Violetta cerró la puerta del apartamento y se apoyó en ella un segundo, recorriendo con la mirada cada rincón de aquel lugar. El lujo era evidente. Muebles de cuero, pisos de mármol, lámparas colgantes que parecían sacadas de una revista, y pantallas empotradas que transmitían la señal de las cámaras de seguridad. Las notó todas. En las esquinas del techo, junto a las puertas, incluso en el baño, como buenos paranoicos que eran los Ferrara. «Hijos de puta…» pensó con una sonrisa torcida. Lejos de incomodarla, aquello le provocó. Sin perder tiempo, dejó caer su mochila sobre el sofá y se quitó la gorra. Se desabotonó la camisa masculina y la dejó caer al suelo junto a los pantalones anchos. Caminó desnuda por la habitación principal, consciente de que probablemente alguien al

