Tres hombres descendieron del jet privado sin dar nombres, sin registrar pasaportes. Eran sombras disfrazadas de ejecutivos, pero en sus maletines no había contratos ni computadoras, sino órdenes precisas y billetes marcados para comprar silencio. El más alto, de acento balcánico, miró a sus compañeros y dijo en seco: —Vamos por el que escribió la nota. Si no canta, hacemos que grite. Horas después, el periodista que había dado la primicia sobre los Dvořák fue interceptado al salir del canal de televisión. Un coche oscuro lo arrastró lejos de la ciudad, hasta un viejo almacén industrial abandonado. Lo sentaron en una silla oxidada, con un foco colgando que lo cegaba más que lo iluminaba. —¿Quién te dio la información? —preguntó uno de los hombres, colocándole un cuchillo en el muslo.

