Massimo abrió la puerta de la habitación sin tocar. Caminó en silencio, apenas iluminado por la luz tenue de la lámpara junto a la cama. Greta estaba de espaldas, pero el leve estremecimiento de sus hombros la delataba. Había estado llorando. Se quedó de pie por un instante, mirándola sin saber por qué demonios le dolía verla así. Después caminó hacia la cama y se sentó en la orilla. —¿Qué pasa ahora, Greta? —preguntó con voz baja. Greta se limpió los ojos, tragando saliva. No quería parecer débil, pero ya no podía sostener más el peso que le cargaba el alma. —Odio mi vida —susurró, sin mirarlo—. Siempre la he odiado. Desde que tengo memoria, solo he conocido el dolor. Massimo frunció el ceño. Apretó la mandíbula y negó despacio. —Eso no es cierto —replicó, su voz grave—. No siempre.

