El silencio dentro del auto es demasiado. Puedo escuchar el sonido del agua y del viento de la fría noche. No me sorprendo de verlo de nuevo; en estos momentos tengo algo en mente más importante que su visita. —¿Cómo estás? —pregunta, pero yo no contesto, no soy consiente de nada en estos momentos, solo quiero llorar y desahogarme. Gabriel insiste—: Ada. No puedo aguantar más, por culpa de mis desgracias, lloro frente a él. —Tranquila. —No, no puedo estar tranquila —niego, alterada—. Gabriel, iré a prisión. —Eso no pasará —asegura, sin dudar. —No puedo pagar ese dinero. Estoy perdida. —Tapo mi rostro con ambas manos—. Dime, ¿qué hice mal para merecer esta vida? No entiendo, ¿por qué me pasa esto a mí? —No lo sé, pero hay que afrontar los problemas —declara y yo lo veo de perfil—

