Ales no dijo una sola palabra durante todo el vuelo. Su expresión se mantuvo rígida, impenetrable, como un muro recién levantado. Desde el primer minuto en que subieron al jet, Natalia supo que algo estaba mal. El gesto de Ales era demasiado contenido, sus movimientos calculados, la mirada perdida en la nada. Ella intentó no presionarlo. Le ofreció agua, preguntó suavemente si todo estaba bien, pero él solo asintió sin mirarla. No era el hombre que la había abrazado con ternura unas horas antes en la tarima junto al lago, ni el que había comprado peluches para su hija con una sonrisa sincera. Ales estaba ausente, encerrado en un mundo al que ella no tenía acceso. Desconcertada, rebuscó en su cartera mientras Lida dormía con la cabeza recostada en su regazo. Sus dedos temblaban levemente

