Junto a Freder, sobre el suelo de mosaico iluminado, la muchacha que mezclaba las bebidas sollozaba sin control. Con un movimiento lento Freder se inclinó hacia ella y, de pronto, arrancó la máscara estrecha y negra que cubría sus ojos.
Ella chilló como si la hubieran sorprendido desnuda. Sus manos se alzaron, trataron de quitársela y quedaron impotentes en el aire.
Un semblante trastornado por el horror miraba al hombre. Los ojos así expuestos eran vacíos, carentes de sentido. El pequeño rostro, privado del encanto de la máscara, era horripilante.
Freder soltó aquel trozo de tela negra y la muchacha se apoderó rápidamente de él.
Freder miró a su alrededor. Los Jardines Eternos brillaban. Los hermosos seres que los ocupaban, si bien ligeramente perdido el control, relucían de limpieza, de cuidados, de abundancia. A todo lo invadía un fresco aroma, el aliento de un jardín cubierto de rocío.
Freder se miró a sí mismo. Como todos los jóvenes en la Casa de los Hijos, vestía la seda blanca que solo usaban una vez y los suaves y ligeros zapatos de suelas silenciosas.
Miró a sus amigos. Vio a unos seres que jamás se cansaban, a no ser por el deporte; que jamás sudaban, a no ser por el deporte; que jamás jadeaban, a no ser por el deporte. Seres que necesitaban de aquellos juegos alegres para que la comida y la bebida les sentaran bien, para poder dormir a gusto y digerir con facilidad.
Las mesas en las que todos habían comido estaban de nuevo llenas, como siempre, de platos intactos; el vino, dorado y púrpura, frío o natural, se ofrecía generosamente como las amorosas jovencitas. De nuevo sonaba la música que se había interrumpido cuando una voz juvenil pronunciara aquellas cinco palabras:
—¡Mirad, estos son vuestros hermanos!
Y, de nuevo, los ojos fijos en Freder:
—¡Mirad, estos son vuestros hermanos!
Como si se asfixiara, Freder se puso en pie de un salto. Las mujeres cubiertas con la máscara le miraron. Corrió a la puerta. Recorrió los pasillos, bajó las escaleras. Llegó a la entrada.
—¿Quién era esa muchacha?
Un encogimiento de hombros. Perplejidad. Disculpas. El suceso era inexcusable, bien lo sabían los criados. Seguramente habría muchos despedidos.
El mayordomo estaba pálido de cólera.
—No deseo —dijo Freder mirando al espacio— que nadie sufra por lo sucedido. No hay que despedir a nadie, no lo quiero.
El mayordomo se inclinó en silencio. Estaba acostumbrado a los caprichos en la Casa de los Hijos.
—¿Quién es la muchacha? ¿Es que nadie puede decírmelo?
No. Nadie. ¿Y si se llevara a cabo una investigación?
Freder permanecía en silencio. Pensaba en Slim. Agitó la cabeza. Primero lentamente, luego con violencia. No… No se envía a una jauría a la caza de una corza blanca y sagrada.
—Nadie debe investigar acerca de ella —dijo con voz monótona.
Sintió la mirada vacía de aquel criado en su rostro. Se sentía ahora pobre y sucio. Con una angustia que inundó su cuerpo como si tuviera veneno en las venas, salió de la Casa. Se dirigió a la suya como si marchara hacia el exilio. Se encerró en su cuarto y se sumergió en el trabajo. Por las noches se aferraba a su instrumento y obligaba a bajar hasta él la monstruosa soledad de Júpiter y Saturno.
Nada podía ayudarle, ¡nada! En una agonizante omnipresencia se alzaba ante su visión el único rostro: el rostro austero de la virgen, el rostro dulce de la madre.
Y una voz hablaba:
—¡Mira, estos son tus hermanos!
La gloria de los cielos desaparecía, y nada significaba la borrachera del trabajo; y el rugido que brotaba del mar no podía borrar la suave voz de la muchacha:
—¡Mira, estos son tus hermanos!
Dios mío, Dios mío…
Con un esfuerzo penoso y violento, Freder giró en redondo y se dirigió a su máquina. Una expresión de alivio cruzó su rostro cuando miró aquella creación brillante que le esperaba solo a él, y en la que no había un solo eslabón de acero, un remache, un muelle, que él no hubiera calculado y creado.
La criatura no era grande, y su fragilidad se acentuaba debido a la amplitud de la habitación y a la potente luz del sol que la iluminaba. Pero el suave lustre del metal y la grácil curva con la que, aun en su inmovilidad, el cuerpo poderoso parecía tensarse a punto de saltar, le prestaban algo de la pureza divina de un animal hermoso y sin mácula, que carece totalmente de temor porque se sabe invencible.
Freder acarició su creación. Apretó la cabeza suavemente contra la máquina. Con efecto inefable tocó sus miembros, fríos y flexibles.
—Esta noche —dijo— estaré contigo. Estaré totalmente envuelto por ti. En ti pondré mi vida y sabré si puedo hacerte vivir. Tal vez sienta tu latir, y el despertar del movimiento en tu cuerpo controlado. Tal vez sienta el vértigo cuando te lances a tu elemento sin límites llevándome contigo, a mí, al hombre que te hizo, por el inmenso mar de medianoche. Las siete estrellas estarán sobre nosotros, y la triste belleza de la luna. El monte Everest será una colina a nuestros pies. Tú me llevarás y yo sabré. Me llevarás tan alto como yo desee.
Se detuvo, cerrando los ojos. El temblor que recorría su cuerpo era compartido, como una emoción, por la máquina silenciosa.
—Pero quizá —continuó sin alzar la voz—, quizá observes, mi amada creación, que ya no eres mi único amor. Nada en la tierra es más vengativo que los celos de una máquina que se juzga desdeñada. Sí, lo sé, sois amantes imperiosas: «No tendrás otros dioses más que a mí». ¿Tengo razón? Un pensamiento que se aleje de ti, e inmediatamente lo adviertes y te vuelves perversa. ¿Cómo podría ocultarte que no todos mis pensamientos están contigo? No puedo evitarlo, creación mía. He sido embrujado. Aprieto mi frente contra ti y mi frente anhela las rodillas de una muchacha cuyo nombre ni tan siquiera conozco.
Calló, retuvo el aliento. Alzó la cabeza y escuchó.
Cientos, miles de veces había oído el mismo sonido en la ciudad. Pero jamás había sabido comprender.
Era un sonido inmensamente glorioso y arrobador. Más profundo y más poderoso que ningún otro sonido sobre la tierra. La voz del océano embravecido, la voz de los torrentes al despeñarse, la voz del trueno muy cercano quedarían ahogadas por aquel estruendo de Behemot. Sin ser agudo penetraba todos los muros y, mientras duraba, todas las cosas parecían girar en él. Era omnipresente, pues venía de las alturas y de las profundidades; y era hermoso y horrible, pues era una orden a la que nadie podía resistirse.
Estaba muy por encima de la ciudad. Era la voz de la ciudad.
Metrópolis alzaba su voz. Las máquinas de Metrópolis rugían: pedían alimento.
Freder abrió de par en par las puertas de cristal. Las sintió vibrar como las cuerdas al impulso del arco. Salió a la estrecha galería que rodeaba el edificio, casi el más alto de Metrópolis. El sonido rugiente le recibió, le envolvió, sin terminar nunca. Tan grande como era Metrópolis y en los cuatro ángulos de la ciudad se percibía por igual el rugir de la orden.
Freder contempló sobre la ciudad el edificio conocido en el mundo como la Nueva Torre de Babel. El centro neurálgico de esta Nueva Torre de Babel albergaba al hombre que era, él mismo, el cerebro de Metrópolis.
Mientras el hombre que allí moraba, que no era más que trabajo, que despreciaba el sueño, que comía y bebía mecánicamente, pulsara con sus dedos la placa de metal azul que jamás otro hombre había tocado, la voz de la ciudad-máquina de Metrópolis seguiría rugiendo y pidiendo alimento, alimento, alimento…
Y quería hombres vivos como alimento.
Entonces el alimento humano empezó a llegar en masa. Por la calle venía, por su propia calle que nunca se cruzaba con la de los demás. Era una corriente amplia e interminable. Una corriente de doce hombres en fondo. Caminaban con paso monótono y acompasado. Hombres, hombres, hombres… Todos con el mismo uniforme: del cuello a los tobillos algodón azul oscuro, los pies calzados con unos zapatones groseros, el pelo apretadamente recogido bajo una misma gorra negra.
Y todos tenían el mismo rostro. Y todos parecían tener la misma edad. Avanzaban con la cabeza humillada, y mecánicamente ponían un pie delante del otro. Las puertas abiertas de la Nueva Torre de Babel, el centro-máquina de Metrópolis, los engullían.
Hacia ellos venía otra procesión: el material ya usado. Se extendía en una corriente amplia e interminable. Una corriente de doce hombres en fondo, hombres, hombres, hombres… Todos con el mismo uniforme, del cuello a los tobillos algodón oscuro, los pies calzados con los mismos zapatones groseros, el pelo apretadamente recogido bajo la misma gorra negra.
Y todos tenían el mismo rostro. Y todos parecían tener mil años. Caminaban con los brazos inertes, con la cabeza inclinada. Mecánicamente avanzaban, primero un pie, luego el otro. Las puertas abiertas de la Nueva Torre de Babel, el centro-máquina de Metrópolis, vomitaban masas a la par que las iban tragando.
Cuando el alimento fresco hubo desaparecido por las puertas, aquel clamor rugiente desapareció. En el silencio que se impuso se hizo perceptible de nuevo el zumbido incesante de la gran Metrópoli. El hombre que era el gran cerebro había dejado de apretar los dedos sobre la placa azul de metal.
Dentro de diez horas permitiría que el monstruo rugiera de nuevo. Y de nuevo otras diez horas después. Y siempre lo mismo, y siempre lo mismo, sin olvidar jamás esa ley implacable. Metrópolis no sabía cuándo era domingo. Metrópolis no conocía días santos, ni vacaciones.
Metrópolis tenía la catedral más sacrificada del mundo, una hermosa joya de estilo gótico. Según las viejas crónicas, la Virgen coronada de estrellas que se alzaba sobre su torre sonreía, como una madre, cubierta con su manto dorado y mirando hacia abajo, muy abajo, hacia los tejados rojos; y los únicos compañeros de la graciosa imagen eran las tórtolas que solían anidar en las gárgolas, y las campanas, que llevaban los nombres de los cuatro arcángeles.
La más hermosa de ellas era la campana San Miguel. Se decía que el maestro que la hizo se condenó por su culpa, ya que fundió en el cuerpo de la campana plata consagrada y no consagrada que había robado. Como premio de su obra sufrió, en el lugar de las ejecuciones, el terrible suplicio de la rueda. Pero murió extraordinariamente feliz, pues la campana San Miguel dejó escuchar su sonido mientras él moría, y su sonido era tan maravilloso, tan conmovedor, que todos comprendieron que los santos habían perdonado al pecador, ya que las campanas celestiales tocaban al recibirle.
Las campanas seguían sonando con sus antiguas voces metálicas, pero cuando rugía Metrópolis, hasta el mismo San Miguel enronquecía. La Nueva Torre de Babel y los demás edificios alzaban sus moles sombrías muy por encima de la aguja de la catedral; tanto, que las jovencitas que trabajaban en los talleres y emisoras de radio habían de mirar muy hacia abajo, desde las ventanas del piso treinta, para ver a la Virgen coronada de estrellas, como ella, en la antigüedad, miraba los tejados rojos. En lugar de tórtolas, máquinas voladoras pasaban sobre la cúpula de la catedral y sobre la ciudad, posándose en los tejados desde los cuales, por la noche, columnas brillantes y círculos luminosos indicaban el curso del vuelo y los puntos de aterrizaje.
El Amo de Metrópolis había considerado en más de una ocasión la conveniencia de que se derribara la catedral, puesto que era inútil y obstruía el tráfico de aquella ciudad de cincuenta millones de habitantes. Pero la pequeña y vehemente secta de los góticos, cuyo líder era Desertus —medio monje, medio fanático—, había pronunciado un juramento solemne: si una mano de la malvada ciudad de Metrópolis se atrevía siquiera a tocar una sola piedra de la catedral, ellos no descansarían hasta que la malvada ciudad de Metrópolis se convirtiera en un montón de ruinas a los pies de la catedral.
El Amo de Metrópolis solía tomar venganza de las amenazas, que constituían la sexta parte de su correo diario. Pero no tenía interés en luchar con unos oponentes a quienes rendiría un servicio si los destruía por su fe. El gran cerebro de Metrópolis, un ser que desconocía el sacrificio de un deseo, sabía el poder incalculable que los sacrificados y mártires tenían sobre sus seguidores. Además, la demolición de la catedral no era todavía una cuestión tan urgente como para iniciar el cálculo de los gastos. Aunque, cuando llegara el momento, el coste de la demolición de la catedral quizá superara el de la construcción de Metrópolis. Los góticos eran ascéticos, y el Amo de Metrópolis sabía por experiencia que se compra más barato a un multimillonario que a un asceta.
Freder se preguntó, con un extraño sentimiento de amargura, por cuánto tiempo le permitiría el gran Amo de Metrópolis seguir contemplando la catedral en los días libres de niebla y lluvia. Cuando el sol se hundía en el horizonte, y las casas se convertían en montañas y las calles en valles; cuando la corriente de luz, que siempre parecía helada, surgía de todas las ventanas, de los muros, de las casas, de los tejados y del corazón de la ciudad; cuando se iniciaba el parpadeo silencioso de los anuncios eléctricos; cuando los reflectores, con todos los colores del arco iris, empezaban a funcionar en torno a la Nueva Torre de Babel; cuando los autobuses se convertían en cadenas continuas de monstruos despidiendo rayos y los coches más pequeños en peces luminosos que corrían en un mar profundo; cuando, desde el puerto invisible del ferrocarril subterráneo, surgía el brillo metálico que era devorado por las sombras…, la catedral seguía alzándose allí, en su infinito océano de luz que disolvía todas las formas al vencerlas, el único objeto oscuro, n***o y persistente que parecía, con su ligereza, desprenderse de la tierra, alzarse más y más hasta convertirse, en aquel torbellino de luz tumultuosa, en el único objeto en reposo y digno de respeto.
Pero la Virgen en la punta de la torre tenía su luz propia, la de las estrellas, y parecía posada, libre de la negrura de la piedra, en la curva de la luna de plata.
Freder nunca había visto el rostro de la Virgen y, sin embargo, lo conocía tan bien que podría haberlo dibujado: el rostro austero de la Virgen, el dulce rostro de la Madre.
Se inclinó, aferrándose a la barandilla de hierro con las palmas ardientes de sus manos.
—Mírame, Virgen —suplicó—. Madre, ¡mírame!
El brillo de un reflector le hirió en los ojos, obligándole a cerrarlos furioso. Un cohete silbó por el aire dejando caer sobre el pálido crepúsculo de la tarde una palabra: Yoshiwara.
Los siete colores del arco iris brillaban, fríos y fantasmales, en círculos que giraban silenciosos. La enorme esfera del reloj de la Nueva Torre de Babel estaba bañada por el fuego cruzado de los reflectores. Y por encima, desde el pálido cielo de aspecto irreal, relucía la palabra: Yoshiwara.
Los ojos de Freder se clavaron en el reloj de la Nueva Torre de Babel, en el que los segundos chispeaban con luz propia. Calculó el tiempo que había transcurrido desde que la voz de Metrópolis rugiera pidiendo su alimento. Sabía que detrás de aquella esfera que relucía en la Nueva Torre de Babel había una habitación amplia y desnuda con estrechas ventanas, con cuadros de mandos a todo lo ancho y lo alto de los muros, y en el centro la mesa, el instrumento más ingenioso diseñado por el Amo de Metrópolis, instrumento cuyo manejo le estaba absolutamente reservado.
Sentado ante ella, la personificación del gran cerebro: el Amo de Metrópolis. A su derecha, la sensible placa de metal azul, hacia la que extendería la mano derecha con la seguridad infalible de una máquina perfecta cuando hubieran pasado a la eternidad los segundos necesarios para que Metrópolis rugiera otra vez pidiendo alimento, alimento, alimento…
En este momento Freder se vio vencido por la obsesión persistente de que perdería la razón si hubiera de escuchar de nuevo la voz de Metrópolis. Y, convencido de la inutilidad de su búsqueda, abandonó el espectáculo de aquella ciudad borracha de luz y fue en busca del Amo de Metrópolis, Joh Fredersen, su padre.