Bill bajó la mirada. —Lo sé —cedió. Silencio, sólo el ruido del reloj sobre la pared. —¿Por qué lo hiciste? —preguntó Bernadette al fin.— ¿Por qué aceptaste algo así? —Porque se me hizo fácil, divertido, por imbécil… Cuando uno está roto, se acostumbra a usar a los demás antes de que lo usen, pero… Porque cuando me di cuenta de que él era distinto… Me confié, tenía toda la intención de decirlo y no traicionarlo, pero cuando lo noté, ya era tarde. Bernadette se mordió el labio, —¿Lo amas? —Sí —respondió como autómata, luego se percató de lo que había escapado de sus labios sin su permiso—. Yo… Pues ni siquiera lo sé, sólo me pongo a pensar en su cabello cuando el viento lo vuela, lo brillante de su piel, su sonrisa y esos ojos y… Maldita sea, la mirada de fuego que puff, creo que sí, má

