Estaba completamente dormida cuando un golpe en la puerta me despertó. Al principio, no quise levantarme, pensando que tal vez sería un vecino, pero entonces escuché otra vez los golpes, más insistentes. Me levanté rápidamente, ajustándome el camisón y caminando con pesadez hacia la puerta. Al abrir, mi corazón dio un vuelco. Frente a mí estaba un hombre, un extraño, con Dante en brazos. El pequeño sostenía su mochila con fuerza, y en su otra mano, su peluche favorito y su alcancía en forma de cerdito, esa que siempre cuidaba tanto. —Es su hijo, ¿verdad? —dijo el hombre, con una expresión que mezclaba preocupación y alivio—. Lo encontré en la calle, me pidió que lo trajera aquí. Mis ojos se llenaron de lágrimas. La imagen de Dante, perdido en la calle a esa hora de la noche, me rompió e

