43. El libertinaje

1799 Palabras

Así, cuando al final estuvo junto a ella, Herick la miró con intensidad, sus ojos brillando con una pasión contenida. En ese momento, todas las precauciones y los peligros se desvanecieron ante la urgencia de su conexión, del deseo que los había unido más allá de las barreras impuestas por el mundo exterior. Sin decir una palabra, Herick tomó la mano de Hilda y la atrajo hacia sí, fundiéndose en un abrazo apasionado que les hacía olvidar todo lo demás. En ese instante, no había padre, ni secretaria, ni responsabilidades. Solo existían ellos dos, envueltos en la calidez y la vehemencia de su amor secreto. El alma de Hilda temblaba como un sismo ante el fuego de su pasión, una llama ardiente que la consumía sin reservas. Boca arriba, en el lecho, se entregaba por completo a la intensidad de

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