Dicen que, muchas veces, una simple palabra puede cambiarlo todo.
Ya no estaba el relajado Luke, no, había alguien más. Sus ojos destellaban miles de palabras que no podía identificar. La tensión entre nosotros era tan palpable que juraría que era líquida, viscosa, como si nos rodeara. Alzó una de sus cejas sin dejar de mirarme.
—¿Te gusta Logan? —preguntó con un tono incrédulo—. ¿En serio? ¿Él? —sus labios, que se habían vuelto finos en una línea, se curvaron de un lado, irónicos, como si la idea misma le diera risa—. Yo no creo que él te guste, es imposible.
—Sí lo es, y sé que yo le gusto —dije con suma confianza, elevando el mentón.
Luke no dijo nada, solo me observó. Ladeó la cabeza de un lado a otro, mostrando una sonrisa lasciva.
—Creo que te equivocas.
—No, y te lo demostraré.
Hubo otro silencio. Luke se encogió de hombros sin perder su compostura de control, mirando hacia otro lado.
—Ya veremos, cerecita, quién demuestra qué —dijo en un tono lleno de promesas envenenadas.
Ese día, Luke no volvió a mencionar el tema. Me regaló una pulsera de diamantes porque, según él, se me vería hermosa. Cuando intenté devolvérsela, lo negó con firmeza, diciendo que no podía regresarse. Al ver el precio, me espanté, pero él me aseguró que no era nada, que ya trabajaba bajo el mando de su madre y que pronto terminaría la universidad, ya que había entrado a los diecisiete.
¿Y Logan? Nada. A pesar de que Caroline era una madre increíble, como CEO era sumamente estricta, y en su hijo Logan no vio la fuerza que sí veía en Luke. Por eso, Logan se mantenía trabajando con su padre, mano a mano.
Terminé comiendo en un restaurante con Luke donde, a pesar de querer negarlo, era… cortés. Aquella conversación quedó en segundo plano. Estaba ahí, yo tomando una copa de jugo de naranja y él, champán.
—Cerecita, un poco más y te vas al kínder —bromeó.
—No es mi culpa que en este país no puedas beber hasta los veintiuno —hice una mueca, fingiendo molestia.
—Entonces, apúrate a crecer.
A pesar del tono ligero, saqué una de mis blusas de la bolsa y se la lancé al rostro. Él se la retiró, haciéndola girar con gracia entre los dedos.
—Sabía que querías lanzarme tu ropa, cerecita, pero esperaba que fuera en otro escenario. ¿Te gustaría en público?
—¡Luke! —grité, colorada.
Él solo sonrió, encogiéndose de hombros, satisfecho de haberme sonrojado. Tras comer los tantos platos que pedimos —porque en ese restaurante pagabas por una presentación bella que apenas alimentaba a un pollito—, fuimos a su auto. Llegamos a la casa justo cuando Logan entraba por el ascensor. Nos miró de arriba abajo. Su ropa estaba sumamente arrugada, como si hubiera peleado con alguien… o con algo más. Y tras unos segundos, solo me lanzó una sonrisa lánguida. Luke, por otro lado, me observó como si fuera un experimento de laboratorio.
—Melody, ¿paseaban? —dijo sereno.
—Sí, comprábamos unas cosas porque mañana empezamos las clases —mordí mi labio ligeramente.
—Me alegra que se lleven bien ahora —se giró hacia mí, hablándome de forma sumamente dulce—. ¿Necesitas ayuda con algo más? Ya estoy disponible.
—Ella no necesita nada, Logan, ya la ayudé —Luke, con un tono ligeramente irritado, colocó una de las bolsas sobre mi cabeza.
Aquello hizo que me volteara para mirarlo con furia, mientras él solo me observaba con esa petulancia insufrible. Le sacaría los ojos si seguía molestándome. Luke, por su parte, se veía incómodo.
Molesto.
Enojado.
¿Pero por qué?
Subí a mi habitación con mi bolsa para alistarla para el día siguiente. Confirmé mis clases, preparé mis materiales. Tendría clases de lunes a viernes por las mañanas, y estaba emocionada. Podía usar el pretexto de “las clases” para acercarme a Logan… o eso pensaba.
O no.
Durante la semana todo fue un caos. Luke seguía llamando la atención de una forma tan enfermiza que varias chicas lo seguían como moscas. Y eso me incomodaba más de lo que debería. ¿Por qué lo seguían a él? Con Logan apenas crucé palabra. Vic me recomendó declararme pronto, y eso haría.
Era jueves. Un hermoso sol de septiembre. Algunos estudiantes solo se preocupaban por sus clases. Y ahí estaba yo… en el baño, mirándome en el espejo. Dejé escapar un largo suspiro y luego cerré los ojos.
—¡Me gustas! —grité frente al espejo, abriendo uno de mis ojos con torpeza.
Hice una leve mueca. Le había pedido por mensaje a Logan vernos en el parque de abajo porque “necesitaba su ayuda”, aunque era solo una excusa. Le había escrito una carta de amor que me tomó más de tres horas de búsquedas en Google para que no sonara ridícula.
—Whao, si le gritas eso al chico que te gusta… lo vas a espantar.
Una voz masculina surgió desde uno de los cubículos del baño. Su tono sonaba forzado, como si intentara que no lo reconociera. Bajé la cabeza, notando que no había pies. Seguramente los tenía subidos en el inodoro.
—¿Qué haces en el baño de mujeres?
—Escapando —respondió entre risas bajas—. Digamos que rechacé la declaración de una chica y anda enojada, queriendo echarme pintura por eso.
—Ah, ya veo —dije, sin darle importancia—. Oye, vocecita, ¿me das un consejo para no ser rechazada?
—Solo dile lo que sientes, pero no grites. Eso asusta a los chicos.
—Gracias —sonreí nerviosa, mirando mi carta—. Quiero decirle tantas cosas, pero no sé si aceptará.
—Mientras estés aquí, no lo sabrás.
—Tienes razón. Bueno —miré el teléfono, guardando la carta—, ya me voy, señor pervertido.
—No soy pervertido —dijo entre carcajadas.
Me dirigí al parque, al punto de encuentro con Logan. Victoria me había dado tantas ideas de que, si salía con él, podría ser bueno. Ya pelearía con los dilemas morales después. Por ahora, solo quería saber si le gustaba.
Pasaron diez minutos… luego quince… ya empezaba a sentir esa punzada en el pecho. ¿Y si no venía?
Pero entonces lo vi. Caminaba hacia mí. Su figura recortada contra la luz cálida del atardecer. Su rostro parecía tenso por un segundo, y luego se suavizó. Nos miramos fijamente. Le sonreí. Él me correspondió.
Y entonces volvió.
Esa chispa.
Esa energía imposible, irreal.
Como la gravedad entre dos planetas a punto de colapsar.
Como hojas cayendo lentamente en dirección al otro.
Juraría que él sintió lo mismo que yo. Sus ojos esmeralda se tornaron jade. El silencio se hizo, pero no era incómodo, era expectante.
—C…Melody, ¿estás bien?
—Sí, es que tengo algo muy importante que decirte —intenté ocultar mi sonrisa nerviosa.
—¿Ah, sí? ¿Qué deseas decirme?
—Quiero decirte que… sé que pronto seremos hermanastros. Sé que pronto no podremos vernos como algo más. Pero quiero pedirte que, mientras aún no lo seamos, seamos algo más.
Logan no dijo nada. Solo me dejó hablar. Sus ojos bajaron a mis labios por un segundo y luego volvieron a los míos.
—Melody, sé más específica con lo que deseas.
—Me gustas. Quisiera que me des la oportunidad de ser tu novia. Tú y yo. Me gustas desde el campamento, desde que nos dimos ese beso. Sé que eres especial para mí y no sé si me equivoco, pero creo que tú sientes lo mismo. Quisiera poder ser tuya. Tal vez suene un poco estúpido… pero creo que eres mi amor a primera vista. Logan, por favor, sal conmigo… y te escribí una carta de por qué debes salir conmigo.
En esa confesión sentí que soltaba el alma. El corazón latía como un tambor, los pensamientos iban más rápido que mi respiración. Sentí que temblaba. Busqué con insistencia la carta, convencida de que si la encontraba, él aceptaría. No la hallé. Fruncí el ceño.
Y entonces él alzó una ceja. Se cruzó de brazos. Sonrió.
Su sonrisa era hermosa.
Pero también divertida.
—Vaya, esta confesión sí que fue interesante —dijo, ladeando la cabeza—. Resultaste ser más intensa de lo que creía.
Se acercó, lento. Cada paso sonaba más fuerte. Yo retrocedí hasta que mi espalda chocó con la pared del edificio de la entrada del jardín.
Y me acorraló.
Sus manos, apoyadas a cada lado de mi cabeza. Su pecho a escasos centímetros.
Podía sentir su respiración en mi cuello.
El calor de su cuerpo invadiendo el mío.
Y entonces lo noté. Esa sonrisa.
No.
No era Logan.
Era esa maldita sonrisa.
La de Luke.
Llena de secretos. Llena de ego.
Quise moverme, pero estaba atrapada.
—Cerecita… ¿no crees que deberías decirle todo eso a mi hermano? —susurró con esa voz suya, espesa, burlona, venenosa.
—No… no puede ser—murmuré, helada.
—Oh, vaya. ¿No te diste cuenta? Te equivocaste de gemelo —dijo, encogiéndose de hombros, con total descaro—. Pero tranquila, no soy cruel. No le voy a decir nada…
Hizo una pausa.
Una pausa cargada de poder.
De amenaza.
De control.
Y esa sonrisa suya creció. Con calma. Como si acabara de ganar.
—A menos que… hagas un par de cosas por mí.