La muchacha seguía sentada, inmóvil como una estatua. —¿Qué sabes tú del corazón de Freder? —continuó el hombre—. Es tan joven como el día al amanecer. El corazón del joven es tuyo al alba. Pero ¿dónde estará a mediodía? ¿Y por la noche? Muy lejos de ti, María. Muy, muy lejos. El mundo es muy grande, la tierra tan hermosa… Su padre le enviará alrededor del mundo, y él te olvidará antes de que sea mediodía en su corazón. La muchacha seguía sentada, inmóvil como una estatua. Pero en su boca, semejante a un c*****o de rosa, empezó a florecer una sonrisa, una sonrisa de dulzura tal, de tal profundidad, que parecía que en torno a ella empezara el aire a brillar. El hombre la miró con ojos solitarios, hambrientos, tan secos como el desierto que no conoce el rocío. Con voz ronca continuó: —¿D

