Sus miradas se encontraron y la sonrisa de Maya se desvaneció lentamente.
Era muy poca la distancia que las separaba y sin pensarlo dos veces, lo besó. Como la primera vez, él no respondió, pero esta vez, ella no cedería. Se incorporó y lo besó de nuevo, presionando sus labios contra los del hombre. Eran muy suaves y esa sensación contrastaba con el roce áspero de su barba.
Se separó solo un momento para ver su reacción. Él la miraba, pero no se había movido, así que tomó su rostro y con un poco más de fuerza, le obligó a abrir la boca. En cuanto sintió que cedía, introdujo su lengua.
Fue un beso breve y no pudo evitar sonreír. No se separó, solo aguardó que él hiciera el siguiente movimiento.
“No haré todo el trabajo yo sola” pensó en su interior y se lamió los labios. Entonces él se incorporó y sus manos rodearon su espalda. Cerró los ojos y esta vez, el beso fue más largo e intenso.
El ruido del televisor desapareció. Todo a su alrededor desapareció y lo único de lo que era consciente era de la sensación cálida que las manos de Eduardo dejaban en su piel y de su lengua que luchaba con la suya.
Se estrechó contra él. Las manos se escurrieron bajo su camisa, aferrándose a su espalda.
La mano del hombre subió hasta su nuca, lo que le causó un escalofrío y la tomó con algo más de fuerza.
Se separaron un momento, solo para tomar algo de aire. Nunca había prestado atención a lo oscuros que eran sus ojos, ahora iluminados por el brillo de la excitación. Ella, sin duda, debía estar ruborizada, porque sentía sus mejillas arder.
Se apartó un momento solo para sentarse en horcajadas y volvió a besarlo. Desabotonó un poco la camisa y acarició su pecho. Su corazón latía tan rápido como el suyo y exhaló un suspiro. Acabó de quitarle la camisa y antes que él reaccionara, se quitó su blusa.
El vello oscuro de su pecho le provocó cosquillas y se apretó contra él para que pudiera sentir sus senos. Entre sus piernas, podía sentir que la excitación hacía que su pene palpitara.
No podía negar que Eduardo era un gran besador. Podía ser suave y delicado, provocando una sensación tibia que recorría todo su cuerpo o fuerte e intenso hasta dejarla sin aire. Y ahora que sabía lo que podía hacer con sus labios, quería averiguar que más podía hacer. Se separó y tomó su mano. Lo guio hasta la habitación y fue con ella, aún sin decir una palabra. Maya se detuvo junto a la cama y se encargó de su pantalón.
Él estaba muy serio. Era difícil descifrar qué pasaba por su mente, pero no apartó la mirada de ella mientras desabrochaba su sostén y su short.
Se tendió de espaldas, transversal a la cama y con los pies en el piso. Eduardo se colocó sobre ella y le dio un suave beso antes de deslizarse por su cuello. Continuó hasta su pecho. Rodeó con su lengua el pezón hasta que se puso duro y entonces dejó que llenara su boca. Mientras mamaba, Maya sintió un tirón en la parte baja de su vientre. Cambió al otro pecho y de nuevo el tirón que la hizo retorcerse.
Dejó un camino húmedo hasta su vientre. La despojó de las bragas, la tomó por los muslos e hizo que apoyara los pies en el borde de la cama.
Se mordió los labios mientras las manos de Eduardo se deslizaban por la parte interna de los muslos y su boca se detenía en su monte de venus.
Ella era silenciosa en el sexo. Siempre pensó que las mujeres que gritaban o gemían solo fingían, pero no pudo evitar un gemido cuando los labios del hombre aprisionaron su clítoris. Lamió sus labios y se abrió paso hacia su interior. Lo hacía lento, con delicadeza, pero provocaba una oleada de sensaciones que le cortaban la respiración.
Maya sintió su cuerpo tensarse, anunciado que el orgasmo se aproximaba y él aumentó la intensidad. Su espalda se arqueó mientras gritaba. Sus piernas empezaron a temblar. Eduardo no se detuvo y una sensación cálida llenó su v****a.
No había desaparecido aún el cosquilleo, cuando una nueva sensación le invadió. Los dedos tomaron el lugar de la lengua, mientras su boca volvía por el camino que ya había recorrido.
Esta vez el orgasmo fue mucho más intenso y se aferró con fuerza a sus hombros, mientras sus piernas trataban de aprisionar su torso. Con un gesto delicado, él la hizo abrirse de nuevo, para tener acceso a su sexo.
¿Qué esperaba? Necesitaba que entrara. Ya no aguantaba más.
“Apresúrate y entra” pensó, pero no podía articular palabra.
Con algo de torpeza se acomodó a lo largo de la cama y lo miró. Él parecía esperar una indicación. Lo atrajo hacia sí y buscó su pene.
No era demasiado grueso. Era más bien largo y en cuanto sus dedos lo rozaron, sintió la humedad de la excitación. Lo deslizó hacia su sexo y se aferró a su espalda, atrayéndolo con algo de brusquedad.
Su pene se deslizó sin resistencia alguna y él comenzó a moverse suavemente dentro de ella. Entraba y salía, con cadencia, lo que la enloquecía.
Buscó sus labios y lo besó con ansiedad, solo quería que aumentara la intensidad, que entrara con más fuerza y más profundo. Sentía como su piel se contraía contra su m*****o, tratando de atraparlo.
Él se incorporó y la hizo ladearse un poco. Con una mano sostenía su muslo y con la otra estimulaba el clítoris.
Maya jadeó y ahogó otro grito.
- Más… más… más rápido - su voz era apenas audible.
Pero él la escuchó y cumplió sus deseos.
Se aferró a la sábana hasta que sus nudillos palidecieron y el golpe de su piel contra su muslo creaba un rítmico golpeteo que resonaba en todo su ser.
- ¡Otro! - exclamó mientras explotaba otra vez. Esta vez la sensación fue más larga y todo su vientre cosquilleaba.
- No detengas… por favor… quiero más -
La tomó por la cadera y entro con más profundidad. Ahora la embestida era más lenta, pero con fuerza. Él resoplaba y unas diminutas gotas de sudor comenzaban a asomar en su frente.
- ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! - jadeaba Maya.
¡Cielos! ¿Cuánto tiempo había pasado? Había perdido la noción del tiempo, pero él no se detenía.
“Ahí vamos de nuevo” se dijo mientras se congelaba por un momento. Esta vez, él dejó escapar una especie de gruñido y salió rápidamente, mientras un poco de semen se derramaba en su muslo.
Trató de tragar algo de saliva, pero su garganta estaba seca. Su respiración era descontrolada y todo su cuerpo temblaba, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
Él estaba apoyando en sus rodillas, con las manos en sus muslos y también trataba de recuperar el aliento. Tenía los ojos cerrados y eso le permitió observarlo con más detenimiento.
No era atlético, no tenía los músculos marcados como Michael, pero no era obeso ni tenía vientre prominente.
El vello en su pecho era abundante y oscuro, tenía una espalda ancha y aunque ya había perdido la erección, su pene conservaba un buen tamaño.
Maya se incorporó y le tendió los brazos, haciéndolo acostarse a su lado.
Él la miró un instante, con cautela, como si temiera su reacción, pero Maya le sonrió tranquilizadora y apoyó la cabeza en su hombro.
Los dedos de Maya se enredaron en su pecho tibio y algo húmedo por el sudor. Se quedaron un instante en silencio. Luego él se giró para estar frente a ella y acarició su cabello con un gesto lleno de ternura.
La joven sonrió y levantó la cabeza para besarlo. Deslizó la mano por su brazo y subió hasta que se hundió en su cabello.
Eduardo la atrajo recorriendo su espalda hasta sus nalgas y las acarició.
Con solo ese beso, ya se sentía húmeda otra vez y ansiosa porque la poseyera de nuevo, pero no debía precipitarse.
Se separaron un momento, pero tenían la mirada fija el uno en el otro.
- ¿En qué piensas? - susurró ella acariciando su rostro.
- En lo hermosa que eres, Maya - su voz se escuchaba más grave de lo usual.
Se sintió ruborizar como una adolescente.
Dibujó con sus dedos la mandíbula y luego rozó sus labios, lo que le hizo cosquillas.
- ¿Quieres agua? -
- Sí, por favor -
Se levantó lentamente. Sentía sobre ella la mirada del hombre. Sabía que recorría cada centímetro de su cuerpo y que le agradaba lo que veía.