Capítulo 1-1
1El estruendo del gran órgano se elevó como un intenso rugido hacia la cúpula. Su fuerza titánica redoblaba en la bóveda como queriendo romperla en mil pedazos y huir al infinito.
Freder echó la cabeza hacia atrás; sus ojos, desorbitados y enardecidos, miraban sin ver hacia lo alto. Sus manos ordenaban aquel caos de notas y creaban música, luchaban con la vibración del sonido que se agitaba hasta lo más profundo de su ser. Nunca había estado tan cerca de las lágrimas en su vida, y ahora, dichoso e impotente, se abandonó a aquella neblina brillante que le aturdía.
Sobre él, la cúpula del cielo en lapislázuli de donde pendían, misterio en oro, doce veces repetido, los signos del Zodíaco. Por encima de ellos, los siete coronados: los planetas. Y más alto todavía, una miríada de estrellas brillantes como plata: el Universo.
Al compás de la música, las estrellas de los cielos iniciaron su solemne y portentosa danza. El estruendo de las notas disolvió la habitación en la nada.
El órgano que tocaba Freder se alzaba en medio del mar como un acantilado contra el cual rompían las olas. Con sus poderosas crestas de espuma, se alzaban violentamente; y la séptima era siempre la más fuerte. Pero muy por encima del mar que respondía con su rugido al estruendo de las olas, las estrellas del cielo tejían su solemne y portentosa danza.
Agitada hasta el mismo centro, la vieja tierra despertaba de su sueño. Los torrentes se secaban, las montañas se desmoronaban. De sus entrañas desgarradas estallaba el fuego. La tierra ardía con todo lo que había en ella. Las olas del mar se convertían en olas de fuego. El órgano ardía, una antorcha flameante de música. La tierra, el mar y el órgano del que surgía el himno, crepitaban y se convertían en cenizas. Pero muy por encima de los desiertos y los espacios hacia los que ascendían las llamas de la creación, las estrellas del cielo trenzaban su solemne y portentosa danza.
Luego, de las cenizas grises se alzó, con alas temblorosas e indeciblemente bellas, un pájaro de plumas cuajadas de luz. Lanzó un grito de dolor. Jamás pájaro alguno había llorado de modo tan angustioso. Voló sobre las cenizas de la tierra en ruinas; voló más y más alto, sin saber dónde posarse. Voló sobre la tumba del mar, sobre el c*****r de la tierra.
Nunca, desde que los ángeles pecaron y cayeron al infierno, había desgarrado el aire tal grito de desesperación.
Y después, una estrella se desgajó de su solemne y portentosa danza y se aproximó a la tierra destruida. Su brillo era más suave que el de la luna, más imperioso que el fulgor del sol. Era la nota más celestial surgida de la música de las esferas. Envolvió en su cálida luz al pájaro que lloraba; era tan fuerte como una deidad y gritaba: «¡A mí! ¡A mí!».
Entonces el fúlgido pájaro abandonó la tumba del mar y la tierra y alzó sus alas dolientes hacia la voz poderosa que hablara. Volando en un círculo de luz subió y cantó, fundiéndose como una nota más en la música de las esferas y desvaneciéndose en la Eternidad…
Freder deslizó sus dedos del teclado. Se inclinó y hundió el rostro entre las manos. Se apretó los ojos hasta que la ardiente danza de las estrellas se encendió tras sus párpados. Nada podía ayudarle… nada. En todas partes, en una omnipresencia implacable, aquel único rostro se alzaba en su visión.
El rostro austero de la Virgen, el dulce rostro de la Madre… La angustia y el deseo con que él llamaba y suplicaba a la única visión que su corazón anhelaba no tenía más que un nombre, eterno: ¡Tú!
Dejó caer las manos y dirigió la vista a las alturas de aquella habitación rematada por una hermosa cúpula. Desde la profundidad azul de los cielos, desde el oro brillante de los cuerpos celestes, desde la penumbra misteriosa que le rodeaba, la muchacha le miraba con la severidad mortal de la pureza. Era a la vez doncella y amante, inviolable y graciosa; su hermosa frente refulgía con la diadema de la divinidad; su voz encarnaba la piedad misma, cada palabra una canción. Y después se desvanecía, y era imposible encontrarla. En ninguna parte, en ninguna parte.
—¡Tú! —gritó el hombre.
La nota se estrelló, cautiva, contra los muros, sin hallar el modo de escapar.
Ahora la soledad se le hizo insoportable. Freder se levantó y abrió las ventanas. Ante él se extendía un océano de luces parpadeantes. Cerró firmemente los ojos, se quedó muy quieto, respirando apenas.
Sentía la proximidad de los criados, de pie y silenciosos, esperando la orden que les permitiría cobrar vida. Había uno entre ellos, Slim, con un rostro cortés cuya expresión jamás se alteraba. Freder le conocía; una palabra a Slim y si la muchacha todavía caminaba sobre la tierra con su paso silencioso, este la encontraría. Pero no se envía a un mastín sanguinario a la búsqueda de una corza blanca y sagrada, si uno no quiere verse maldecido y sentirse para siempre un hombre miserable.
Freder vio, sin necesidad de mirarle, que los ojos de Slim le estudiaban. Sabía que aquella criatura silenciosa a la que su padre había designado como su protector todopoderoso era, al mismo tiempo, su guardián. Durante la fiebre de sus noches de insomnio, durante la fiebre de su trabajo en el estudio, durante la fiebre que le dominaba cuando tocaba el órgano llamando a Dios, allí estaba siempre Slim vigilando el pulso del hijo de su gran amo. No presentaba informes; no se los pedían. Pero, llegado el caso, era indudable que podría mostrar un diario perfecto, impecable, que registraría desde el número de pasos con que uno camina con pies de plomo para librarse de la angustiosa soledad, minuto a minuto, hasta el hundir la frente entre las manos cansadas de esperar.
¿Sería posible que este hombre, que todo lo sabía, no supiera nada de ella?
Nada en Slim traicionaba que se hubiera percatado de la transformación del carácter de su joven amo, desde lo sucedido aquel día en la Casa de los Hijos. Pero uno de los secretos de aquella criatura delgada y silenciosa era el no hacerse notar nunca; y aunque Slim no podía entrar en la Casa de los Hijos, Freder no estaba completamente seguro de que aquel agente comprado por su padre se plegara a las directrices de la Casa.
Freder se sentía ante él expuesto, desnudo. Una luz penetrante y cruel que nada dejaba oculto le iluminaba a él y todo cuanto había en su cuarto de trabajo, que era casi la habitación más alta de Metrópolis.
—Quiero estar solo —dijo suavemente.
Sin un murmullo, los criados se desvanecieron. Slim se fue… Pero todas aquellas puertas que se cerraban sin el menor ruido también podían entreabrirse silenciosamente, aunque solo fuera una débil r*****a.
Con ojos doloridos, Freder probó todas las puertas de su cuarto de trabajo.
Una amarga sonrisa curvaba las comisuras de su boca. Era un tesoro que debía ser guardado como se guardan las coronas de joyas. El hijo único de un gran padre.
¿Realmente el único?
Sus pensamientos se detuvieron de nuevo al concluir el recorrido y otra vez se presentó ante él la visión, la escena, el suceso…
La Casa de los Hijos era uno de los edificios más hermosos de Metrópolis. Los padres, para los que cada revolución de una máquina significaba oro, habían regalado esta casa a sus hijos. Era más que una casa, casi un distrito. Incluía teatros, museos de pintura, salas de conferencias y una biblioteca —en la que podían encontrarse todos los libros impresos en los cinco continentes—, pistas de carreras, estadios y los famosos Jardines Eternos.
Contenía grandes mansiones para los hijos jóvenes de padres indulgentes, y moradas para sus impecables criados, así como para las siervas bien entrenadas, cuyo adiestramiento exigía más tiempo que el destinado al desarrollo de una nueva especie de orquídeas. Su tarea principal consistía en mostrarse siempre deliciosas y alegres. Con ropas encantadoras, rostros maquillados, ojos cubiertos por una máscara, coronadas de pelucas blancas como la nieve y fragantes como flores, parecían delicadas muñecas de porcelana y brocado, deliciosos presentes creados por una mano maestra.
Freder no era un visitante asiduo de la Casa de los Hijos. Prefería su cuarto de trabajo y la cúpula estrellada que cobijaba su órgano. Pero, cuando le acometía el deseo de sumergirse en el gozo radiante de las competiciones en el estadio, era el más alegre y brillante de todos e iba de victoria en victoria con la risa de un joven dios.
Y aquel día también, aquel día también.
Cubierta todavía su piel por el helado rocío de las aguas que cayeran sobre él, los músculos temblorosos aún por la borrachera de la victoria, se había tumbado, esbelto, cansado, sonriente, fuera de sí, ebrio de alegría. El techo de cristal que envolvía los Jardines Eternos refulgía como un ópalo bañado por la luz del sol. Jovencitas encantadoras le atendían y servían celosamente, y de sus manos blancas, de sus dedos delicados, podía comer las frutas que deseara.
Una se hallaba de pie a su lado mezclándole una bebida. De la cadera a la rodilla la envolvía brillante brocado. Las piernas esbeltas y desnudas, muy juntas, se alzaban como columnas de marfil sobre unos zapatos color púrpura. Su hermoso cuerpo, sin que ella lo advirtiera, temblaba al mismo ritmo que el pecho del hombre cuando exhalaba su aliento perfumado. Y sus ojos, tras la máscara que los ocultaban, vigilaban atentamente la labor que realizaban sus hábiles manos.
Sus labios eran rojos como el coral y sonreía tan ausente al mirar la bebida que preparaba, que las demás muchachas rompieron a reír.
Contagiado, también Freder soltó una carcajada. El gozo de las doncellas aumentó al advertir el desconcierto de su compañera, quien, ignorando el motivo de su risa, enrojecía confusa, se sonrojaba toda ella, desde su boca brillante hasta las hermosas caderas. La alegría se transmitía a los amigos sin razón alguna, solo porque eran jóvenes y no tenían preocupaciones, y todos se unieron al alegre sonido. Como un luminoso arco iris, carcajada tras carcajada, la gozosa algarada envolvió a los jóvenes.
De pronto Freder volvió la cabeza. Sus manos, que descansaban en las caderas de la muchacha que preparaba la bebida, resbalaron repentinamente y cayeron como muertas. Cesó la risa, todos quedaron inmóviles. Nadie se atrevía a esbozar el menor gesto. Solo alcanzaban a mirar.
Por la puerta de los Jardines Eternos, abierta de par en par, desfilaba una procesión infantil. Todos los niños iban cogidos de la mano. Tenían rostros de gnomo, grises y ancianos; parecían pequeños esqueletos fantasmales cubiertos de harapos. Tenían el cabello incoloro, los ojos incoloros. Caminaban sobre pies desnudos y flacos, siguiendo sin el menor ruido a su guía.
La guía era una muchacha, rostro sereno de virgen, dulce rostro de madre. Llevaba de la mano a un niño a cada lado. Se quedó muy quieta mirando a los jóvenes, uno tras otro, con la severidad mortal de la pureza. Era a la vez doncella y amante, inviolable y graciosa también; su hermosa frente con la diadema de la divinidad, su voz la piedad misma, cada palabra una canción.
Soltó a los niños y extendió la mano señalando hacia los jóvenes, diciendo a los niños:
—¡Mirad, estos son vuestros hermanos!
Y, señalando a los niños, dijo a los jóvenes:
—¡Mirad, estos son vuestros hermanos!
Esperó. Se quedó muy quieta, los ojos clavados en Freder.
Entonces vinieron los servidores, acudieron los guardianes de las puertas. Entre los muros de mármol y de cristal, bajo la cúpula opalina de los Jardines Eternos, reinó por breves instantes una confusión sin precedentes hecha de ruidos, indignación y embarazo. La muchacha parecía seguir esperando. Nadie se atrevía a tocarla aunque se hallara tan indefensa entre los fantasmas grises e infantiles. Su mirada seguía fija en Freder.
Luego apartó de él la vista e, inclinándose ligeramente, cogió de nuevo las manos de los niños, se volvió e hizo salir la procesión. La puerta se cerró tras ella y los servidores desaparecieron tras disculparse profusamente. Se impuso ahora el vacío y el silencio. Algunos se sintieron tentados de atribuir lo ocurrido a una alucinación, pero los testigos habían sido muchos.