3El hombre que fuera primer secretario de Joh Fredersen se hallaba en una cabina del Pater Noster, el ascensor que jamás se detenía y que, como una noria de infinitos cangilones, dragaba la Nueva Torre de Babel. Apoyada la espalda contra el tabique de madera, el hombre hacía por enésima vez su recorrido por la casa blanca y llena de sonidos: desde lo más alto del tejado a las profundidades del sótano, y vuelta a empezar. La gente, que entraba y salía apresurada, no le prestaba la menor atención. Uno o dos le reconocieron, desde luego, pero nadie veía en las gotas de sudor que perlaban sus sienes otra cosa que no fuera un ansia similar a la suya por ganar unos segundos. Muy bien. Esperaría hasta que todos lo supieran, hasta que le cogieran y le sacaran del cubículo. ¿Por qué ocupas aquí un

