió y él bebió lentamente. - Espero a alguien - Su voz lo sobresaltó. - Bien, perfecto. Espero que tu novio sea un fisicoculturista de dos metros - se chanceó. El rostro de la joven se relajó y luchó por contener una sonrisa. Miró con disimulo al grupo que parecía haber perdido interés en ellos. - ¿Realmente esta historia te da resultado con las chicas? - Se volvió a él. - Pues no es una historia… Y no creo que funcione - Eduardo se encogió de hombros. - ¿Ahora dirás que es la primera vez que lo haces? - lo miró fijamente.

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