Dasha no podía dormir. Las luces de los autos que vigilaban a distancia la hacían temblar. Sabía que no era paranoia: la estaban siguiendo. Lo sentía en la nuca, en los pasos, en la forma en que el portero ya no la miraba igual, en las llamadas sin voz del otro lado del teléfono. Y lo peor: Richard Montenegro había desaparecido. Se largó a España sin avisar, sin mirar atrás. "¡Cobarde!", pensó. Pero era tarde. Demasiado tarde. El error fatal ya se había cometido: sacar las pruebas del cofre, abrir el pasado que debió haber permanecido sellado. Fue ella. Sí. Aunque con miedo, aunque empujada por la curiosidad venenosa que siempre la dominó… fue ella. Con el corazón en la garganta y sin más escapatoria, tomó su teléfono y llamó al único que podía salvarla. No por ella, sino por su hija.

