Capítulo 2

2991 Palabras
2El centro cerebral de la Nueva Torre de Babel estaba poblado por números. Desde una fuente invisible, los números se deslizaban rítmicamente por el aire refrigerado de la habitación y venían a depositarse, como en una vasija, sobre la mesa en la que trabajaba el gran Amo de Metrópolis, donde se materializaban, merced a los lápices de sus secretarios, ocho jóvenes que, aun sin serlo, se parecían como hermanos. Rígidos como estatuas, solo movían al escribir los dedos de la mano derecha. Sin embargo, cada uno de ellos, con la frente cubierta de sudor y los labios entreabiertos, parecía la personificación del desaliento. Ninguna cabeza se alzó a la entrada de Freder, ni siquiera la de su padre. Bajo el tercer altavoz se encendió una lámpara. Rojo-blanco. Nueva York habló. Joh Fredersen comparaba las cifras de los informes vespertinos de la Bolsa con las listas que tenía ante él. Solo una vez se oyó su voz inflexible: —Un error. Repitan la investigación. El primer secretario tembló y se inclinó todavía más; luego se levantó y se retiró en silencio. La ceja izquierda de Joh Fredersen se alzó una pizca al seguir con la mirada a la figura que se retiraba… mientras le fue posible sin tener que volver la cabeza. Una línea de castigo, fría y concisa, tachó un nombre. La lámpara rojo-blanco brilló de nuevo. Habló la voz. Siguieron cayendo los números en la gran habitación, en el centro cerebral de Metrópolis. Freder permanecía en pie junto a la puerta, inmóvil. Ignoraba si su padre le había visto. Siempre que entraba en aquella habitación volvía a sentirse un niño de diez años, inseguro frente a aquella voluntad poderosa y concentrada que se llamaba Joh Fredersen, su padre. El primer secretario pasó ante él saludándole silenciosa y respetuosamente. Parecía un competidor derrotado que abandona la carrera. El pálido rostro del joven se inclinó un instante ante los ojos de Freder como una máscara grande y blanca. Luego desapareció. Los números seguían cayendo en la habitación. Una silla había quedado vacía. En las otras siete, siete hombres sentados seguían la pista a los números que surgían incesantemente de lo invisible. Se iluminó una lámpara, rojo-blanco. Habló Nueva York. Se iluminó una lámpara, verde-blanco. Londres empezó a hablar. Freder miró el reloj, frente a la puerta, que dominaba todo el muro como una rueda gigantesca. Era el mismo reloj que, desde las alturas de la Nueva Torre de Babel, iluminado por los reflectores, desgranaba sus segundos brillantes como chispas sobre la gran Metrópolis. La cabeza de Joh Fredersen se recortaba contra él. Era como un halo terrible rodeando el cerebro de Metrópolis. Los reflectores giraban en un delirio de color contra las estrechas ventanas que llegaban del suelo al techo. Cascadas de luz chocaban contra los cristales. Fuera, al pie de la Nueva Torre de Babel, bullía Metrópolis. Pero en esta habitación no se oía más que el sonido de los números que caían incesantemente. El proceso Rotwang había fabricado muros y ventanas a prueba de sonido. En esta habitación que estaba al mismo tiempo coronada y dominada por la poderosa máquina del tiempo, el reloj, que solo indicaba números, nada tenía significado sino los números. El hijo del gran Amo de Metrópolis comprendió que, mientras los números siguieran cayendo de lo invisible, ninguna palabra que viniera de una boca visible y no fuera un número, reclamaría la menor atención. Por tanto siguió en pie mirando fijamente la cabeza de su padre, observando cómo la manecilla monstruosa del reloj que avanzaba inevitablemente, como una hoz, como una guadaña que cosechara el tiempo, pasaba sobre su cabeza sin dañarle y subía, por la esfera cubierta de números, hasta caer de nuevo para repetir su golpe. Al fin se apagó la luz rojo-blanco. Cesó una voz. Luego se apagó también la luz verde-blanco. Silencio. Las manos que escribían se detuvieron y, por espacio de un breve instante, todos siguieron sentados como paralizados, relajados, exhaustos. Luego la voz de Joh Fredersen dijo con seca amabilidad: —Gracias. Hasta mañana. —Y, sin volverse—: ¿Qué quieres, hijo mío? Los siete desconocidos dejaron la habitación ahora silenciosa. Freder avanzó hasta su padre cuya mirada barría las listas de los números recién llegados. Los ojos de Freder se clavaron en la placa azul de metal, junto a la mano derecha de su padre. —¿Cómo supiste que era yo? —preguntó suavemente. Joh Fredersen no le miró. Aunque en su rostro había aparecido una paciente expresión de orgullo al oír la pregunta de su hijo, no había perdido nada de su concentración. Miró el reloj. Sus manos se deslizaron sobre el cuadro de mandos. Sin el menor sonido iba enviando sus órdenes a los hombres que esperaban. —Se abrió la puerta. Nadie fue anunciado. Y nadie llega hasta mí sin ser anunciado. Solo mi hijo. Una luz bajo el cristal. Una pregunta. Joh Fredersen apagó la luz. El primer secretario entró y se acercó al Amo de Metrópolis. —Tenía razón. Era un error. Ya ha sido rectificado —expuso con voz inexpresiva. —Gracias. —Ni una mirada; ni un gesto—. Se ha ordenado al banco que le pague su sueldo. Buenas noches. El joven quedó inmóvil. Tres, cuatro, cinco, seis segundos pasaron en la gigantesca máquina del tiempo. Dos ojos vacíos ardían en el rostro ceniciento del joven, imprimiendo su marca de temor en la visión de Freder. Uno de los hombros de Joh Fredersen se alzó imperceptiblemente. —Buenas noches —contestó el joven con tono ahogado. Salió. —¿Por qué le has despedido, padre? —preguntó el hijo. —Ya no me sirve —dijo Joh Fredersen, todavía sin mirarle. —¿Por qué no, padre? —No me sirven las personas que se sobresaltan si uno habla con ellas —dijo el Amo de Metrópolis. —Quizá se sienta enfermo. Tal vez esté preocupado por alguien que le es muy querido. —Es posible. También es posible que siga bajo los efectos de una noche demasiado larga en Yoshiwara. Freder, deja de suponer que los demás son buenos e inocentes, que son víctimas, solo porque sufren. El que sufre ha pecado, contra él mismo y contra otros. —¿Tú no sufres, padre? —No. —¿Estás completamente libre de pecado? —Ya ha pasado para mí el tiempo del pecado y el sufrimiento, Freder. —Y si este hombre ahora, nunca he visto tal cosa, pero creo que otros hombres que resolvieron poner fin a su vida salieron de una habitación como él… —Quizá. —Y si mañana supieras que había muerto. ¿Eso te dejaría impasible? —Sí. Freder guardó silencio. La mano de su padre se deslizó sobre una palanca y la bajó. Las lámparas blancas de todas las habitaciones que rodeaban el centro cerebral de la Nueva Torre de Babel se apagaron. El Amo de Metrópolis había informado a su mundo circular que no deseaba ser molestado sin una causa urgente. —No puedo tolerar —continuó— que un hombre que trabaja en unión conmigo, a mi derecha, renuncie a la única gran ventaja que posee sobre la máquina. —¿Cuál es esa ventaja, padre? —La de deleitarse en el trabajo —respondió el Amo de Metrópolis. Freder se pasó la mano por los cabellos, de un rubio sedoso. Abrió los labios como si fuera a decir algo pero siguió callado. —¿Supones acaso —continuó Joh Fredersen— que necesito los lápices de mis secretarios para comprobar los informes de la Bolsa americana? Las tablas índice de las comunicaciones transoceánicas Rotwang son cien veces más dignas de confianza y más rápidas que los cerebros y las manos de mis empleados. Pero, mediante la exactitud de la máquina, puedo medir la exactitud de los hombres; y gracias al aliento de la máquina, la fuerza de los pulmones de los hombres que compiten con ella. —Y el hombre que acabas de despedir y que está condenado, ya que ser despedido por ti, padre, significa caer al fondo, perdió su aliento, ¿no es cierto? —Sí. —Porque era un hombre y no una máquina. —Porque negó su humanidad ante la máquina. Freder alzó la cabeza, profundamente turbados los ojos. —No te comprendo ahora, padre —dijo, dolorido. La expresión de paciencia se acentuó en el rostro de Joh Fredersen. —Este hombre —dijo suavemente— era mi primer secretario. El salario que recibía era ocho veces superior al del último. Lo cual le exigía realizar ocho veces más. Para mí, no para él. Mañana el quinto secretario ocupará su lugar. En una semana, y gracias a él, el trabajo de los otros cuatro será superfluo. Ese hombre sí me es útil. —Porque te ahorra cuatro hombres. —No, Freder. Porque se deleita en el trabajo de los otros cuatro. Porque se lanza de lleno a su trabajo, se lanza a él con tanto deseo como si fuera una mujer. Freder guardó silencio. Joh Fredersen miró fijamente a su hijo. —¿Te ha servido de alguna experiencia? —preguntó. La triste mirada del muchacho se perdió en el espacio. Una luz intermitente, blanca y violenta, chocaba contra las ventanas y, en los intervalos de oscuridad, dejaba ver el cielo, que se extendía como un manto de terciopelo n***o sobre Metrópolis. —No lo sé con certeza —dijo Freder, dubitativo—, aunque, por primera vez en mi vida, creo haber comprendido el ser de una máquina… —Eso significaría muchísimo —contestó el Amo de Metrópolis—, pero probablemente te equivocas, Freder. Si realmente hubieras comprendido el ser de una máquina no te sentirías tan turbado. Freder dirigió lentamente la mirada, y la impotencia de su incomprensión, hacia su padre. —¿Cómo podría nadie por menos que sentirse turbado —preguntó— si, como yo, viene a ti a través de las salas de las máquinas, a través de las gloriosas salas de tus gloriosas máquinas, y ve las criaturas que están encadenadas a ellas por las leyes de la eterna vigilancia sin poder alzar la vista? Se detuvo. Tenía los labios secos como el polvo. Joh Fredersen se echó atrás en la silla. No había apartado la mirada de su hijo y seguía contemplándole intensamente. —¿Por qué viniste a mí a través de las salas de las máquinas? —preguntó serenamente—. No es el camino mejor, ni el más conveniente. —Deseaba —respondió el hijo, escogiendo cuidadosamente sus palabras—, deseaba, aunque solo fuera por una vez, mirar los rostros de estos hombres, estos hombres cuyos hijos son mis hermanos, cuyas hijas son mis hermanas… Joh Fredersen, con los labios muy apretados, pareció meditar unos instantes. El lápiz que sostenía entre los dedos golpeó rítmicamente el borde de la mesa. Su mirada pasó de Freder al brillo parpadeante de los segundos en el reloj, para fijarse de nuevo en su hijo. —¿Y qué descubriste? —preguntó. Segundos, segundos, segundos de silencio. Luego fue como si el hijo, desarraigándose, desgarrando todo su ego, se arrojara con un gesto de total sinceridad hacia su padre. Sin embargo, seguía inmóvil, la cabeza un poco inclinada, hablando suavemente, como si cada palabra se ahogara en sus labios: —¡Padre! ¡Ayuda a los hombres que viven ante tus máquinas! —No puedo ayudarles —dijo el cerebro de Metrópolis—. Nadie puede ayudarles. Están donde deben estar, son lo que deben ser. No sirven para nada más, para ninguna otra cosa. —Yo no sé para qué sirven —dijo Freder inexpresivamente, y su cabeza se desplomó con gesto brusco sobre el pecho—. Solo sé lo que vi y cuán horrible fue. Atravesé las salas de las máquinas; eran como templos. Todos los grandes dioses vivían en templos blancos. Vi a Baal y a Moloc, a Huitzilopochtli y a Durga. Algunos, rodeados por una multitud; otros, terriblemente solitarios. Vi el carro divino de Juggernaut, y las Torres del Silencio, la cimitarra de Mahoma, y las cruces del Gólgota. Y todo máquinas, máquinas, máquinas que vivían su vida divina, confinadas en pedestales como las deidades en los tronos de sus templos. Sin ojos, pero viéndolo todo; sin oídos, pero oyéndolo todo; sin voz, y sin embargo agitando el aire de los templos con el aliento eterno de su vitalidad. »Y junto a las máquinas-dioses, sus esclavos: los hombres, hombres atrapados entre la multitud y la soledad de la máquina. No tienen cargas que llevar, la máquina las lleva. No tienen que alzar y que empujar, eso lo hace la máquina. Cada uno en su sitio, cada uno ante su máquina, solo deben hacer una cosa, repetir eternamente lo mismo: en el instante preciso, el gesto preciso; siempre la misma palanca en el segundo exacto. Tienen ojos, pero están ciegos a no ser para un punto: la escala del manómetro. Tienen oídos, pero están sordos a no ser para un sonido: el siseo de la máquina. Vigilan y vigilan sin otro pensamiento que esta obsesión: si descuidaran su vigilancia la máquina despertaría de su sueño aparente y se desbocaría hasta hacerse pedazos. Y la máquina, que no tiene inteligencia, con su vigilancia intensa absorbe el cerebro paralizado de su vigilante; y no se detiene nunca, sigue absorbiendo, y no se detiene, hasta que aquel cerebro agotado rige un cuerpo que ya no es un hombre ni una máquina, sino algo seco, vacío, desolado. Y la máquina que ha absorbido y devorado la médula espinal y el cerebro del hombre y le ha vaciado el cráneo con la lengua suave de su largo y callado siseo, brilla, aceitada, hermosa, infalible, en su círculo de luz plateada. Baal y Moloc, Huitzilopochtli y Durga. »Y tú, padre, tú, pulsas la placa de metal azul con tu mano derecha y tu grande, gloriosa y terrible ciudad de Metrópolis ruge proclamando que tiene hambre de nuevos cerebros humanos, y entonces el alimento vivo penetra como una corriente en las salas de las máquinas que son como templos, y los que ya han sido usados son arrojados fuera… Su voz se quebró. Apretó los puños salvajemente y miró a su padre. —¡Y todos son seres humanos! —Por desgracia, sí. La voz del padre resonaba en los oídos de su hijo como si le hablara tras siete puertas cerradas: —Que los hombres se agoten tan rápidamente ante las máquinas, Freder, no prueba la crueldad de la máquina, sino la deficiencia del material humano. El hombre es el producto del cambio, Freder. Un ser definitivo, para siempre. Si está malformado no puede ser devuelto al horno de fundición. Hay que utilizarlo tal como es. Y se ha demostrado estadísticamente que la capacidad del obrero no intelectual disminuye de mes en mes. Freder se rió. La risa salió tan seca, tan amarga de sus labios, que Joh Fredersen alzó violentamente la cabeza mirando a su hijo con los párpados semicerrados. Lentamente alzó las cejas. —¿Y no temes, padre, suponiendo que las estadísticas sean correctas y que la degeneración del hombre progrese rápidamente, que un día se acabe el alimento para las máquinas devoradoras de hombres y que el Moloc de cristal, goma y acero, el Durga de aluminio con venas de platino, habrán de morirse de hambre? —Podría ser —repuso el cerebro de Metrópolis. —¿Y entonces? —Para entonces —respondió el cerebro de Metrópolis— ya se habrá descubierto un sustituto para el hombre. —¿El hombre mejorado, quieres decir? ¿El hombre-máquina? —Quizá —asintió el cerebro de Metrópolis. Freder se apartó el cabello húmedo de la frente. Venas azules se destacaban nítidas en sus sienes. Se inclinó; su aliento llegaba hasta su padre. —Entonces escucha siquiera esto, padre. Encárgate de que el hombre-máquina no tenga cabeza o por lo menos no tenga rostro, o dale un rostro que sonría siempre, o un rostro de Arlequín, o un visor opaco. ¡Que nadie se horrorice al mirarle! Porque, cuando pasé hoy por las salas de las máquinas, vi a los hombres que vigilan tus máquinas. Y me conocieron; y yo les saludé, uno tras otro. Pero nadie me devolvió el saludo. Las máquinas mantenían sus nervios en una tensión extrema. Y cuando les miré muy de cerca, padre, tan cerca como ahora te miro a ti, me estaba viendo a mí mismo. Cada hombre esclavizado ante tus máquinas, padre, tiene mi rostro, tiene el rostro de tu hijo. —Entonces también el mío, Freder, ya que somos iguales —dijo el Amo de la gran Metrópolis. Miró el reloj y extendió la mano. En todas las habitaciones que rodeaban el centro cerebral de la Nueva Torre de Babel se encendieron las lámparas blancas. —¿Y no te llena de horror —preguntó el hijo— conocer tantas sombras, tantos fantasmas que trabajan en tu obra? —Ya ha pasado para mí el tiempo del horror, Freder. Entonces este dio la vuelta y se marchó a tientas, como un ciego. Freder se detuvo en una habitación que le pareció extraña y helada. Formas humanas se levantaron de las sillas en las que habían estado esperando y se inclinaron ante el hijo de Joh Fredersen, el Amo de Metrópolis. Freder solo reconoció a uno: era Slim. Vacilante, como si aún no supiera su camino, correspondió a los que le habían saludado. Slim se deslizó al encuentro de Joh Fredersen, que había enviado a buscarle. El Amo de Metrópolis estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la puerta. —Espera —ordenó sin volverse. Slim no se movió. Su respiración era inaudible y sus párpados se cerraron. Hubiérase dicho que dormía, de no ser por el tenso rictus de su boca que traicionaba una expectante concentración. Los ojos de Joh Fredersen vagaron sobre Metrópolis, un mar rugiente y agitado, con espuma de luces. En aquellas oleadas, en aquellas cascadas de luz, en el juego confuso de los colores de las torres en movimiento, luz y brillo, Metrópolis parecía hacerse transparente. Las casas, recortadas en conos y cubos por las guadañas en movimiento de los reflectores, brillaban, parecían alzarse, descender, danzar al compás de la luz que acariciaba sus flancos como fina lluvia. Las calles reflejaban el brillo esplendente y también relucían, con todo cuanto circulaba sobre ellas; una corriente incesante que lanzaba chorros de luz. Solo la catedral, con la Virgen coronada de estrellas en lo alto de la torre, se alzaba imponente allá abajo, en la ciudad, como un gigante n***o que durmiera víctima de un encantamiento. Joh Fredersen se volvió lentamente y miró a Slim, quien le saludó de pie aún junto a la puerta. Joh Fredersen cruzó en silencio la amplia habitación, caminando lentamente hasta llegar a su lado. Allí, de pie ante él, le clavó la mirada y fue como si atravesara su cuerpo con los ojos, llegando hasta su más íntimo yo. Slim aguantó sin titubeos aquel intenso escrutinio. Joh Fredersen dijo, hablando con gran suavidad: —A partir de ahora quiero ser informado de todos los movimientos de mi hijo. Tras una respetuosa inclinación, Slim abandonó en silencio la sala. Pero no encontró al hijo de su gran amo donde le dejara. Ni estaba destinado a encontrarlo.
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