Capítulo I: Ay Dios...

5452 Palabras
      -      ¡Bella! ¡Fuego! ¡La alarma de incendios! ¡Bella!  -los gritos de mi padre me despertaron. Vaya forma de comenzar el día. Me estiré y apagué el despertador.         -      Solo es el des… -fui interrumpida por el aire comprimido del extintor en mi cara. Ay Dios…-. ¡Papá! ¡Basta, papá!         -     Pero… Pero la alarma de…         -      Solo era el despertador -suspiré. Me levanté estirándome nuevamente y abracé a mi papá. No era un hombre muy alto, su pan de las mañanas habían hecho que le creciera una gran barriga y con el pasar de los años su pelo se había caído dejando una gran calvicie sobre su cabezota.         -       Ponte desodorante, Bella -murmuró mi padre atascado en mi axila. Me sonrojé y me separé de él.         -       Lo siento -reí avergonzada-. ¿Qué hora es?         -       Seis en punto -contestó mientras miraba el reloj de la pared-. Métete a bañar mientras que tu viejo padre va a molestar a tu tío Bob por un poco de pan.         -       Ni se te ocurra salir solo, papá -protesté-. Te puedes perder.         -       Nah, conozco este barrio como si fuera la palma de mi mano -carcajeó-. Ahora, anda a la ducha apestosa zorrillo.   Entré a mi baño y encendí la regadera. No les voy a decir cómo me quité mi pijama y esas cosas, creo… que es personal. Prefiero ocupar este “espacio” para comenzar con mi historia. Hola damas y caballeros, mi nombre es… Sé me cayó el shampoo, esperen y… ¿En qué estaba? ¡Oh!, mi nombre es Bella A. Mittlemark, la “A” en mi nombre es de Alexane, mi papá lo escogió porque la enfermera que atendió a mi mamá se llamaba así, y el también escogió el nombre de Bella para mí, no porque fuera bella, de hecho, cuando nací lo primero que dijo mi padre fue: “¡Un monstruo! ¡Un monstruo ha salido de mi esposa! ¡Doctor, haga algo!”. Sí, estaba ebrio. Mi primer nombre, Bella, es porque mi papá estaba bebiendo una botella de Bella´s Licors cuando mi madre rompió fuente. Qué vergonzoso. Ahora, sobre mi padre… Digamos que tiene una enfermedad. Los vecinos quieren mucho a mi papá y me han sugerido en varias ocasiones internarlo en un asilo o llevarlo a un psiquiátrico. El problema es que yo no quiero, ¿para qué meterlo en un asilo si yo puedo cuidarlo? ¿Un psiquiátrico? Mi papá no está en condiciones para estar solo y abandonado, solamente está enfermito y necesita cariño. Me necesita, así como yo a él. ¡Somos un equipo! ¡Equipo dinamita! Terminé de ducharme así que salí del baño para cambiarme. Mientras buscaba mi ropa en mi clóset me asomé por la ventana. Ay Dios… Papá en lugar de tocar la “puerta” de Bob, estaba tocando la puerta del Señor Newman, quien, por alguna extraña razón, odia a mi padre. Sin importar que una pequeña toalla color carmín cubriera mi cuerpo, salí corriendo a la calle.         -       ¡Papá! ¡El tío Bob no vive ahí! -le grité. Papá me volteo a ver y me sonrió. Ay Dios-. ¡Papá…! -la puerta del Señor Newman se abrió mostrando a un hombre chaparro y bigotón con una camiseta rota y sus pantalones de dormir. Corrí junto a mi padre en toalla (he hecho cosas peores así que no se preocupen), qué más daba, mi dignidad ya la perdí hace mucho.         -       ¿Michell? ¿Qué demonios quieres ahora? -le preguntó toscamente. Giró su mirada hacia mí y me miró de pies a cabeza-. ¿Estamos en un table? ¡Oh, ya sé! ¿Quieres que te lleve al manicomio, Michell?         -       Oh, eh… No, gracias. Pero, ¿qué hace usted en casa de Bob? -le contestó.         -       Esta es la casa del Señor Newman, papá. Cuanto lo siento Jasoith, mi padre se equivocó de casa, no volverá a pasar -me incliné en modo de disculpa y jalé a mi papá-. Es por esto que no me gusta que salgas solo. Sí, “como la palma de tu mano”, ¿verdad? -murmuré entre dientes. Entré con papá a nuestra casa y subí las escaleras pisoteando.   7:15 a.m. Bien, otra vez llegaré tarde, genial. ¿Ahora qué me invento? No puedo llegar y decir “lo siento, es que mi padre se equivocó de casa por quinta vez en la semana, y, aparte, salí en toalla a la calle para impedir que mi vecino barrigón lo llevara a un manicomio” no y no. Me traté de cambiar lo más rápido que pude. Me puse lo primero que encontré en los pocos cajones de ropa, aunque, claramente antes me puse mi ropa interior de Bob Esponja de la suerte, y bajé rápido las escaleras.         -       La señora Bonbonett vendrá en media hora, por favor no salgas de casa hasta que ella llegue para que te acompañe -le indiqué a mi papá. Le di un beso en la cabeza y salí corriendo.   Bien, el autobús ya me dejó, mi patineta se averió y no tengo auto… Pero gracias a Dios tengo piernas y bueno… ¡Patas pa´ qué las quiero!  Como tengo mala suerte, mi escuela está algo lejos. Me caí, rompí mis pantalones (gracias a esto me raspé las rodillas), choqué con un poste, casi me atropellan, ¡pero…! llegué a la escuela, treinta minutos tarde, ¡pero llegué!           -       Hola Harold. Siento llegar tarde es que…         -       ¿Tu padre otra vez, Bella? -preguntó el guardia de seguridad. Asentí e hice puchero.         -      ¿Me dejas pasar? -le pregunté.         -      Quita esa cara de perro regañado y ven a mi oficina, chica sonrisas -la voz del director Rochetlewr interrumpió mi momento de ternura.         -       Vale -suspiré-. Creí que esta vez no me descubriría…   Caminé hasta la oficina del director y me senté frente su escritorio.           -       ¿Por qué llegaste tarde…? Otra vez -preguntó.         -       Bien, ¿quiere la verdad? -asintió-, pues la verdad tendrá. Estaba por salir de mi casa cuando un oso panda salió del techo de la Señora Winterfold, ¡hip! -ahorna no, estúpidos ataques de hipo-. Iba a atacar a unos pobres niños… Así que, como buena chica, yo traté de salvarlos, ¡hip! Pero… Un perro me atacó así que, bum, llegué tarde. ¡Hip!         -       Eso es… ¡La cosa más genial que he escuchado! -sonrió y aplaudió como foca. Después su rostro se tornó serio-. Lástima que es mentira, quiero la verdad, Bella.         -      La verdad es que… Hoy me metí a bañar seis en punto, salí seis y cuarto, ¡hip! -mentira. Salí 6:35, ¿quién puede  bañarse en quince minutos?-. Cuando estaba saliendo del baño me asomé por la ventana y vi que mi papá se había equivocado de casa, pues quería ir a la casa de un amigo suyo. Pero fue a la casa de un señor que no me trae buena pinta… Yo… Incluso salí en toalla a la calle por mi papá. Para cuando salí ya vestida para venir, el autobús me había dejado, no tengo auto y bueno… Tuve que correr. Perdón.         -      Bella, ¿has considerado llevar a tu padre a un asilo? -me preguntó tranquilo.         -       Mis vecinos me lo han sugerido, ¡pero no es necesario! Sé cuidar de mi papá.         -       Bella, tu padre ya está algo grande, necesita más que beso, bacho y apapacho.         -      Lo sé, pero no es necesario, en verdad -suspiré mirándolo suplicante.         -       Bien -suspiró-. Piénsalo, ¿sí? Te aprecio mucho, pero no puedo dejar que llegues tarde siempre.         -       Gracias -chillé y salí corriendo hacia mi clase. Vaya, creo que hoy me levanté con el pie izquierdo… Y con aire comprimido. Badabum Ptss.   Ánimo, Bella. Tienes que ir y decir con tu sonrisa más bonita, aunque un poco torcida: “¡Hola profesor KLeirwan! ¿Puedo pasar?”. Bueno, aquí vamos. Abrí la puerta en un golpe, creando un gran estruendo. Changos. Reí nerviosa y acaricié la puerta. Todos me estaban viendo con una sonrisa burlona.           -       Hola chicos y chicas -me encogí de hombros y después me puse firme, alcé mi cabeza con superioridad y dije-. Hola profesor KLeirwan, ¿puedo pasar?         -       No sé si no te has dado cuenta que el profesor aún no llega -dijo un chico acostado en el escritorio del profesor. Oh bueno, no importa, acabo de perder los restos de dignidad que me habían quedado-. No te preocupes, chica sonrisas, él no sabrá que llegaste tarde.         -       Gracias -sonreí. “Chica sonrisas” es mi apodo, ¿por qué? Porque siempre sonrío, sin importar nada… Aunque tal vez sea más por vergüenza que por positivismo. Me encaminé hacia mis amigos (que se encontraban al fondo) pero choqué con un chico antes de siquiera poder saludarles. Oh vaya, ¿estoy en el cielo? ¡Necesito esa condenada playera! ¿Desde cuando salió esa edición de Ed Sheeran? Sí, debo estar en el cielo. Estaba por preguntarle dónde la había comprado cuando el simplemente pasó a mi lado chocando su hombro conmigo. Pff, bah, otro maleducado cualquiera. Fijé mi vista en su cara, apunto de iniciar un round de pelea ante el golpe, pero, oh, era el señor obscuro. El señor obscuro es esa clase de chico que difícilmente vas a escucharle hablar sin necesidad de terminar incómodo u odiándolo. No es precisamente la persona más educada del colegio, pero sí la más grosera. Malagradecido, engreído, cruel, irrespetuoso… ¡Una completa bola de ca…!           -       Gastón llamando a Bella -murmuró mi mejor amigo en mi oído. Pegué un pequeño brinco sorprendida, sacudí mi cabeza y me burlé internamente de mi despiste.         -       Creí que era Tierra llamando… -le dije, pero me interrumpió.         -       Oh, así que estás aquí, por un momento creí que estabas en Patatalandia -reí-. Y bueno, es Gastón llamando porque yo soy tu Tierra, o sea tu mundo, ¿cierto?         -       No, pero bueno y…         -       Siento la tardanza clase, mi auto se quedó sin gasolina y bueno, para qué les cuento -rió el profesor entrando-. ¡Oye! Chica sonrisas, Bella, ayer no estabas en clase, ¿y hoy si?         -       Ayer no vine a clase -reí-, falté al colegio, ya sabe, cosas de familia.         -       Bueno, comencemos, durante lo que llevamos del año les he permitido leer lo que se les antoje, he hablado con el director y creímos que sería buena idea que leyeran más historias, libros o cuento antiguos. Comencemos con “El conde de Montecristo”, es una novela de aventuras clásica de Alexandre Dumas y Auguste Maquet. No les diré más porque sé que cuando haga preguntas del libro, me dirán lo que les dije -terminó. La clase entera lanzó un bufido y algunos gritaron cosas como: “mátenme”, “no merezco esto”. Suspiré con pesadez, no estará tan difícil como pensé. Digo, no soy una fanática de la lectura, pero conociendo al profesor pensé que nos pondría a leer por quinta vez alguna novela histórica, de esas que terminas por buscar el resumen en internet. Al terminar la clase, cada quien se dirigió a su siguiente aula, pero como era costumbre de mi mejor amigo, Gastón fue el único que no fue a su salón y me acompañó al mío. Finalmente, después de darle un discurso sobre por qué no podía quedarse en mi clase, este se fue. Entré a la clase de sociales y me senté al fondo. La maestra llegó solo unos segundos después y saludó a todos.         -       Vaya, me parece que todos están a… -la maestra fue interrumpida por un “toc, toc” en la puerta-. Adelante -la puerta se abrió mostrando al señor obscuro, o sea Adam, el chico del que ya les hablé.         -       Me acabo de cambiar -comentó con tranquilidad-, supongo que le informaron -suspiró y caminó hacia la única banca vacía, que por fortuna no era a mi lado. Lo compadezco, al pobre le tocó con una de sus admiradoras. A pesar de que es muy callado y misterioso, es guapo, eso nadie lo puede negar, saca buenas calificaciones y pues… sí. Es esa clase de vato que atrae a muchas chicas por ser tan grosero, algo que, honestamente, aun no entiendo, ¿por qué les gusta ser tratadas mal? En fin, Adam podrá no ser el chico popular de la escuela, pero, bueno, cada ser humano en este planeta tiene un admirador, así sean tus padres, pero este en particular, era un caso especial. Sus admiradoras son como el peor fandom del mundo. Sonsas con daddy issues, tal vez.         -       Bueno, me informaron que un chico nuevo vendría, eh, por nuevo me refiero a nuevo en esta clase -tartamudeó la maestra-. Bueno, bienvenido. Ahora, hace unas semanas comenzaron con su último año en la preparatoria, pronto estarán en la universidad, pero quiero que convivan más con sus compañeros, ustedes apenas y se miran. Rodé los ojos exasperada, y en especial porque mi estómago ardía por no haber desayunado. Yo solo quería regresar a casa, tomar una caja de dulces y tirarme en el sofá a esperar que alguna escena divertida fuera interpretada por mi padre, pues el televisor no tenía señal desde hace meses.         -       Hm… ¡Un cuestionario! ¡Perfecto! Van a hacer un cuestionario de 20 preguntas del compañero que más les interese, a la cuenta de tres corren con el chico o chica que quieran entrevistar -exclamó emocionada. Esa era la idea más estúpida de todo el…- ¡y tres! -mundo. Demonios. Cada quien corrió con quien quiso, 10 chicas rodeaban a Michael (el payaso de la clase), 9 rodeaban a Adam y los demás con sus amigos. En mi defensa, hoy no tuve tiempo de peinarme, y yo creo que por eso nadie quiso estar conmigo, ¿verdad?         -       Bah, no es justo. ¡Yo quería entrevistar a…! -chasqueé mis dedos intentando recordar el nombre del chico bajito y de lentes que estaba ante mí-. ¡A Clifford!         -       Yo no soy C-Clifford, mi nombre es…         -      ¿Hay algún Clifford aquí? -grité.         -       Señores, no son equipos, son parejas, ¡parejas! -recalcó escupiendo en el acto-, ah. y por favor Bella, no grites. Señoritas, dejen a el chico nuevo en paz, lo mismo para las chicas que rodean a Michael -la maestra alejó a las locas y las acomodó en parejas ignorando toda queja. Michael, Adam, una chica morena y yo quedamos solos.   “¡Que sea la chica, que sea la chica, que sea la chica, que me toque con la chica!”, supliqué mentalmente y disimuladamente crucé mis dedos. La maestra terminó por juntar a Michael con la morena y bueno, por mala suerte, terminé con el heredero de Voldemort. Aunque si tiene nariz… muy perfecta para ser real. ¿Será operada?           -       ¿Qué… películas te gustan? -comenzó con la entrevista, sorprendiéndome ante el tono ronco de su voz.         -       Disney -dije sin pensarlo dos veces.         -       ¿Disney? ¿Qué tipo de películas de Disney? -rodó los ojos garabateando en su libreta en vez de anotar mis respuestas.         -       Princesas, siempre digo que mi favorita es Blancanieves porque en realidad es de la que más me acuerdo, pero me fascina Mulán también y…         -       Ya entendí -suspiró exasperado-. Vale, mis películas favoritas… No tengo un director favorito, mm… Supongo que cualquier clásico -suspiró.         -       … ¿Y de Disney? -pregunté.         -       No he visto ninguna.         -       ¡Estás de broma! -grité provocando que todos en el salón se callaran y la profesora me regalara una asquerosa “mirada asesina”-. Lo siento -exclamé-, entonces, no has visto películas de Disney… ¡Deberías venir un día a mi casa!, tengo todas y cuando digo todas son todas, absolutamente todas las películas de Disney. Pero no tengo un DVD, se nos averió hace años, así que puedes llevártelas y devolvérmelas después -sonreí.         -      No gracias -negó.         -       Ándale…         -       No, gracias.         -       Ándale -canturreé mientras picaba su cachete.         -       No, gracias… y deja de hacer eso -apartó mi dedo de un manotazo.         -       Vale, algún día aceptarás, señor oscuro -oh, oh. Abrí los ojos exageradamente mientras cubría mi boca.         -       ¿Cómo me llamaste? -preguntó entre dientes.         -       Señor… ¿Boruro?         -       Déjate de juegos, Bella.         -       Oh, así que… ¿Sabes mi nombre? -pregunté tratando de cambiar de tema. Adam se enderezó y se cruzó de brazos.         -       Eres la chica que siempre cuenta historias absurdas en clase de literatura, eres la chica que siempre llaman por los altavoces, la chica que siempre es suspendida, hace unos minutos la maestra te llamó… Sí, no sé de dónde conozco tu nombre.         -       Vale, deja el sarcasmo a un lado y continuemos. ¿Canción favorita?         -       No lo sé, no escucho mucha música. Si acaso la que está en la radio. En serio que este chico es otra cosa. ¿Una vida sin música favorita? ¿Será que le gusta Shakira y le da pena decirme? Sí… Tiene cara de fan de Shakira.         -       Oh, ¿enserio? ¿Has escuchado a Ed Sheeran? -pregunté exagerando mi vista hacia su playera.         -       Mm, he escuchado hablar de él y puede que escuchara algunas canciones, sin embargo, no son tan buenas -bufé ante su respuesta-. ¿Qué fue ese sonido de toro?         -       Cállate, ese “sonido de toro” es el que tú siempre haces cuando alguien trata de hablarte -volví a bufar-. Como sea, mi canción favorita… Tengo muchas. Love me like you do de Justin Bieber. ¡No! Don’t stop believing de Journey, no, no, no. Es…         -       Ya decídete, j***r.         -       Vale, vale, a ver… Lego house de Ed Sheeran, sí, esa.         -       Bien. ¿Qué carrera piensas estudiar?         -       No lo sé, fotógrafa o escritora. Tiene que ser algo de ese estilo, pues soy muy mala en matemáticas, química, física y en general, todo lo que requiera de sumas y operaciones complicadas -reí-. Aunque también pen…         -       No te conviene ni ser escritora, ni ser fotógrafa -me interrumpió.         -       E-Esa es tu opinión no porque tu digas que soy mala significa que los demás pensarán lo mismo, Adam, cada quién tiene sus gustos -rodé los ojos. Lo último que necesitaba en mi vida era un chico desconocido juzgando mis decisiones, aunque tuviera razón-. Bueno, ¿y tú?         -       Periodista.         -       ¡Eso es genial! ¡Ya sé! Si algún día ambos nos volvemos famosos, debes escribir sobre mí en el periódico que trabajes y yo hablaré en una entrevista de ti -tomé mi celular como si fuese un micrófono-. “Bueno, cuando estaba en mi último semestre de preparatoria, conocí a un chico que era estúpido y me daba miedo, ahora es periodista, así que… ¡Hola Adam!”  -me ataqué de risa.         -       Te ríes como un guajolote -rio Adam. Perfecta sonrisa, ¿dientes reales o falsos?         -       Bah, perdón, señor risa melodiosa.         -       Disculpa aceptada.         -       Sonso. Sigamos, ¿tu tipo de chica ideal?         -       ¿Para qué debería decirte eso?         -       Solo responde -rodé los ojos divertida-. ¿Quieres que se pase lento la clase o que esto si quiera sea un poco entretenido?         -       Inteligente, respetuosa, para nada irritante como tú, con buenos modales y alta -contestó de golpe.         -       Vaya, o sea que quieres una chica que no existe…         -       Si como sea, ¿y tú? ¿Tu chico perfecto?         -       Mmm… Gracioso, con cabello suave, que haya visto al menos cinco películas de Disney, que ame a Ed Sheeran y que sea escritor.         -       Que estupidez.         -       Dile eso a alguien que le importe, no lo sé, tal vez a tu chica alta, con buenos modales, para nada irritante e inteligente.         -       Que graciosa eres -entrecerró los ojos con molestia.         -       Que sarcástico eres. ¿Por qué no puedes simplemente ser buena onda, buen rollo, chido… con los que solo intentan hacer cómodo el ambiente?         -       No necesito amigos, si eso insinúas.         -       Contigo es imposible hablar -bufé rayando mi libreta. Hubiera sido más divertida la entrevista con Michael o la morena esa.         -       No es como si me interesara mucho saber de ti. Lamento romper tus ilusiones -se burló.         -       Ya cállate, nadie quiere saber de ti tampoco. ¡Hip! -la verdad es que Adam es, por lo menos una vez por semana, tema de conversación por toda la escuela. Incluso las chicas de secundaria esparcían rumores.         -       “Cállate tú” -trató de imitar mi voz, cosa que no le salió y me hizo reír.         -       Sólo retomemos el trabajo. Bien, ¿qué hay de tu familia? ¿Padres perfectos y sofisticados?        -       Se acabó la clase chicos -anunció la maestra.         -       Bueno supongo que… -traté de seguir hablando con Adam, pero este se paró de golpe y haciendo una seña de “amor y paz” salió del aula-. Loco.   ¿A quién rayos no le gusta Ed Sheeran? ¿Le gustará al menos One Direction? ¿Justin Bieber? ¿Sam Smith?  O tal vez le atiné y sí está loco por Shakira. Latinas arrasando en Europa, huh.         -       ¡Cuidado! -gritó un chico. Lo miré confundida y solo bastaron dos pasos míos para estrellarme contra una chica con un pastel enorme.         -       ¿Qué demonios acaba de pasar? -grité. Todos en los pasillos se rieron y bueno, no pude evitar reírme de mi misma. ¿Algún día podré parar de tontear por los pasillos?         -       Genial, ahora no podemos desearle feliz cumpleaños a Adam, gracias Bella -bufó molesta una chica rubia… mitad castaña con mechones rojos... Le explotaron los tintes, no sé. Miré del pastel estropeado a ella repetidas veces. Ese pastel debió costar lo que mi casa solía costar cuando era nueva.         -       Lo siento mucho, ni siquiera te vi venir -reí incómoda-. ¿Era tuyo?         -       ¿Estás sorda o tonta? -exclamó molesta-. Era para Adam, hoy cumple años y se lo celebraríamos las del club, ¡pero claro! La torpe de último año tuvo que arruinarlo.         -       Ya te dije que fue un accidente, no fue apropósito. ¡Ni siquiera sabía que era su cumpleaños!         -       Sí, supongo que lo olvidaste. Toda la escuela lo sabe, el trece de febrero, hoy, es su cumpleaños. ¡Pero qué más da! Lo estropeaste todo.         -       Si rescatamos el pastel que no tocó el suelo, se puede hacer un cupcake -sonreí-, y seguro en la cafetería puede conseguirnos un par de velas… ¿Qué dices, huh?         -       Bien, tú has lo que quieras. Necesito otro pastel -indicó por un walkie-talkie, ignorándome-. ¿Cómo se atreven a decir que no? ¡Es para Adam, chicas! ¡Ugh! -guardó el aparato en su bolso y me puso su dedo índice en la frente-. Ve a comprarle un pastel a Adam, de chocolate blanco, no te diré que sea enorme porque no creo que puedas comprarlo -asentí-. También compra mangas pasteleras y decóralo, ¡oh! Y con letras bonitas de color azul escribe: “Te amamos Adam ‘Isabelle y sus amigas’” -asentí.         -       ¿Eh? -le dije aun asintiendo.         -       Ve por un tonto pastel de chocolate blanco y escribe en el “Te...”         -       No, no, ¿por qué yo? Ve tú. Ni siquiera te conozco -reí incómoda-. Sé que yo fui parte del desastre, pero no tengo dinero suficiente y…         -       Hola soy Isabelle Marcsed un gusto, tú eres Bella Mittlemark. Listo, nos conocemos. Ahora ve por el pastel -se cruzó de brazos. Fruncí el ceño y negué.         -       Acabo de decirte que no tengo el dinero y…         -       Bien, toma -de su brasier sacó un billete y me lo hizo caber en las manos. Ay Dios, está calientito-. Si te apuras, tal vez te demos un pedazo de pastel, ¿qué dices?         -       Hecho -sonreí pensando en lo feliz que sería papá con esa rebanada-. Enseguida vuelvo. Dile al profesor Renee que llegaré tarde, por favor -grité mientras me alejaba. Inesperadamente, por segunda vez en el día, choqué con Adam-. ¡Hola! No sabía que te gustaba el chocolate blanco -él frunció el ceño.         -       Porque no tengo que informarte sobre lo que me gusta, y porque no me gusta.         -       Oh, bien, adió… Y ya te fuiste -me encogí de hombros y seguí mi camino, recordándome escribirle una nota por su cumpleaños.   Recorrí sin prisa las calles de Estrasburgo. Si bien Francia está atascada de turistas todo el tiempo, vivir por esta zona es un poco más tranquila. Pero sin duda, hacen falta reposterías. Pasé por diversas tiendas de pasteles y no, no había de chocolate blanco. Viendo que cada vez perdía más clases, tuve que rendirme y entrar a la última tienda que conocía, terminando por pedir (tratando de atinarle a su sabor favorito) un pastel de zanahoria. Compré decorativos y escribí sobre el con crema: “Para el próximo mejor periodista del mundo Adam”. Llamé a esta chica Isabelle (me había anotado su número en mi brazo) y le dije que ya tenía su pastel listo. Me gritó porque no lo compré como quiso y me dijo que no tenía derecho a regresar sin su pastel. Entonces me topé con la pastelería Andersen (la mejor del pueblo, ciudad). Entré molesta con mi pastel en una mano y maldiciéndome por no haber venido aquí antes. Ahora tendría que gastar lo poco que tenía de dinero en un tonto pastel, que seguro no se comería el soquete ese.         -       Yo… Hola, vengo por un pastel de… -recorrí con la mirada la vitrina y ahí estaba, el pastel de chocolate blanco-. ¡Ese! ¡El de cho…!         -       ¿Podría darme un pastel de chocolate blanco? -preguntó una chica a mi lado. Reconocí su voz.         -       Isabelle, podrías haberme dicho que vendrías -dije entre dientes.         -      Pensé que tardarías en encontrar un pastel, puesto que aquí es el único lugar en el que venden pastel de chocolate blanco.         -       ¿Eh?         -       Aquí tiene señorita -la chica que atendía la caja le entregó el pastel y luego me miró-. ¿Y usted?         -       Oh, no, ya nada, gracias -murmuré.   Llegamos al colegio en su auto. El camino fue incómodo, ninguna de las dos habló y ella le mandaba miradas de asco y burlonas a mi pastel. Ya sé que el pastel de zanahoria es tonto, pero a papá le gusta, y si iba a recibir una rebanada…         -       Bien, nos perdimos tres, perdón, te perdiste tres clases -dijo bajándose de su auto, sin esperar respuesta mía.         -       Lo sé y es tu culpa -murmuré-, como sea, me voy. Tengo hambre.   Caminé hasta mi casillero y metí el pastel con cuidado. Al menos papá y yo podremos celebrar el catorce de febrero con el pastel. ¡Y fue gratis! Sonreí y sintiéndome mejor por conseguir semejante manjar, fui en dirección a los jardines del colegio donde seguramente me encontraría con mis amigos, pues teníamos descanso compartido.         -       ¿Dónde demonios estabas? -gritó Gastón abriendo sus brazos para envolverme en un afectuoso abrazo-. Sentí que te perdía.         -       En la enfermería -contesté. Pero entonces, me dio un pequeño ataque de hipo.         -       Pequeña mentirosa -rio y pellizcó mi mejilla.         -       ¿Yo? No estoy mintien… ¡Hip! Está bien sí, estoy mintiendo.         -       Si ya sabes que tu hipo te delata, ¿para qué mientes? -preguntó Sikha, una de mis mejores amigas, y la del estilo en el grupo.         -       Lo siento, algunas veces lo olvido -reí. De pequeña mi papá me decía que si le mentía me daría hipo, y como niña dramática yo odiaba el hipo porque sentía que no me dejaba respirar. En fin, mi papá me lavó el cerebro con eso, (como los besos de la abuela que te hacen sentir mejor) así que cuando mentí por primera vez, realmente me dio hipo. Mi papá se atacó de risa ese día.         -       Te trajimos algo de comer, piña para la niña y… -Haless, mi otra mejor amiga, y la bonita de nosotras, empezó a hablar cuando un gran golpe se escuchó por todo el jardín. La mayoría de los alumnos se reunieron en el centro del lugar y miraban asombrados la escena. Miré confundida a mis amigos y corrí hacia el círculo.   Adam estaba ahí, con Isabelle y sus amigas. Había una mesa rota en el piso y el pastel que Isabelle le compró estaba expandido en el piso. Parece que los pasteles no están teniendo un buen día.         -       Oh, mira lo que hiciste, el pastel… Bueno te quedaste sin…         -       No te pedí que lo compraras -murmuró Adam apretando los puños a los costados.         -       Sí, pero, es de… Era de chocolate blanco, tu favorito -sonrió la chica conteniendo sus lágrimas. Qué vergonzoso debe ser.         -       Odio el chocolate blanco, idiota -apretó más las manos y juro que si las apretaba más le sangraría sus palmas-. Limpia tu mugre y lárgate Lizbeth.         -       Soy Isabelle -rio-, no te preocupes, entonces, pues, ¡ya sé! Te compraré un pastel de fresa. ¡Oh, chicos! -se giró hacia la multitud-. Debemos cantarle feliz cumpleaños a Adam, ¡hoy cumple dieciocho! Una, dos…         -       ¿Qué parte de que limpies tu mierda y te largues no entendiste? -explotó el festejado.         -       Yo…         -       Olvídalo -y sin más salió dando fuertes pasos y con la cara roja del enojo, o de vergüenza. Es como si te llevaran mariachis a tu escuela en tu XV, un poco (muy) vergonzoso. La gente se empezó a mover para retomar sus actividades y miré como Isabelle limpiaba el pastel del suelo. Me acerqué a ella y traté de ayudarle.           -        Quítate -dijo bruscamente.           -        Pero…           -        Vamos Bella, déjala -me jaló Haless. Suspiré preocupada por la gran humillación de Isabelle.            -        Bueno, pues… -comencé a hablar con los chicos-, tengo pastel de zanahoria, ¿quién quiere?           -        Ugh que asco, no -dijeron los tres. Bufé y me senté en el césped.           -        ¿Y mi piña?           -        Se la tragó Sikha mientras mirabas como le gritaban a la chica esa.           -       Bah, no es justo. Mala amiga -murmuré-. Bueno, dado a que no quieren pastel de zanahoria, me iré y comeré un poco de el en el salón de Matemáticas Avanzadas -me despedí con la mano y fui directo por el pastel.   Ya con el pastel en manos y mi bolsa donde traía cubiertos, me encaminé al salón 11. Entré como si de mi casa se tratara y luego me senté sobre el escritorio del profesor. Abrí el pastel y cuando estaba por embarrar mi dedo en el glaseado alguien habló.         -       ¿Qué haces aquí? -levanté mi mirada y vi a un chico sentado en la mesa de en medio.         -       Ah, casi me matas del susto, Adam. Eh, vine a comer pastel -se paró de su asiento y se acercó.         -       Llévate tu estúpido pastel de aquí, no lo quiero.         -       No es para ti -contesté molesta.         -       ¿Por qué dice “para el próximo mejor periodista del mundo, Adam”?         -       Porque… A decir verdad, es una larga historia, pero te la contaré -sonreí-. ¿Recuerdas cuando iba corriendo por los pasillos, chocamos y yo te dije “no sabía que te gustaba el chocolate blanco” o algo así y tu dijiste…?         -       Sí, recuerdo eso, sáltate esa parte -suspiró sentándose a mi lado, un poco más relajado.         -       Bueno, Isabelle me pidió que te comprara un pastel nuevo después de tirar sin querer el otro pastel, por cierto -miré a ambos lados-, era muy grande, deberías agradecer que lo tiré -le sonreí esperando animarlo, sin embargo, siguió con su mirada de disgusto-. Como decía, me pidió que te comprara otro pastel de chocolate blanco, pero entonces tú habías dicho que no te gustaba, así que cuando llegué a una pastelería pedí uno de zanahoria y…         -       ¿Es de zanahoria? -preguntó apuntando el pastel.         -       Ajá, y entonces yo le llamé y le dije que tenía tu pastel, pero se enojó cuando escuchó que no era el que me pidió y, entonces, ella al final compró otro -me encogí de hombros, mirando a mi pobre pastel. Observé de reojo a Adam, con su mirada perdida en el pastel, ¿acaso quería un poco?         -       Oh…         -       ¿Quieres?         -       ¿Q-Qué? ¡No…! -apartó la mirada, con sus mejillas ligeramente sonrojadas. Sonreí burlona. Así que sí quiere un poco.         -       Si, bueno, dado a que tiene tu nombre, quédatelo, el hambre se me fue -me bajé del escritorio y agité mi mano en forma de despedida-. Nos vemos, futuro periodista.         -       Adiós, chica Disney -sonreí ante mi nuevo apodo y salí del salón. Escena Extra: Ahí estaba Adam, saboreando el delicioso pastel que la chica rara amante de las películas de bobas, le había comprado. Hacían más de diez años que no comía pastel de zanahoria. Era su favorito, y lo mejor de todo es que Bella lo supo sin preguntar.         -       “Para el próximo mejor periodista del mundo” -repitió. Sonrió y continuó comiendo su pastel.   Cuando finalmente acabó, pues era pequeño el pastel, encontró una nota toda batida de pastel. La limpió con una mueca y leyó cuando las letras eran entendibles:     “Eh, felices 18, cumples 18, ¿no? Lo sé porque cuando el pastel de tres pisos se cayó, las velas eran un uno y un ocho, por lógica supe que era 18 y no 81. Mi letra es tan gorda que ya casi me acabo la hoja. Bueno, ¡feliz cumpleaños! Espero que un día dejes de tener admiradoras que te arruinen tu cumpleaños con un pastel de chocolate blanco.  Con amor hacia Ed Sheeran (el cual tú no tienes y al parecer solo compraste tu playera porque sí),  Bella”. Adam bufó y se limpió los labios con un pañuelo.
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