Rufo Espinoza estaba recostado en su silla, tenía los pies sobre el escritorio y un cigarro entre los labios cuando la pantalla de su computadora parpadeó con una videollamada entrante. Al ver el nombre, soltó un resoplido. —Más te vale que no me estés llamando para decirme que la cagaste, Della Robbia —contestó sin quitarse el cigarro. La imagen se estabilizó y apareció Violetta, despeinada, con la gorra hacia atrás y unas ojeras que gritaban cansancio. —¿Tan poca fe en mí, jefe? —soltó con una media sonrisa—. ¿Qué clase de líder desmoraliza a su agente estrella? Rufo entrecerró los ojos. —No estás ahí para ver si el cabrón está buen mozo o no, ni para coquetear. Te quiero con los cinco sentidos puestos. Necesito saber sus movimientos, a quiénes ve, qué mueve y por dónde. Y si hay al

